Una batalla y un catalán devolvieron el toreo a España

noviembre 13, 2016

Nadie cae en la ironía de que queriendo proteger a un animal le condenemos a la extinción.

SOMATEMPS Catalanitat és Hispanitat

La batalla de Bailén devolvió el toreo a España

Cuando se acerca el bicentenario del 2 de mayo, la fecha en que los españoles se negaron a formar parte de una Europa creada por la fuerza de las armas y enseñaron al mundo como el zarpazo del león español, abatía el águila francesa, debemos reflexionar sobre la historia del toreo en aquellas fechas. Godoy había prohibido el toreo en toda España en 1805, presionado por los «verdes» de la época, con el absurdo argumento de que la fiesta nacional, así se llamaba el toreo desde los tiempos de Jovellanos, iban a dejar sin toros y sin caballos el agro español.

 Se acepta que iniciado el conflicto con el ejército invasor fue el rey usurpador, José Bonaparte, el que en un intento de congraciarse con el pueblo español abrió los toriles a la gran fiesta taurina del siglo XIX, pero no…

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FERNAND CORTEZ

noviembre 13, 2016

Acabo de saber de la existencia de una ópera dedicada a Hernán Cortés. Y ha sido gracias a un audio recientemente publicado por Memorias de un Tambor.

Como curiosidad está bien, aunque hay algunas óperas, en realidad algunos compositores de ópera, que me encantan, confieso que no es mi género favorito.

gaspare_spontiniPero si me ha llamado la atención no es por el protagonista, que para mí es muy importante: Hernán Cortés. Mucho menos aún por el autor: un francés, del que desconozco todo. Lo que me ha dejado rascándome la cabeza ha sido saber quién la encargó: nada más y nada menos que Napoleón. Bonaparte, para más señas.

Fernand Cortez, ou La conquête du Mexique, se llamó la ópera. Obra en tres actos con música del italiano Gaspare Spontini (uno de los favoritos de la emperatriz Josefina) y libreto en francés de Etienne de Jouy y de Joseph-Alphonse d’Esmenard. Y la amante de Napoleón, Alexandrine-Caroline Branchu, tuvo el papel femenino principal. Se estrenó en la Ópera de París el 28 de noviembre de 1809.

Pero lo que me resulta más flipante es que el Corso quiso así, utilizar la figura Hernán Cortés, a través de una ópera, para revestirse de la misma legitimidad que atribuía al conquistador español. Napoleón, quería como hizo el gran Cortés, llevar la civilización a los países gobernados por la barbarie. Esto justificaría su planeada invasión de España y Portugal, como conquistó Cortés aquellas tierras al oeste de Veracruz. Napoleón haría caer al rey borbón, como Cortés hizo con el sátrapa de Moctezuma. Sustituiría la Inquisición por la Revolución, como el extremeño sustituyó la sangrienta idolatría azteca por la Iglesia. Y colocaría un monarca de la familia Bonaparte, la suya, como el español les hizo súbditos de la reina católica..

La mejor ópera de Spontini, no superó el éxito del estreno, al que acudió el propio emperador, ya que su popularidad declinó tras el fracaso de las tropas francesas en la Península.

Escucha aquí, si quieres, un fragmento:

https://www.youtube.com/watch?v=Qdw2C7aTpsk

Cuando supe que existía una ópera dedicada a un compatriota ilustre, me temí que fuera para degradarlo, como la que Verdi dedicó a Felipe II. Pues no, es para tomarlo como el ejemplo que se intenta seguir. Pero nunca pensé que eso pudiera venir de la mano de Napoleón.

EL PÁRROCO DE SANTA CRUZ DE MUDELA

octubre 17, 2016

El 5 de junio de 1808, el pueblo de Santa Cruz de Mudela ataca al contingente francés acuartelado en la villa, causando la muerte de multitud de soldados y oficiales. Los supervivientes huyen hacia el norte. Este es el prólogo de otro día terrible para el ejército napoleónico, que pasó a la historia como la Contienda de Valdepeñas. Muy poco después seria la Batalla de Bailén.

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Fernando VII

septiembre 30, 2016

Siempre habrá quien disfrutando de una posición de privilegio optará por aprovecharla para hacer el mal en lugar de el bien, sin lograr más que un pobre beneficio, comparado con la gloria que podría alcanzar actuando de la otra forma. Pero como este…. ninguno.

Casa Real de España

Fernando VII nació un 14 de octubre de 1784 en el Escorial. La venida al mundo de este “robusto Infante destinado para la gloria y el engrandecimiento de España”, según decía la gaceta, llenó de alegría a Carlos y a María Luisa, entonces príncipes de Asturias, ya que los cuatro hijos varones que habían tenido murieron todos en la más tierna infancia.  Fernando a los cuatro años de edad caía gravemente enfermo. María Luisa intercedió ante San Fernando por la salud de su hijo he hizo voto de acudir a Sevilla para orar ante la tumba de santo si el príncipe salvaba la vida, promesa que cumpliría en 1796. La salud de Fernando fue delicada.

Carlos IV subió al trono en 1788, tras la muerte de su padre Carlos III y Fernando era reconocido Príncipe de Asturias por las cortes. A comienzos de 1729, el padre Benito Scio era…

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EN SU MISMA LENGUA

septiembre 13, 2016

                Desde muy temprano mis hermanas y yo andábamos alarmadas por el bullicio que se sentía fuera del convento. Incluso la priora no dejaba de recorrer todas las estancias sin separarse de la subpriora, insistiendo en que abandonáramos los cuchicheos y pusiéramos mayor celo en nuestras obligaciones, pero sin abandonar por ello su semblante preocupado.

                Desde que el Príncipe de la Paz ordenó que el palacio de Monteleón fuera destinado a parque de artillería, el barrio se había vuelto más ruidoso. Pero lo de esta mañana no se parecía a lo que estábamos acostumbradas a escuchar. Y no podía evitar que el tumulto me trajera el recuerdo de la persecución que sufrimos todos los religiosos en mi país tras la Revolución. Esa persecución me trajo a España buscando refugio, huyendo de la prisión, la tortura y la muerte, que allí me esperaba. Al fin, para una religiosa no hay más patria que Nuestro Señor.

barrio37                Pero esta mañana tuve miedo. El Emperador había conseguido derrotar a los ejércitos de los reinos más poderosos de Europa. ¿Sería este el momento de España? me temía. Y acerté.

                Tres cañonazos que sonaron casi al unísono hicieron caer las velas que alumbraban al Santísimo. Poco después llegaron los disparos de mosquete y, en seguida, la calle comenzó a llenarse de muertos y heridos franceses.

                La madre abadesa ordenó que abrieran las puertas y que introdujeran a los heridos. Pronto hubo que baldear el suelo para no resbalar.

                Él era un niño. El vendaje que le hice cubriéndole la frente consiguió que dejara de sangrar; pero entonces descubrí otra mancha de sangre que atravesaba su uniforme a la altura del pecho. Le abrí la casaca y coloqué mi mano taponando la herida, gritando para pedir ayuda. Sentía su corazón latir como si lo estuviera apretando entre mis dedos.

four-nuns-001                El soldado se retorció como si una punzada le atravesara. Y abrió los ojos.

                – Pardonnez-moi , je ne voulais pas faire du mal.

                Musité en un hilo de voz. Me miró fijamente, pero no me trasmitió dolor, ni miedo, solo desamparo.

                – Ma mère!

                Me dijo. Yo pasé mi mano libre bajo la cabeza del herido abrazándole, y una lágrima brotó de cada uno de mis ojos.

                – Ma mère! Pourquoi pleures-tu?

                Dijo, y luego cerró los ojos para no abrirlos más.

© Miguel Reseco

© Ronda por el Madrid del Dos de Mayo


Esa mañana, el ruido del combate en el vecino Parque de Monteleón sembró de terror a las monjas del Convento de Maravillas. Las religiosas mayores se resignaban a lo que pudiera depararles el destino, las más jóvenes quisieron huir. El padre Rojo, que se había acercado al convento para dar la comunión a las monjas, quiso ayudar a las que querían escapar abriendo la cancela; pero al ver la matanza que había causado la última andanada entre los soldados imperiales que por la calle avanzaban, no quisieron salir. El padre Rojo, ajeno a los disparos, comenzó a poner al resguardo de los muros del convento a los soldados heridos, ayudándoles a entrar. Las hermanas vendaban a los heridos y les daban de beber.

Sor Pelagia Revut era una monja que había venido a España huyendo de la persecución que en Francia se dio tras la Revolución. Atendió a los soldados consolándoles en su idioma. En el otro lado del convento, asomada a una reja que daba frente al Parque, la hermana Eduarda de San Buenaventura animaba a los soldados españoles, y les arrojaba escapularios y estampas.

EL ZAPATERO PATRIOTA

septiembre 8, 2016

                – Se abre expediente de la causa a favor de los familiares de Pedro Segundo Iglesias y López, fallecido en el motín del glorioso Dos de Mayo de 1808. ¿Se llama usted Francisca Antonia López?

                – Sí, señoría.

                – ¿De ochenta y un años de edad?

                – Así es, señoría.

                – ¿Vecina de Madrid?

                – Sí, señoría

                – Madre del que fue Pedro Segundo Iglesias y López, de treinta años de edad, natural de Madrid. Oficial de zapatero de profesión. Que salió de su casa en la mañana del 2 de mayo de 1808 armado de un sable, con el propósito de, según sus propias palabras, defender la Patria y matar franceses.

                – Ese fue mi hijo, Señoría.

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                – Y que después de que se publicaron las paces, volvió a ser visto sano y salvo por la calle del Olivar, preguntando por su madre, usted misma. Que aseguraba que había matado a un francés. Que le aconsejaron que fuese prudente y se escondiera. Y que por no hacer caso dio lugar a que le cogieran preso, siendo uno de los fusilados, esa tarde en el Prado.

                – Eso fue lo que me contaron aquellos que le vieron.

                – ¿Tiene usted algo que añadir?

                – Sí, que siempre fue un buen hijo. Que jamás quiso casarse por atender a mi cuidado y sustento. ¡Ay!, pero ese terrible día de mayo, olvidando esta promesa que tanto decía de su buen corazón, acudió a ayudar a la defensa de la Patria, que pa’el también era madre suya, y me lo mataron, como mataron a tantos otros.

©Vidas Sacrificadas

©Miguel Reseco

 

La casa de “Tócame Roque”

agosto 21, 2016

“El 2 de mayo de 1808 , los vecinos de la casa de Tócame Roque, todos a una, olvidándose de sus constantes trifulcas, se unieron para hacer frente a los franceses”

DE REBUS MATRITENSIS - EPISODIO II

Casa de tócame Roque: Aquella en que vive mucha gente y hay mala dirección y el consiguiente desorden. (Real Academia Española – RAE)

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Estoy seguro de que muchos de nosotros, por no decir todos, hemos escuchado en más de una ocasión la frase “esto parece la casa de Tócame Roque”, para referirse a algún lugar caótico en el que reinan el más absoluto desorden y la confusión. Pero lo que seguramente es menos conocido, es que esta castiza expresión madrileña, nació de un hecho concreto y cierto: la casa de Tócame Roque existió realmente. En Madrid, en pleno barrio de Chueca, estuvo en pie al menos desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX, siendo  bien conocida por todos los madrileños por sus continuos alborotos, riñas y trifulcas.

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La casa de marras se encontraba en la esquina de la calle Barquillo con la de Belén, lugar en el que una de las placas amarillas del Ayuntamiento…

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ELOY, QUE SIGNIFICA ELEGIDO

julio 18, 2016

          Hace frío. Varias veces he tenido la intención de ponerme algo más de ropa, porque temo que quien pueda verme tiritar tome mi temblor por miedo. Pero después he rechazado la idea de abrigarme ya que, cuando todo empiece, dejaré de tener frio y toda la ropa de más solo me estorbará. Pero ¡joder, qué frio hace!

          ¡Qué vida más perra! ¿Quién imaginaría que un expósito como yo, pudiera acabar muriendo tan lejos de España, en Cuba, y como un héroe?

          Ya nadie me llamaba así, pero nunca dejaría de serlo.

eloygonzalo2          En el ejército todos me conocían por mi nombre: Eloy Gonzalo; pero siempre me tropezaba con alguien que me recordaba lo de expósito o lo de inclusero. Así es como me llamaban los niños de los pueblos en los que pasé mi infancia, arrastrado por aquel matrimonio que por una miseria tuvo a bien acogerme. No eran malos, pero tampoco eran buenos. Y los niños, menos.

          Pronto la luna se ocultará tras esa nube enorme que asoma tras los cerros, dejando a oscuras los tiroteados restos del pueblo de Cascorro, ese será el momento de emprender la carrera.

          Mientras tanto he de aprovechar para memorizar el camino que casi a ciegas debo seguir. Y repasar mi equipo. Sujeto a la espalda, para que no me moleste, llevo mi bayoneta reglamentaria, afilada como para afeitar a toda la compañía. Del hombro cuelga la cuerda, uno de cuyos extremos iré soltando según avance; el otro lo he atado firmemente a mi cintura. El chisquero, en el bolsillo. Un palo, que con un jirón de la camisa convertiré en tea para dar fuego al reguero de petróleo que servirá de mecha.

cascorro1          Cuando me den la señal, colocaré bajo el brazo la lata de petróleo que ahora descansa a mis pies. Quisiera llevar también conmigo mi Mauser, pero me resultaría muy embarazoso para lo que he de hacer. Cuando todo comience a arder, la luz del fuego me convertirá en un blanco fácil. Solo podré confiar en mis piernas, en la mala puntería de los mambises, y en la buena de mis compañeros.

          – Llévate esto -me dice el sargento, ofreciéndome un revolver, como si hubiera adivinado lo que estaba pensando -. Ya me lo devolverás cuando vuelvas.

          – ¿Y si no vuelvo? -objeté.

          – Tampoco se perderá mucho -dijo guiñándome un ojo.

          ¡Cómo pude ir a fijarme en semejante mujer! Aún más, ¿cómo pude llegar enamorarme de ella? Solicité la licencia de matrimonio y me la concedieron. A punto estuve de casarme con ella, pero no lo hice. A punto estuve de matar a aquel teniente, pero ella no se lo merecía. Ella. Lo que ella sí consiguió fue que acabaran mandándome a Cuba: o eso, o doce años de prisión militar por insubordinación y amenazas.

          La idea del capitán podría no resultar, pero había que hacer algo. Nos estaban matando como a chinches y a tal velocidad que, cuando llegara la ayuda esperada muy bien podrían no encontrarnos a ninguno vivo.

          – ¿A cuánto estamos hoy? -pregunté.

          – No sé. ¿Qué más da un día un otro? –me contestó el sargento.

          – Sí que da, mi sargento –le repliqué-. Si no acaba siendo la fecha de mi necrológica, a partir de ahora será mi número de la suerte.

          – A nueve –dijo el capitán-. Nueve de octubre -añadió.

          ¿Quién mejor que yo? Yo no tenía a nadie. Nadie lloraría mi pérdida porque no había nadie que fuera a perderme. Así lo dije cuando solicitaron voluntarios.

          – Sólo pido –dije-, que si no vuelvo tiren de esta cuerda. No quiero que esos mal nacidos se diviertan jugando a dar patadas a mi cabeza antes de clavarla en una estaca.

bill          El tiempo pasaba lento. Sentía como si cada par de ojos que a esa hora pudieran permanecer abiertos estuvieran fijos en mí, los de los míos y los del enemigo.

          – ¡Toma, fúmate uno! -le dijo el capitán ofreciéndome un veguero-. Y ten cuidado, no se te apague, antes de pegar fuego al bohío.

          – Con todo el respeto, mi capitán, si voy con el cigarro encendido, alguno de esos encontrará entretenimiento en hacer puntería en la brasa –lo rechacé adelantando una mano-. Encenderé la tea que llevo, con mi chisquero.

          – Tienes mucha razón, muchacho –contestó el capitán-. Tómalo de todas formas, te lo fumas cuando vuelvas.

          – Tendré entonces que volver para que no vuelvan a acusarme de insubordinación –dije guardándomelo en el bolsillo de la camisa. Nadie contestó.

          La oscuridad se hizo total, el capitán buscó la luna en el cielo y no la encontró, entonces le hizo al sargento una señal con la cabeza y dijo: ¡Ya! El sargento me puso la mano en el hombro, y susurró: ¡Venga! Le entregué al sargento el otro extremo de la cuerda, desenrosqué unos metros que dejé caer al suelo, me santigüé, afiancé la lata al costado y salté el parapeto. Una vez arriba, empecé a correr y pronto me envolví en la oscuridad.


 

Eloy consiguió llegar hasta las posiciones de los rebeldes sin problemas, volar el bohío desde el que causaban tan graves daños a su guarnición y regresar ileso a su posición. Así que tuvo ocasión de sentarse en el borde de la trinchera a fumarse un habano, mientras veía las llamas del incendio que había provocado.

La llegada de una columna española pocos días después permitió que la posición fuera liberada. Pocos meses después, una enfermedad acabó con la vida de Eloy, impidiéndole disfrutar del reconocimiento popular y de las recompensas por su heroica acción.

©Miguel Reseco

©SOLO PERSONAS

LA MEMORIA DE LOS PECES

julio 11, 2016

“Esta canción tiene su historia. Nosotros estábamos en la furgoneta el día que secuestraron a Miguel Ángel Blanco, tocábamos el día siguiente en Santurce, y no dejamos de oír la radio para enterarnos de todo lo que pasaba. Recuerdo ese concierto, aparte de lo dicho, porque la gente acudió a él con las manos todavía manchadas de blanco y, en mitad de dicho concierto empezaron los gritos de basta ya, ETA escucha aquí está mi nuca, etcétera, etcétera, etcétera.  Siempre he dicho que soy de lágrima fácil y en esa ocasión me tuve que dar la vuelta para que no me vieran llorar. En ese momento miré al cielo y le dediqué una canción. De vuelta al hotel me metí en la habitación, y cuando Alfonso (Leal) vino a despertarme se sorprendió y dijo: ‘¡Cómo, hoy no hay que sacarte de la cama, ni gritarte, ni nada…!’  La verdad es que no es que me hubiera levantado antes de tiempo, es que no me había acostado. Estuve toda la noche componiendo Una lluvia violenta y salvaje.

Carlos Goñi

Tener noticia del asesinato de Miguel Ángel, como a tantos, me hizo llorar. Cuando mucho después descubrir tu canción, consiguió que volviera a llorar. Sé que a muchos más emocionó, sin embargo, a día de hoy creo que la mayoría sufre de memoria de pez.

Gracias Carlos.

José Blas Molina

ODA AL DOS DE MAYO

julio 7, 2016
Oda al Dos de Mayo

Litografía de Perez y Donon

 

“Mas ay! que ella lidiaba

Y sangre á rios sin cesar vertia

Y mientras fiera á un déspota vencia,

El trono de otro déspota elevaba!!

F. Perez

Extraído del libro: Guerra de la Independencia, de Miguel Agustin Príncipe