Don Francisco Gallego Dávila, natural de Valdemoro, era un sacerdote que ejercía como capellán en el Convento de la Encarnación de Madrid.
El Jueves Santo pasado, tuvo que aceptar el mandato de cerrar las puertas del la iglesia durante la noche, no fuera a ser que aprovechando el ambiente que reinaba en la ciudad, tanto nacionales como foráneos, aprovecharan para expoliar, destrozar o profanar el templo.
Alcanzó el dudoso honor de ser sentenciado por el mismísimo Joaquín Murat. Y es que don Francisco había pasado la mañana batiéndose heroicamente, como uno más, al lado de los alzados, en los alrededores del Palacio Real. Domingo Pérez, Ayudante de la Real Caballeriza, cuando lo encontró en la calle de la Flor Baja, en medio del combate, intentó para convencerle a que se retirara, pedirle que tuviera en consideración su condición, pero nada consiguió.
Cuando le llevaban detenido, por haber sido sorprendido portando una espada, el grupo se cruzó con Murat. Al señor duque le llamó la atención su vestidura talar. Detuvo con un gesto a los que le llevaban y con la mirada les interrogó. Satisfecha su curiosidad, dirigiéndose al presbítero dijo: “quien a hierro mata, a hierro debe morir”.
Don Francisco fue arcabuceado por los franceses la madrugada del 3 de mayo de 1808 junto a otros cuarenta y dos patriotas, elegidos por sorteo entre otros detenidos. Las víctimas procedían de los depósitos de detenidos de Chamartín, de la Puerta de Santa Bárbara y del Cuartel de los Gilitos. Tras haber sido ofendidos de palabra y obra, se condujo al grupo elegido hasta la Montaña del Príncipe Pío, agrupados en tres cuerdas, hasta las cuatro de la mañana, en que fueron arcabuceados junto a la tapia y abandonados en una fosa cavada por sus verdugos. Don Francisco fue retratado en su momento final por su tocayo Goya, en el cuadro de Los fusilamientos del 3 de Mayo, se le reconoce fácilmente por la tonsura de su cabeza y el hábito gris que lleva. Allí permanecieron, en el fondo de la fosa que sus asesinos acababan de cavar, sin recibir cristiana sepultura durante nueve días, “que no se toquen los cadáveres“, ordenó Murat, como escarmiento, que sujetara la ferocidad de los madrileños y para evitar que las exequias fueran germen de nuevos altercados.
Cuando las autoridades francesas dieron permiso para darles sepultura. Los hermanos de la Congregación de la Buena Dicha rescataron los cuerpos y los enterraron en un pequeño cementerio próximo, propiedad de los empleados del cercano Palacio Real.
“El día 12 de mes de Mayo de 1808 fueron enterrados en el campo santo de esta Real Parroquia de San Antonio de Padua de la Florida, 43 difuntos que fueron hallados en un hoyo de la montaña que llaman del Príncipe Pío: los mismos que fueron arcabuceados por los franceses el día 3 de dicho mes a las cuatro de la mañana, y al tiempo de la excavación fueron reconocidas las personas siguientes: Manuel Antolín, D. Francisco Gallego y Dávila, Juan Antonio Serapio, Domingo Braña, Rafael Canedo, Antonio Mazías de Gamazo, Antonio Zambrano, Martín de Ruicavado” acompañada de la siguiente nota al margen: “Españoles arcabuceados por los franceses”. Del “Libro de entierros que principia este año de 1799″, fol. 8. vto. Año 1808.
MIGUEL RESECO
El pobre Juan estaba aterido. Es muy posible que fuera de frío. Y es que ya se sabe lo que dicen, de no quitarse el sayo hasta el cuarenta de mayo. Pero es que además, la noche era lluviosa, como lo había sido todo el día. Un calabobos que no mojaba, pero que con el vientín que se había levantado, hacía que se le destemplara a uno el cuerpo. Pero también tenía miedo, era seguro que lo tenía. Le iban a matar.
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El futuro de Uclés, con tal patrimonio, está en preservarlo. El ayuntamiento pide ayuda.



do la vida en acto de servicio, sorpresivamente. Consecuentemente se perdió el empuje de las asociaciones que se formaron con la esperanza de que se aclararan las intenciones y los responsables.
Es posible que entre los escombros dejados por las explosiones, brote, a pesar de la aridez que produce la cobardía de los acomodaticios, y se abra camino, y finalmente llegue a florecer el heroísmo, pero muy pocas veces, de la mano de la genialidad.

En 1860 se decidió dotar a los soldados del Ejército expedicionario de África de un pañuelo, para ser usado como cobertor de las pertenencias que este guardaba sobre la percha o repisa,