MI NOMBRE ES ROBERTSON, JAMES ROBERTSON (y III)

octubre 20, 2019

[…]

Finalmente, Robertson consiguió acceder a La Romana, presentándose como un buhonero alemán. Cuando estuvo a solas con el marqués se identificó como un agente británico, el general español se alarmó sospechando que podría ser un agente francés enviado para probar su lealtad. Robertson, al no tener ningún documento que le identificara, recurrió al papel que Frere le había dado, con el verso del Mío Cid, y le recordó la ocasión, tal y como Frere se lo había contado. La Romana se tranquilizó, aunque manifestó su profunda preocupación por la posibilidad de que se filtrara la reunión, por lo que le pidió a Robertson garantías de que durante su viaje no había revelado a nadie el propósito de su misión. El marqués se despidió manifestando que necesitaba pensarlo y asegurando que en unas horas le daría una respuesta. También el sacerdote llegó a temer en un primer momento por su vida, aunque finalmente abandonó la entrevista seguro de la nobleza del español, pero nada seguro del éxito de su embajada.

En la segunda entrevista el Marqués se mostró más receptivo, aunque el escocés volvió a marcharse sin compromiso alguno.

Pedro_Caro_y_Sureda,_marqués_de_la_Romana_(Museo_del_Prado)Un exceso de confianza, por parte de Robertson, estuvo a punto de llevarle a ser detenido por la guardia danesa del puerto. Parece ser que quiso avisar a un barco inglés próximo para que le mandaran un bote y poder abordarlo. Coincidió que se cruzó con La Romana, que le citó para el día siguiente.

En la tercera entrevista, el Marqués informó a Robertson que tanto él y la mayoría de sus oficiales, como sus hombres deseaban dejar de servir al mando francés, confirmando su decisión de ser repatriados a España. De modo que estaban dispuestos a aceptar la ayuda británica y, en la medida de lo posible intentar llevar a cabo su plan de evacuación. Pero que temía que, como debido al bloqueo británico, su contingente había sido dispersado entre las diversas islas y costas de la península danesa, dudaba de que fuera posible evacuar a toda su fuerza.

Ciertamente a La Romana no le ha caracterizado la espontaneidad. Puede que sus dudas vinieran por el riesgo en el que se ponía él y a sus hombres, o porque no tenía claras sus fidelidades. Pero esto no lo sabremos nunca.

Durante las distintas entrevistas que Robertson mantuvo con La Romana, tuvo ocasión de informarle de la situación en España. No ya solo del Motín de Aranjuez y de que los reyes se encontraban retenidos en Francia, de lo que ya había tenido noticia a través de la prensa francesa, que sus “aliados” recibían, y de los sucesos del 2 de mayo, por los oficiales que había mandado con anterioridad a España para obtener instrucciones de Godoy, si no del nombramiento de José Bonaparte como nuevo rey de España y de las Indias. También le comentó que se había producido un levantamiento en Asturias, fruto del cual se había enviado a Londres embajadores, tal y como le había informado Mackenzie, cuando llegó a Heligoland.

Habiendo confirmado la voluntad de los españoles para ser evacuados, Robertson tenía que contactar con uno de los buques de guerra británicos que patrullaban justo a la orilla. Pero esto resultó más difícil de lo que parecía, ya que Robertson fue capturado por una patrulla danesa. Afortunadamente, pudo escapar, de modo que el 28 de julio, Robertson estaba a bordo del Victoria. Informó de que no sólo los españoles esperaban ser rescatados, sino que los franceses sospechando la situación habían enviado tropas para vigilar el comportamiento de sus aliados españoles.

Finalmente Robertson regresó a Londres siguiendo la misma ruta que había usado para llegar hasta Nyborg.

Pero aquí no acabó más odisea que la del clérigo.

Miguel Reseco

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MI NOMBRE ES ROBERTSON, JAMES ROBERTSON (II)

octubre 19, 2019

[…]

La elección recayó en un escocés, el reverendo James Robertson, un fraile benedictino. Debieron pensar que un sacerdote católico podría ganarse mejor la confianza de los españoles que un oficial británico protestante. Y que un escocés tendría mayor afinidad con los españoles que un inglés. Iría disfrazado de comerciante, y llegaría hasta La Romana con el pretexto de ofrecerle artículos que pudieran ser de su interés. Después debería darle a conocer su misión, que era la de ofrecerle ponerse, a través suyo, en contacto con la flota británica, con vistas a una posible embarque de la división.

Con Canning también había hablado míster Frere, ministro plenipotenciario en España y que había hecho amistad con el marqués de La Romana. Dado que Robertson no quería llevar ningún documento que le sirviera de credencial, por temor a que pudiera comprometerle, Frere le facilitó un papel en el que había escrito un verso del Poema del Mío Cid. Frere le explicó a Robertson que era un verso sobre el que él y La Romana habían debatido largamente y que podría servir como santo y seña, acreditandolo como enviado suyo. También le contó algún detalle sobre la primera vez en que se vieron él y el marqués, comiendo juntos en Toledo, y que sin duda recordaría.

Ruta de RobertsonRobertson embarca en Londres el 4 de junio con destino Heligolanda, antes de que los enviados de la junta de Asturias lleguen a Inglaterra. Acompaña a Robertson un agente británico para aquella zona llamado Mackenzie, cuya misión era la de facilitarle el viaje hasta el continente. Llegaron a Heligoland el 6 de junio. Consiguió transporte en un barco contrabandista, y tras ser estorbado por parte de las patrullas costeras francesas con que se encontró y con los agentes de aduanas, remontó el río Weser hasta llegar a Bremen, donde desembarcó aprovechando la noche.

Desde Bremen viajó hasta Hamburgo, en la creencia de que allí encontraría al marqués de La Romana. En el hospital de Altona, no encontró más españoles que el capellán del hospital y un capitán, que por enfermedad no había podido acompañar a su división. El capellán no conocía el latín como para entenderse con el escocés, que logró hacerlo en francés con el militar. Este le informó de que encontraría a La Romana en Nijborg. Antes de partir, se hizo con unas cajas de tabaco y unas libras de chocolate, y poder así hacerse pasar por comerciante. Desde allí se dirigió a Lübeck y después Kiel, donde embarcó hasta el puerto de Asses, desde allí se dirigió a Nijborg, donde se hallaba el marqués de La Romana. En Nijborg pudo hospedarse en la misma fonda en la que se alojaba el marqués, con todo tipo de comodidades, entre ellas dos cocineros y numerosa servidumbre.

…continuará

Miguel Reseco

MI NOMBRE ES ROBERTSON, JAMES ROBERTSON (I)

octubre 18, 2019

La rebelión iniciada el Dos de Mayo de 1808 contra la fuerza invasora, que supuso la posterior Guerra de la Independencia, fue consecuencia de las tensiones habidas con las dos potencias que dominaban Europa: Inglaterra y Francia, de la decadencia de España como imperio y de su mal gobierno, inmerso en rencillas internas por el poder.

Un año antes, el entreguismo del gobierno español a la Francia de Napoleón produjo una conveniente deslocalización de nuestro ejército, conveniente para sus planes de invasión. Para lo que voy a contar, me ceñiré a los 14.000 hombres, que al mando del marqués de La Romana, se desplazaron hasta Dinamarca. Estos se unieron a otra división francesa, y todos a las órdenes de Bernadotte. Ese mariscal del Imperio, que a pesar de llevar tatuado en su pecho la frase Mort aux rois, pecados de juventud, acabó sus días como rey de Suecia.

Charles_XIV_John_as_Crown_Prince_of_Sweden_-_François_GérardPara los españoles todo iba bien hasta que comenzaron a recibir noticias de España. La preocupación se agravó cuando supieron que España había declarado la guerra a Francia. Pero fue peor cuando los franceses se dieron cuenta de que lo sabían.

La idea de rescatar el contingente español desplazado a Dinamarca, partió desde el primer momento del general Castaños, gobernador del Campo de Gibraltar. Fue tras la entrevista que mantuvo con Sir Hew Dalrymple, gobernador de Gibraltar, el cual trasladó al gobierno británico la petición de rescate del contingente español. Lo prioritario era hacer llegar al mando español en Dinamarca, el requerimiento de las juntas españolas constituidas en ausencia del monarca, de retornar a España, así como la intención de los británicos de favorecerlo.

Sin tener en cuenta la elección de George Canning del hombre que debía llevar a cabo el contacto inicial, el ministro de guerra británico Lord Castlereagh prefirió la sugerencia de sir Arthur Wellesley, que aquí conocimos como Belintón.

…continuará

Miguel Reseco

TEMO MÁS REALIZAR UNA RETIRADA INOPORTUNA QUE SUFRIR UN ATAQUE DIRECTO

octubre 18, 2019

00563565-e1571390203961.jpgImágenes de Santiago Matamoros antes y después de que le retiraran la espada y la figura del afro-español vencido a los piés de su caballo.
El Apóstol, que ya no “Matamoros”, no pacífica, no vence, sino que convence, o lo intenta, llevando a cabo una exhibición de doma ecuestre.
matamoros3Una decisión muy valiente y acertada del párroco de la iglesia de Santiago Apóstol, del pueblo de Membrilla (Ciudad Real), que evitará la ofensa que puedan sufrir aquellos musulmanes que deseen penetrar en el templo para profanarlo.

Y NO APRENDEMOS

octubre 14, 2019

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“No nos cansaremos en llamar la atención del gobierno, como otras veces lo hemos hecho, para poner coto a estos actos del más refinado vandalismo. ¿No ha habido alguna real orden para exceptuar del anatema de demolición algunos monasterios célebres y brillantes monumentos del arte nacional? ¿No habría algún expediente para salvar algunas capillas, altares, sepulcros ricos de bellos mármoles y labrados con un singular primor, y que los propietarios de ahora no los aprecian más que como un montón de piedra para construir una pared? […]

Sin título¡Así convertimos el oro en polvo! ¿Por qué la nación ha de renunciar a estas preciosidades que con el tiempo nos pueden atraer tesoros? ¿No vemos que todas estas obras son también trofeos y muy grandes testimonios del genio español?”

Valentín Carderera y Solano, “Sobre la demolición de los monumentos artísticos”, Semanario Pintoresco Español, 19 de julio de 1840, pp. 230-231.

EL ORGULLO NO TIENE EDAD

octubre 12, 2019

            – ¡Pepillo, levántate ya! –exigió enérgica mi madre-. Si tengo que volverte a llamar probarás mi zapatilla.

            ¡Volverme a llamar! Sé que no me creería, pero para mí era la primera vez que la oía. Lo juro. De todas formas, su tono no era el que invitara a replicar. Eché a un lado la manta y me incorporé. Ella estaba al otro lado de la mesa de la cocina, dándole pellizcos a una hogaza y arrojando los trozos a una escudilla, que después cubriría de humeante leche. Cada día me costaba más tragar ese engrudo. Pero sabía que era mejor comerlo deprisa, para poder salir corriendo.

Cuando iba a volver a llamarme me vio ya en pie, desperezándome. Eso dio paso a la letanía de tareas que habría de cumplir en cuanto terminara de desayunar, para lo que sabía que no tendría mucho tiempo.

– ¡Vamos, tunante! ¡Que se te hará de noche! –me decía.

– Ya voy Madre, ya voy –cogí la cuchara y tragué los trozos de pan sin masticar, quemándome las tragaderas. Pero no me podía entretener, tardar más podía aumentar la lista de tareas, y Pepín ya me debía estar esperando abajo. Así era, no tardé en escuchar su reclamo: una serie de golpes en la reja de la ventana de la iglesia de San Miguel.

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– Mira, ya te llama tu amigo –dijo Madre, a la que no se le escapaba una-. A ese no le pilla el sol durmiendo -y después de una pausa lanzó el acostumbrado dardo-. Como a ti –y continuó-. Hoy no llegas a ayudar a don Genaro en misa. No, hoy no llegas. Pero eso sí, como sepa que no te vas después, derechito a la escuela, te arranco las orejas. Escúchame bien ahora que todavía las tienes puestas: te arranco las orejas.

– ¡Que sí Madre!

Bajé los escalones de tres en tres. Al llegar abajo escuché las campanas de San Cayetano que avisaban de la misa. Para entonces don Genaro habría encontrado quien le asistiera, y ya me había olvidado de la lista de recados que me había cantado Madre.

– ¡Vamos, pasmao! – me gritó Pepín desde el otro lado de la calle.

Cuando pasamos ante la iglesia, no tuvimos ni que consultarnos. De entrar, lo menos que nos podía pasar era ganarnos un pescozón. Los dos continuamos camino sin decir nada. Era un tiempo que podíamos aprovechar para echar un pitillo, y ponernos al día, antes de ocupar nuestros bancos en la escuela.

Subimos corriendo la cuesta, y según subíamos encontrábamos cada vez más gente. Llegamos hasta el convento de la Merced [1]. Nadie nos decía qué pasaba.

Unas mujeres gritaban: ¡los gabachos, los gabachos!

Como mucho nos gritaban que nos fuéramos a nuestra casa, y nos daban empujones. Para aquel entonces ya habíamos dejado atrás escuela. Subimos por la calle Toledo hasta la plaza, y de ahí salimos a la calle Mayor.

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El espectáculo nos dejó paralizados. Se me vino a la cabeza lo que mi abuelo me había contado de los encierros de su pueblo. Solo que aquí los toros eran jinetes a caballo y sus cuernos tenían filo y eran de acero. Nos unimos a los demás corredores hasta alcanzar la Puerta del Sol, que estaba más llena que la plaza de toros cuando mataron a Pepe-Hillo, dijo uno.

Allí, como los demás, nos dispusimos a hacer frente a los franceses, cada uno con el arma de que disponía, palos, navajas, tijeras. La nuestra fueron las piedras del suelo.

Vi caer a Pepín sin vida, como la muñeca de esparto con que juega mi hermana cuando esta se duerme. Después sentí una fuerte punzada en el brazo, que hizo que girara sobre mí mismo, y luego otra en el muslo, y esta me hizo caer. Y ya no recuerdo más.

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En la calle Carretas, una de las que todavía bordea la antigua Casa de Correos de Madrid, el dos de mayo de 1808, unos niños quisieron poner en fuga a un jinete francés, un Dragón de la Guardia Imperial, sin más arma que las piedras que les tiraban. Uno se llamaba, José del Cerro, tenía diez años y el otro José García Cristóbal, de once. José García murió en la calle de Carretas ese día, José del Cerro murió el 28 de agosto de ese año, a consecuencia de las heridas recibidas.

©VIDAS ENTREGADAS

©Miguel Reseco

[1] Actualmente, en Madrid, plaza de Tirso de Molina.

Dinamarca. Expedición del Marqués de la Romana 1808 – 2008

octubre 7, 2019

Asociación Histórico - Cultural Teodoro Reding

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Tras la Recreación Histórica de la Batalla de Austerlitz 2008, en la que ha participado el Grupo de Recreación Histórica “Regimiento Suizo de Reding nº 3”, desde esta web recuperamos de nuestro archivo otra expedición realizada ese año a Dinamarca, con motivo del Bicentenario de la expedición del Marqués de la Romana, antes de la creación de este portal.

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“Recuerdos para España”. Esas fueron las últimas palabras de Antonio Costa, capitán español del Regimiento de Caballería “Algarbe”, que, en tierras danesas, en 1808, decidió suicidarse para salvar a sus hombres del castigo de las tropas francesas. Palabras que han quedado grabadas hasta nuestros días en su sepulcro en la ciudad de Fredericia, conservado por el pueblo danés junto a su iglesia católica. “España no le ha olvidado y prueba de ello es nuestra presencia aquí para rendirle nuestro más sincero homenaje, Capitán” dijo Jesús Ruiz de Burgos, vicepresidente de la Asociación Histórico –…

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EFEMÉRIDES . 1 de octubre de 1815 .Ejecución del general Murat

octubre 1, 2019

Qui gladio ferit gladio perit

FILOSTAMP

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Joaquín Murat es cuñado de Napoleón I.  Éste, que le ha nombrado rey de Nápoles en 1808, le ha conferido la caballería durante la campaña de Rusia. Después del desastre, Murat regresa a su reino, perdida ya la confianza en el futuro de su Imperio. Empujado por su esposa, Carolina, hermana del emperador, pretende salvar su trono y, en enero de 1814, firma por separado un tratado con Austria. El reino de Nápoles espera que los aliados tengan en cuenta su “traición”, pero pronto se desengaña: el Congreso de Viena le rechaza.napoleon-copia

Cuando Napoleón deja la isla de Elba y desembarca en Francia, su cuñado vuelve a cambiar de bando y vuela en ayuda del gran corso. Desde marzo de 1815 incita a los italianos a la independencia y ataca a los austriacos en Cesena. Después, sin ponerse de acuerdo con el emperador y haciendo gala de una lamentable precipitación…

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¡AL ABORDAJE!

septiembre 29, 2019

El subteniente don Juan Antonio Fábregues, estaba destacado en una batería de costa, desde su posición se podía divisar el barco del contraalmirante Keats. Fábregues ardía en deseos de ponerse en comunicación con aquel buque, en el que estaba seguro de que sería bien recibido.
En el número del 8 de Noviembre de 1808 de la Gaceta de Madrid, se insertó una carta de Fábregues dirigida a su hermano don Pedro Pascual, que escribió a bordo del navío Edgard de S.M.B. en el Sund, frente a Elsegiot, con fecha el 28 de agosto anterior, y que transcribo a continuación.

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Nuestra división, le decía, bajo el pretexto de operaciones militares, fué dividida en Julio parte en el continente de Dinamarca, y parte en las islas hasta Zelandia, con el objeto de obligarnos al tiránico juramento del pretendido Rey José. Exaltados los ánimos de todos los españoles, hubo mil sucesos particulares en cada cuerpo. Dos regimientos de Zelandia, Asturias y Guadalajara se sublevaron, atacando el palacio donde se hallaba el General francés: mataron dos edecanes, otros quedaron heridos, y el General escapó disfrazado de dinamarqués. En Almansa y Princesa hubo también alboroto, diciendo en la formación á voces ¡viva España! y ¡muera Francia!’, atropellando algunos soldados franceses y pisándoles las cucardas de Napoleón. Algunos regimientos juraron, pero bajo condición de que la nación aceptase aquel Rey con otros acontecimientos á este tenor. En este estado de confusiones y opresión, sin dejarnos recibir cartas de España y diciéndonos que en ella estaba todo tranquilo, nuestra situación era la más dolorosa y critica. Sólo el mar Báltico podía ser abrigo nuestro, pero ninguno se atrevía más que á contemplar sus orillas con tristeza, mirando con envidia los buques ingleses y deseando comunicar con ellos. Pero eran tan grandes las precauciones, que había orden de no recibir ni aun á los parlamentarios.
En este estado fui destinado, desde la isla de Langeland á Copenhague, con unos pliegos para un General francés. A mi regreso examiné escrupulosamente la costa, y habiendo encontrado una lancha en casa de unos pescadores, les dije traía pliegos, y sí querían llevarme directamente á Langeland, les pagaría bien, pues me evitaban el rodeo. Convinieron en ello, y observando tres navios ingleses que estaban fondeados como unas cuatro leguas desde donde me embarqué, me arrebaté de un impulso de patriotismo, y sin más reflexión tiré de mi sable y les dije me llevasen á bordo de los enemigos. Un soldado que venía conmigo, ignorante de mis intenciones, se quedó sorprendido, se aterrorizó y quiso echarse al agua antes de cooperar á mis designios. Los dos marineros se resistieron, y uno de ellos se apoderó del fusil del soldado. Viéndome en estos apuros, me resolví á matarle antes que volviese á tierra, desde donde me estaban observando ya, y, por tanto, me consideraba perdido.
Vieron mi obstinación, y en esta contienda, con un afortunado golpe, me hice con el fusil de manos del marinero, y yo no sé cómo les hice remar hacia los buques ingleses. Estos observaron un bote que se dirigía hacia ellos y destacaron los suyos en mi busca. Les puse un pañuelo blanco sobre un palo, para llamarles la atención, y se dirigieron hacia mí seis de sus botes. Llegaron por fin; me recibieron con la mayor atención. ¡Y calcula tú cuál sería mi sorpresa y alegría, cuando habiendo trasbordado al navio del comandante, me enseñaron varias cartas para nuestros Generales, jefes y oficiales venidas de España! Me manifestaron las órdenes que tenían de favorecer á los españoles; la dificultad en que se hallaban para entregarlas, por estar privados hasta de comunicación de parlamento, y se me propuso si tenía ánimo para hacerlas llegar hasta el marqués de la Romana. A pesar de mi notoria deserción, me ofrecí á ello; tuve la fortuna de poderme introducir de noche en las costas de Langeland sin ser visto; vi á mi comandante, y desde allí, disfrazado, pasé hasta el General.
El marqués recibió las cartas, y todos quedaron admirados.
Yo mismo no sabía lo que había hecho. Los pliegos se dirigían á procurar que con toda celeridad, y con las tropas que pudiese, la división pasara á España. El marqués de la Romana no titubeó; inmediatamente expidió órdenes reservadas á las tropas, así como los ingleses á sus buques. A costa de muchas fatigas se reunieron 10.000 hombres en la isla de Langeland, de la que ya se había apoderado nuestro batallón, y, por último, vamos á, desembarcar en Suecia.

LA GRAN EVASIÓN

septiembre 27, 2019

CARO Y SUREDA (Pedro), marqués de la Romana

Pedro_Caro_y_Sureda,_marqués_de_la_Romana_(Museo_del_Prado)En enero de 1807 consiguió Bonaparte que la España pusiera á su disposicion quince mil hombres de sus mejores tropas para formar un cuerpo de observacion en el Hanover, cerrando á los ingleses las embocaduras del Weser y del Elba, y dióse el mando de aquellas tropas al marqués de la Romana que entonces fué llamado á Madrid, y en el mes de mayo se puso en marcha para atravesar la Francia, con un cuerpo de ejército auxiliar compuesto de once mil españoles. Debia reunirse á estos otra division de seis mil que se hallaban en Toscana, y que llegando al punto de reunion antes que el marqués, asistieron al sitio de Estralsund. Las tropas españolas bajo el mando superior del marqués y del general Bernadotte, obraron de acuerdo con las franceses contra la Pomerania sueca, y acaudilladas por el intrépido la Romana escitaron la admiracion de sus aliados, distinguiéndose por su valor y disciplina. Despues de la paz de Tilsit, celebrada en julio 1807, estalló la guerra entre Dinamarca y la Gran Bretaña. Bonaparte se propuso invadir la Suecia, y las tropas españolas recibieron la órden de pasar á las islas dinamarquesas para formar alli la vanguardia del ejército de Bernadotte.

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A consecuencia de esta disposicion, arrivaron sucesivamente durante los meses de marzo, abril y mayo á Jutlandia y Fionia, donde quedaron acantonadas. Al mismo tiempo Bonaparte fomentando diestramente la desunion entre Cárlos IV y su augusto hijo nuestro actual soberano, empleando alternativamente la astucia, la perfidia y la violencia, arrebató en fin á entrambos príncipes y á toda la real familia, la corona y la libertad. Hallábase el marqués de la Romana en Fionia, cuando Bernadotte le intimó la órden de Napoleon de prestar juramento á José Bonaparte, á quien llamaba el nuevo soberano de España, y que hiciera le prestasen sus tropas. En la crítica situacion en que se encontraba el general español, casi rodeado de fuerzas francesas infinitamente superiores á las suyas, teniendo que temer igualmente las tropas dinamarquesas, y privado de noticias directas de su patria, creyó que debia ceder por de pronto al torrente, para no comprometer un gran número de individuos que estaban bajo sus órdenes; pero el juramento que estendió era condicional, y sujeto al voto unánime de la nacion española. Enteróle poco despues del verdadero estado de los asuntos de España, un eclesiástico que llegó hasta avistarse con él, habiendo arrostrado mil peligros; y á pesar de esto esperó la ocasion oportuna. Se quitó al fin la máscara y se decidió á volar en defensa de su patria, cuando Don Vicente Lobo, oficial español, enviado por la Junta central, y que estaba á bordo de un buque de la escuadra inglesa del Báltico, halló medio para comunicarle unos oficios de las diferentes juntas, y una carta del general Morla, refiriendo circunstanciadamente la invasion de los franceses, nuestra gloriosa insurreccion, y el apresamiento de la escuadra francesa estacionada en Cádiz. Despues de algunas conferencias por medio de parlamentarios, con el contra-almirante Keats que mandaba como segundo la escuadra inglesa, se puso la Romana de acuerdo con él, acerca de las medidas que debian adoptarse para realizar la libertad de las tropas españolas. Fingió ceder, no obstante, á las razones del mariscal Bernadotte, que se quejaba amargamente del juramento condicional que habia hecho prestar, y aun prometió hacerle nuevamente tal como se deseaba; pero al mismo tiempo dirigió á los diversos gefes de los cuerpos del ejército una circular enérgica en 6 de agosto, para enterarles de los acontecimientos que habian ocurrido en España, hacerles conocer su resolucion é invitarles á reunirse todos inmediatamente en las islas de Fionia y de Langeland, á fin de impedir que los franceses opusiesen obstáculos á su noble designio.

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«Soy español, dijo en aquella circular, y estoy resuelto á ser partícipe de la gloriosa suerte de la patria. Todo es preferible á vivir en la vil dependencia en que estamos, y estoy decidido á embarcarme con las tropas que quieran seguirme.» Fueron tan bien ejecutadas sus órdenes, y reservadas tan escrupulosamente, que las tropas españolas partiendo de diferentes puntos, llegaron casi todas en un mismo dia al lugar de la cita. Tan solamente faltaron á ella los cuerpos estacionados en Zelandia, que fueron desarmados y declarados prisioneros de guerra, encerrándoles en el arsenal de Copenague, y dos escuadrones que esperimentaron la misma suerte en la Jutlandia. Componian la guarnicion de Niborg en Fionia tres compañias dinamarquesas, y la Romana temeroso de que contrariasen sus proyectos, supuso una órden del príncipe de Pontocorbo y las hizo retirarse de aquel punto; ocupó inmediatamente, á pesar de la resistencia y las protestas del gobierno dinamarqués aquella plaza importante, donde se hallaban unas lanchas cañoneras que hubieran podido incomodarle, y de que hizo uso para el objeto que se habia propuesto; y despues de haber hecho con el gobernador de Langeland un convenio por el cual se obligaba á suministrar cuanto la isla pudiese proveer, las tropas españolas en número de diez mil hombres se embarcaron á bordo de los barcos costeños dinanmarqueses que estaban entonces en Niborg y Langeland, y fueron reunidas en Gotemburgo por el marqués y su estado mayor que habian pasado alli en unos buques ingleses. La Romana dejando el mando de las tropas al conde de S. Roman, fué directamente á Londres para entenderse con los ministros ingleses acerca de los préstamos ó subsidios que eran indispensables para continuar con vigor la guerra en España.

DICCIONARIO HISTORICO ó BIOGRAFIA UNIVERSAL COMPENDIADA. 1831.