EL MERCHANDISING DEL PRINCIPE

marzo 28, 2017

0328A

LOS ZAMACUCOS Y TRAGONES DE MURRAZ

marzo 27, 2017

               “-¿Cómo es eso Restituta, cómo es eso D. Mauro, con que no han ido Vds. a ver la entrada de los franceses? Pues hijos, les aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel de la Guarda!… ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos… y son tantos que parece que no caben en Madrid! Si viera Vd., D. Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes imperial-tamboren la cabeza con un plumacho muy largo. Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables, qué morriones peludos, y qué entorchados y cruces! Te digo que se me cae la baba… Pues a esos de los turbantes creo que los llaman los zamacucos. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino Paniagua, los tragones de la guardia imperial, y llevan unas corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen está casado con la hermana de Napoleón… es ese que llaman el gran duque de Murraz o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto; y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de Fuencarral. Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí. ¡Ay hija, qué ojazos! Me puse más encarnada… Por ahí andan pidiendo alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno y lo siento: porque la verdad, hija, esos señores me gustan.

               -Gracias a Dios que tenemos rey -dijo D. Mauro-. Y Vd., doña Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha salido ni una hilacha.

               -En mi casa ni un botón -contestó la tendera-. ¡Ay, hijito mío! Ahora, cuando ese saladísimo rey que tenemos arregle las cosas, hay esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no saben Vds. lo mejor, ¿no saben Vds. la gran noticia?

               -¿Qué?

               -Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo rey de España, Sr. D. Fernando el Sétimo.

               -Ya lo sabe hoy todo Madrid.

               -Pues no nos quedaremos sin ir a verle; óyelo tú, Restituta, óyelo tú, Inés -dijo Requejo- mañana no se trabaja.

               -Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo -afirmó doña Ambrosia-. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para esperarle. ¡Ay qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para verlo! Él que me decía: «mientras duren este rey y esta reina de tres al cuarto, no tendremos un gobierno ilustrado». Mañana va a ser un día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos encargado al valenciano media decena de ramos de flores para apedrear a S. M. cuando pase.”

El 19 de Marzo y el 2 de Mayo, de Benito Pérez Galdós

¡PASEN, PASEN! AL FONDO HAY SITIO

marzo 25, 2017

0325AB

ME LO DEJAN TODO RECOGIDO

marzo 24, 2017

0324A

0324B

¡QUE VIENE, QUE VIENE! ¡EH, EH!

marzo 23, 2017

0323A

0323B2

0323C

SE DESATAN LAS FURIAS

marzo 22, 2017

               Estaba mi hermano asomado al balcón. Como tenía por costumbre se había servido una copa de ron. Ron de la botella que nuestro padre había metido en mi equipaje para él, cuando lo preparaba en nuestra casa de La Habana, antes de partir. Lo había hecho sin que lo viera mi madre. La pobre, siempre aborreció la bebida. Decía que era la causa de la condenación de muchos hombres. Y de muchas familias.

               Pero esta vez mi hermano, había dejado abandonada la copa sobre la mesa, junto a un ejemplar de “El sí de las niñas”, por fumar pensativo apoyado en la barandilla del balcón. Y eso que la noche era fresca.

               – Ni se te ocurrirá salir a la calle-. Me dijo girándose como si hubieran accionado un resorte.

               – Bueno, había quedado en un café con unos amigos.

               – Sí. Eso, o plantarte ante el domicilio de cierta señorita, por si esta noche tiene a bien salir a contemplar la luna -dijo sabiendo bien lo que decía-. Ni se te ocurra.

Hombre-joven-en-el-balcón_-1875_-Gustave-Caillebotte.jpg               – ¡Vamos! -José no solo era mi hermano mayor, también era mi superior-. Vamos, que ni que hubiera venido Madre.

               – Como si estuviera. Si algo te pasara sería a ella a quien tendría que rendirle cuentas.

               – Pero qué va a pasar. ¿No tenemos ya nuevo rey? ¿No han arrestado al Príncipe de la Paz?

               – Así es. Pero las turbas han tomado las calles, y andan “confirmando” fidelidades a base de garrote y navaja.

               – No será para tanto. Querido hermano, chocheas.

               – ¡Búrlate! Pero que sepas que hace una hora han asaltado la casa que tenía Godoy en la calle Barquillo. Han tirado por la ventana todo lo que pudiera arder, y que no se pudiera escamotear en un bolsillo para luego vender, y le han prendido fuego en la calle en una hermosa pira.

               – Bueno. Pues en eso habrá quedado y ya se habrán calmado.

               – De eso nada. Lo último que he sabido es que ahora se dirigen a casa de Diego Godoy, su hermano -dijo para añadir muy severo-. Y ni una palabra más. Te quedas en casa, Rafael.

               – Pues si no te importa te acompañaré con otra copa de ese ron.

               – Y de paso me acercas la mía. Que no sé dónde la he dejado.

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO

ALÓ EMPEREUR: QUE ICI TODO ARRANGÉ

marzo 22, 2017

0322Diario de Madrid

0322Diario de Madrid2

GODOY CONFISCADO

marzo 21, 2017

Sin título

Sin título2

ALMIRA

marzo 12, 2017

               Entre los muros de esta húmeda cripta no cabe nadie más, pero me siento tan sólo como si fuera el último hombre sobre la tierra. Aquí los presentes parecemos más muertos que los dos cuerpos que estamos velando. Mis dos capitanes. Jamás estaré a las órdenes de otros como vosotros.

              Sólo el responso que recita el párroco de San Martín rompe el pesado silencio que nos acompaña. Los gritos, disparos y cañonazos de la mañana debieron dejar embotados nuestros sentidos. Parece como si el silencio de ahora quisiera rompernos los tímpanos. Silencio. Hasta que uno de nosotros, ignorando al presbítero, se dirige al resto.

              – Habrá que irse, compañeros. Aquí lo único que hacemos es exponernos a acabar igual que ellos.

              Todos nos miramos, pero enseguida volvimos a bajar la mirada, sin contestar.

              Ahí están sin vida los que tan intensamente vivieron. Daoiz mostrando el orgullo del deber cumplido, como siempre hizo. Velarde con la cabeza vuelta hacia él, fruto de haberse enfriado en mala postura. Bien pareciera que espera solícito una última orden.

              Pobre Rojo. Mi compañero. Con su permanente censura desde que se enteró que andaba, como él dijo, en “ambientes conspiratorios”. Y eso no fue nada comparado con cuando supo que dedicaba las tardes a fabricar cartuchos de pólvora en mi cuarto de la calle Preciados. Empero, no dudó un instante cuando el capitán Velarde abandonó la junta de Artillería en coger otro mosquete del armero del cuerpo de guardia, y acompañarnos hasta el cuartel de Monteleón. Allí fue herido gravemente, luchando como un patriota más.

DaoizyVelardeporJoséNinyTudó

              Nunca pensé que la gloria fuera esto: esconderse para no ser detenidos. Y luego, una apurada fuga para no ser ajusticiados.

              – Nos prometieron no tomar venganza sobre los militares después de que entregáramos las armas -dijo uno.

              – Yo también lo entendí así. Pero se ve que el hideputa de Murat se lo ha vuelto a pensar.

              – ¿Y ellos? ¿Qué va a ser de ellos? -dice otro.

              El párroco, como el actor que hubiera estado esperando la señal para hacer su entrada, se incorpora, se quita la estola, besa la cruz y dice:

              – Esto ya hace tiempo que es asunto mío. Yo me ocuparé de que se dé tierra a estos héroes antes de que los herejes pisen la tierra sagrada de este camposanto. Ustedes váyanse que aquí lo único que hacen es arriesgarse.

              Uno a uno, espaciando las salidas, se fueron despidiendo de los que esperaban turno, y abandonaron la cripta. Hasta que salió el último.

              – Márchese usía también -me dijo uno de los enterradores, sacándome de mis pensamientos-, que para lo que hay que hacer nos bastamos yo y este. Márchese mientras la noche le permita llegar a su casa sin que le detengan.

              Ciertamente no debía desaprovechar la oscuridad de la noche que ocultaría las marcas de pólvora de mi cara y manos que no había conseguido limpiar. Y más todavía las salpicaduras de sangre de mis ropas. Bastante suerte había tenido de que con esas trazas me hubieran dejado abandonar libre el parque de artillería.

              Me abroche la casaca dispuesto a hacerle caso. Recompuesto busqué en el bolsillo alguna moneda que darles, pero el que habló me cogió del brazo.

              – Deje usía, que con saber quiénes son los difuntos, vamos bien pagados.

© Miguel Reseco

© SOLO PERSONAS


Manuel Almira y Martín era escribiente meritorio del ramo de cuenta y razón de artillería, destinado en la Junta de Artillería. A pesar de las tajantes órdenes de José Navarro Falcón, coronel de la Junta de Artillería, de que ningún militar se inmiscuyera en ningún tipo de revuelta contra los franceses, aquel 2 de mayo de 1808, contraviniendo las mismas, el escribiente Manuel Almira, junto con el meritorio Domingo Rojo Martinez, acompañaron al capitán Pedro Velarde, cuando éste abandonó dichas dependencias, para dirigirse al Parque de Artillería de Monteleón.

Según escribió Mariano Sáez y Romero: “herido mortalmente Daoíz, Almira facilitó la escalera de mano que le condujo a su domicilio de la calle de la Ternera, y cuando murió, procuró Almira el ataúd para guardar su cuerpo, que fue llevado a la iglesia de San Martín, y allí Almira reconoció entre otros cadáveres el del capitán Velarde, disponiendo asimismo, también, se le diese adecuada sepultura”.

FORMAS DE VIVIR Y DE MORIR

febrero 12, 2017

            Se sabe que, durante las semanas previas al alzamiento del dos de mayo de 1808, los capitanes Daoiz y Velarde, junto con los escribientes Rojo y Almira, habían estado reuniéndose, unas veces en la chocolatería del pasadizo de San Ginés y otras en el café La Fontana de Oro de la calle de la Victoria.

            Los motivos de estas reuniones clandestinas eran claramente conspiratorios. También se veían en el piso de la calle Preciados, donde vivía Almira. Se dice que mientras hablaban ocupaban las manos en la fabricación de cartuchos de contrabando.

Mont2

            La mañana del dos de mayo de 1808 se dirigía el capitán Daoiz hacia el Parque de Artillería, su destino. Estaba al mando de una sección de artilleros que hacían guardia en un acuartelamiento ocupado por una compañía del ejército invasor, allí acuartelada.

            Caminaba rumiando el frustrado desafío de la víspera que, felizmente, quedó en las disculpas de un oficial francés faltón, que a punto estuvo de tener que cruzar su sable con el de Daoiz.

            Cuando se acercaba pudo escuchar el jaleo de los vecinos que a las puertas del cuartel estaban concentrados. Reclamaban armas para luchar contra los franceses, gritándoles si es que no había dentro del cuartel hombres que supieran defenderles.

            Al ser avisado de su llegada, el teniente Arango acudió a darle novedades, aliviado de tener en quién ponerse a las órdenes. Arango le informó del excitado estado del oficial francés. Este pedía una rápida acción contra los civiles que gritaban fuera y aporreaban las puertas, de no querer que fueran él y sus hombres quienes tomaran medidas.

            Para incendiar todavía más la situación llegó el capitán Velarde, que había conseguido que le acompañara una compañía de Voluntarios del Estado y una partida de exaltados patriotas. Con esas fuerzas, y sin que Daoiz lo supiera, consiguió convencer al capitán francés de permitir, por su seguridad y la de sus hombres, ser desarmados y custodiados en las cuadras del cuartel, en tanto se normalizaba la situación.

            Cuando Daoiz se enteró, a punto estuvo de arrestar a Velarde.

            – ¡Jamás, Pedro! ¡No vuelvas a dar una orden sin consultármelo antes!

            Los golpes de los vecinos retumbaban en sus sienes, mientras las razones que Velarde le daba le abrasaban por dentro.

            Un militar es el pueblo en armas y, como tal, debe defenderle de cualquier amenaza. Por otra parte, la más principal hazaña es obedecer, como dijo Calderón, y el mando ordenaba no secundar al pueblo sino, muy al contrario, emplearse como fuera necesario en contenerle.

            Como un león enjaulado daba Daoiz vueltas por el patio apretando en la mano las órdenes recibidas, que acabó arrojando al suelo para desenfundar el sable y ordenar abrir las puertas al pueblo.

            El capitán Daoiz había oído hablar de los fantásticos militares del lejano Japón. Le contaron que seguían un código[1] que les obligaba, para morir con honor, antes de caer en manos del enemigo, volviendo contra sí su sable y clavándoselo en el vientre.

            Daoiz escogió sacar los cañones a la calle y morir matando.

Miguel Reseco


[1] Bushido