ALGO MÁS QUE UN BARRIO

mayo 3, 2019

Mi nombre es Manuela, aunque todos me llaman Manolita. Tengo diecisiete años y dicen que soy graciosa y bonita. Paso el día trabajando como costurera en un taller que no está lejos de aquí. Trabajamos mientras hay luz. Es duro pasar el día encorvada hilvanando y deshilvanando; pero las otras y yo nos entretenemos cantando y rezando el Rosario, que el ama no lo perdona ninguna tarde. El Rosario y el Ángelus.

En el taller vivíamos tranquilas; pero en la calle los vecinos estaban siempre enfadados: antes echaban la culpa al Choricero, y ahora al duque de Berzas.

Finalmente, esta mañana Madrid se ha despertado hecho una furia contra los franchutes. “Motín, motín contra los franceses” se oía gritar desde dentro del taller. Nadie pensaba ya en más guerras; y menos en una que sabíamos que nunca podríamos ganar; tan solo queríamos recuperar el respeto que se nos negaban cada día. Los vecinos nos echamos a la calle armados con lo que buenamente teníamos a mano, tanto hombres como mujeres, buscando a quien nos quisiera acaudillar. Y entre ellos mi padre, que dejó la fragua para acabar arrimando el hombro, junto a unos militares, en la defensa del parque de Monteleón. Tras de él salí yo, a pesar de su enfado, aunque fuera para traerle municiones y dar ánimo a los que iban cayendo heridos.

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Cuando los gabachos nos hubieron ganado la mano, volví para casa, sorteando los cuerpos de los caídos durante la jornada. Entre ellos descubrí el de mi padre. ¿Cómo iba a decírselo a Madre? Abstraída por el horror, no me di cuenta de que al doblar la esquina me esperaba una pareja de franceses. ¡Malos hombres! A empujones me arrastraron hasta un callejón. No se saldrían con la suya. ¡No! Del mandil saqué las tijeras de mi oficio. Ellos perdieron el interés por mi cuerpo y lo tomaron por sus vidas. Finalmente, de un arcabuzazo segaron la mía.

 

©Miguel Reseco

© Vidas Entregadas

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LLEGA MATHURIN

abril 30, 2019

Hoy es 30 de abril de 1808

            – Cuando parecía que ya no podía caber más gente…

            – Perdona, Andrés –le interrumpí- que te voy a presentar a un amigo. Es ese chispero que se acerca tan descarado. Ya verás, te va a gustar.

            – Buenos días, Molina –dije, poniéndome en pie-. Este caballero que me acompaña es mi buen amigo don Andrés Rovira [1]; es marino –también Rovira se levantó y ambos se saludaron.

            – Hace varios días que no nos vemos… Quizás tú sepas algo sobre los ocho soldados franceses que hace tres días fueron encontrados en un callejón, cosidos a puñaladas [2].

            – ¿Y por qué piensa usted, mi teniente, que yo tendría que saber algo? –dijo una pizca picado.

            – Pues porque, además de ser el perejil de todas las salsas, sé que el muelle de tu cachicuerna anda flojo. Y que te falla mucho cuando se trata de indicarle la dirección correcta de una calle al extranjero fanfarrón que te encuentras despistado.

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            – Ahí ha estao usted acertao –se rió-. Que ná hay tan recto como el filo de mi navaja. Pero qué le puedo contar a usted que no se haya imaginao ya –Molina baja la voz y me mira levantando una ceja-. Algo sé de dos, aunque luego se les unieron tres más. Así que de los otros tres no le sé decir.

            Bien, cuéntanos entonces ¿qué sabes?

            – Pues ná, que esos que usía dice, se ve que querían pagar los chorizos y el tocino del colmao haciéndole un favor a la hija del dueño. Y por la fuerza. A pesar de la tozudez de los fransuás, el padre solo veía pérdida en el negocio y en la niña. Ansina que, tanto el tendero como el que tienen ustedes delante, entendimos que si había algo que meter, ahí estábamos nosotros con nuestros yerros. Él sacó un trabuco cargado con puntas de tapicero de debajo del mostrador. Y yo tiré de la costilla de Adán, que llevo bajo la faja, para tranquilizar al que después del disparo todavía se revolvía.

            Sonrió y se palmeó la barriga, allá donde escondía su cuchilla.

           – ¡Ay Molina!

            – Bueno, que les tengo que dejar.

            – Ya me imagino que estarás haciendo planes para la romería [3]; de mañana.

            – Pues mañana no creo que pueda festejar al santo, que tengo trabajo.

            – Mañana es domingo, señor Molina –apuntó Rovira.

            – Ya lo sé, pero hay asuntos que no saben en qué día viven. Bueno, que les tengo aquí de pie y yo me tengo que marchar. Solo había entrado a dar un recado -añadió-. Un placer, don Andrés. ¡Mi teniente!

              Molina se acercó hasta donde estaba un parroquiano que, desde que hubo laforest-e1522431100413entrado, no le había quitado la vista de encima. Tuvo con él unas palabras y se marchó.

            – Sentémonos, Rovira, y continúa con lo que me estabas contando.

            – Pues que ya sabes que hoy llega a Madrid el nuevo embajador francés, un tal Maturín [4] – dijo sin dejar de mirar al Cerrajero mientras salía-. ¡Peculiar, ese Molina!

            – Mucho. Todo un tipo –miré hacia la puerta, tras la que le vi desaparecer-. ¿Tú le conoces? Al francés, me refiero.

            – No. Ni sé quién es, ni a lo que viene.

           – Bueno, lo sabes tan bien como yo –le dije-. Este quiere empaquetar a los Borbones que aquí han quedado, y mandarlos con los que ya están en Francia. Luego le pondrá la corona a ese petit maitre de Murat. ¿Sabes que pide que le llamen Joaquín? ¡Así, a secas!

            – No, a secas no, Joaquín Primero, el rey de berzas. Pues me da a mí que se columpia. ¿Napoleón haciendo rey a uno de sus mariscales? [5] Los que le ganan las batallas le serán más útiles donde se deciden estas. Además, todavía le quedan hermanos que colocar debajo de una corona.

            – ¡Ay Rovira! ¿Qué harán un cubano y un catalán intrigando en Madrid contra los franceses?

            – ¿Qué quieres, Arango [6]? Pues que los dos somos españoles.

            – Eso sí.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero


[1] Andrés Rovira, Capitán del Regimiento de Milicias Provinciales de Santiago de Cuba o, en román paladino, corsario al servicio del Rey de España en aguas del Caribe. Casualmente se encontraba en Madrid, cuando estalló el alzamiento y formó una partida con la que acudió a defender Monteleón.

[2] El 28 de abril en los alrededores de la Plaza de la Cebada se registraron encontronazos con los franceses con el resultado de ocho a cero.

[3] Romería de Santiago el Verde. Se celebraba el 1 de Mayo.

[4] Antoine-René-Charles Mathurin. El 28 de enero de 1809, Napoleón le concedió el título de Conde del Imperio.

[5] Jean Baptiste Jules Bernadotte, mariscal de Napoleón, fue escogido como sucesor del rey Carlos XIII, quien fuera el último de la dinastía Holstein-Gottorp ya que murió sin descendencia. Fue coronado en 1818 como Carlos XIV de Suecia.

[6] Rafael Arango, teniente de artillería, nacido en La Habana. Fue el último en salir del Parque de Monteleón, a las seis de la tarde, tras combatir toda la jornada. Lucharía después en la Guerra de la Independencia, que terminó de teniente coronel.

DEFENSA DEL PARQUE DE MONTELEÓN

abril 25, 2019

Grisalla que reproduce el episodio de la resistencia del pueblo de Madrid a las tropas francesas ante la puerta del Parque de Artillería de Monteleón. Hombres y mujeres capitaneados por Daoíz y Velarde pelean en las calles con útiles domésticos como navajas, cuchillos y machetes, además de fusiles y picas recogidos del Parque de artillería. Forma pareja con la grisalla titulada Fusilamientos en la Fuente de Neptuno y se pintó en 1820 para adornar el cenotafio erigido ese año en el Paseo del Prado con motivo de la celebración de las exequias por las víctimas de la Guerra de la Independencia.

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Antonio María Tadei, trabajó fundamentalmente como pintor escenográfico decorando el teatro del Príncipe de Madrid en el periodo de 1816 a 1828, el teatro de la Cruz en 1828 y a partir de 1829 hizo las perspectivas para los túmulos elevados para las exequias de la reina María Josefa Amalia de Sajonia.

Comentario del Catálogo de la exposición “Madrid 1808: Ciudad y Protagonistas”.

DORMIR BAJO EL ÁNGEL

abril 19, 2019
Preso me hallaba a comienzos del XIX en la Real de Madrid por la mala vida en las calles, pues siendo soldado retirado, no te queda más que buscarte la vida, y yo como antaño ha sido siempre en este suelo, he mantenido una estrecha relación con las armas afiliadas.

Desafíos y diferencias a honra y espada me llevaron a cumplir condena en Madrid.

Todos los días eran iguales, como se podrán imaginar, pero hubo uno muy especial.
A pesar de estar encerrados, sabíamos bien de los tejemanejes de los gabachos, malditos reyes y gobernantes para variar.

Llegan noticias: la población civil de Madrid se ha levantado en armas contra el vil invasor. Solo hay un grito: GUERRA!!! Y desde el interior de estos muros también se grita, y muy fuerte y peligroso.

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Aquel día amaneció diferente. Nuestro sol brillaba distinto, intenso; en el aire se respiraban viejos recuerdos y la sangre corría y ardía por las entrañas.

Con educación y respeto se solicita de manera oficial que nos dejen salir a luchar contra el francés, así de buena mañana, aunque cueste creer: delincuentes de todo tipo pidiendo por las buenas (sino se haría por las malas), que nos abriesen las puertas para luchar contra el invasor.  Para verlo y no creerlo, pero eso si, a juramento que de quedar con vida, se regresaría a la prisión.

Pues ahí nos tienen vuestras mercedes a los que salimos, que a otros la honra les desapareció hace tiempo; armados con cuchillos, palos y todo aquello que sirviese para matar gabachos, barriendo de las calles todo lo que tuviese uniforme francés.

Algunos fuimos soldados, otros delincuentes, pero las gargantas de los gabachos las abríamos todos igual, y que quieren que les diga, aquello fue lo que fue, una explosión de odio y rencor muy arraigado en nuestra sangre.

Ese día esa sagrada sangre que corre por nuestro interior ardió como bien sabe cuando debe hacerlo, y se alzó contra el invasor, como un solo hombre, como un todo, como la Honra española que es!  Y para la tranquilidad de vuestras mercedes, casi todos regresamos, menos los que cayeron defendiendo su tierra y un espabilado del que nada más se supo.

Un preso de la Real de Madrid.
2 de Mayo de 1808.

Publicado en Nuestra Historia el 18 de abril del 18.

A BURGOS LE HACEN UNA SANGRÍA

abril 18, 2019

Hoy es 18 de abril de 1808

Atravesaba la Puerta del Sol y, al ir a rebasar las covachuelas, distinguí entre todos los que poblaban las gradas de San Felipe al cerrajero Molina. Me había tomado mi tiempo queriendo disfrutar de la agradable mañana y todavía tenía pensado detenerme para disfrutar de una tacita de humeante chocolate al pasar por San Ginés, así que mantuve el paso e hice como si no le hubiera visto. Todo inútil.

– ¡Chischís, mi teniente! ¡Aquí, arriba!

Me hice el sorprendido, el gratamente sorprendido, y subí la escalinata.

– Mire, mi teniente, este es don Luis, párroco de San Martín. Creo que ya se conocen –don Luis confirmó con la cabeza y yo cambié los guantes de mano para tomar la que él me tendía. Hice una ligera inclinación y me coloqué a su lado en el círculo que, con otro hombre, formaban-. Le he llamado porque estamos esperando a un compadre que acaba de llegar de Burgos y nos dará noticias de cómo están por allí las cosas con la gabachada franchute.

Burgos– Pues me imagino que no mejor que aquí –dijo el clérigo-. Ya mediado abril y parece que los ejércitos del emperador francés, en lugar de pasar camino de Portugal, han preferido quedarse.

– Eso fue lo que nos dijeron, que estaban de paso –aclaró el cuarto del grupo-. Y que venían como amigos. Pero ni lo uno, ni lo otro.

– Este señor es don Manuel, maestro de primeras letras –apuntó Molina. Arango le estrechó la mano, igualmente.

– Y es que la tropa abusa de la hospitalidad que se les brinda –continuó el sacristán-. Se están comportando como si fueran los dueños. Entran en la casa del Señor cubiertos, cantando y bebiendo. Y buscan luego un rincón donde vaciar lo que han bebido.

– Pues de Burgos tengo yo también noticias –dijo Molina-: que hace una semana estuvo a punto de amotinarse el pueblo, porque pasó lo  que nunca había pasado: que faltó la carne en el mercado, que toda la guardaron para los gabachos.

– Y a mí me contó un viajante, que tal era la forma en que se comportaban, que a una moza, de más hombría que muchos –dijo don Manuel con la expresión del que cuenta una historia jugosa-, criada del Parador del Consulado para más señas, que un militarote francés no paraba de asediarla. La hizo sentar con él a beber y no la dejaba marchar. Ella, entonces, le desafió a beber en porrón, y cuando este se acercó el porrón a los labios, de un golpe le clavó el pitorro en el cielo de la boca. Eso le quitó al fransuá toda la chulería y ella pudo escapar.

– ¡Brava mujer! –apuntó don Luis- Dios la habrá perdonado.

-¡Bien le está empleado! -dijo el Cerrajero

– Ya había oído contar que el general Bessieres había ordenado a los oficiales, que se abstuvieran de provocar a los burgaleses –quise apuntar-. Porque la destreza con el sable de los militares, se ve sorprendida con la daga que los castellanos suelen llevar en la espalda, y con la que son muy hábiles clavándola en el costado de su contrario.

– ¡Por fin, aquí llega mi compadre! –avisó Molina, separando los brazos del cuerpo, y abriendo las manos hacia el suelo, como pidiendo quietud-. ¿Qué nuevas nos traes Bernardo? Habla, que nos tiene en ascuas.

– Dame un respiro, Pepe, que vengo sin resuello.

– Coge aire, hombre, y dale un tiento a esta bota que es vino del bueno.

Sin título– Gracias, pero luego. Pues resulta que cuando ya se nos empezaba a hacer larga la estancia de la franchutada –contó el de Burgos-, y empezamos a pensar si no estarían allí para traernos un nuevo rey más que para confirmarle la corona a nuestro señor don Fernando. Y es que para Burgos catorce mil soldados son demasiados hasta para una invasión.

– Ya, ya. ¿Qué nos vas a contar a los de aquí? -dijo el cura.

– En el pueblo, todos teníamos la mosca tras la oreja. Y qué talante traen los franchutes: estos no piden, toman, y de qué manera.

– Pues como aquí. ¡Malditos! –dijo el cerrajero, a la vez que escupía al suelo.

– Pues en esas, don Fernando llegó a Burgos. Allí había de encontrarse con Napolión. ¡Pero quia!, este no llegaba. Y que ya se sabe que no hay que correr para darse prisa. Y a que a camino largo, paso corto.

– Si, y que a su tiempo maduran las brevas –zanjó Molina-. Pero deja ya los refranes y sigue contando.

– El caso es que Su Majestad arrancó a ver si se tropezaba al Enano Cabrón por el camino.

– Cuidado que hay oídos franceses muy finos por aquí –terció el clérigo.

– Ciego estuvo el monarca al peligro que podría correr –continuó el burgalés-, y sordo a cuantos le aconsejaban que no siguiera camino a Vitoria hasta no tener noticia de dónde se hallaba el Emperador

“La corporación del Ayuntamiento de Burgos, cuando supo días más tarde que el rey iba a abandonar Vitoria, envió a dicha ciudad comisionados que le advirtieran y suplicaran para que no siguiese adelante. Tal embajada no obtuvo resultado alguno. Fernando leyó la carta del Ayuntamiento, y agradeció su celo… pero continuó camino hacia Bayona.

“El 17, parte de las tropas francesas acantonadas en Burgos partieron con dirección Vitoria. Parece que encontraron en su camino a un correo español que traía pliegos para la Junta de Gobierno de Madrid. Le detuvieron, le registraron, le maltrataron y se apoderaron de la correspondencia.

“Esto hizo que ya la gente se encorajinara de tal modo, que un numeroso grupo, no pequeño, indignados por estos hechos, se dirigieran a la casa del corregidor, el marqués de la Granja, para que obligara a las tropas francesas a que se comportaran con la población como los invitados que eran. Pero este no les atendió. La indignación fue creciendo: “¡Muera!, ¡muera, ya no hay justicia en Burgos!”, gritaba la gente.

“Atemorizado el corregidor corrió protegido por otros a refugiarse en el Palacio Arzobispal, creyendo que allí estaría seguro, ya que por haberse preparado el edificio ante la anunciada visita de Napolión, había allí un retén de guardia francesa.

“El pueblo estaba enfurecido, gritaban “fuera esa guardia”, “muera este” y “muera el otro”, y peores insultos y maldiciones. Mis paisanos, ignorando a los soldados, se abalanzaron hacia las puertas. Mientras unos arrojaban piedras, otros intentaban desarmar a los centinelas. Viéndose en peligro, y sin previo aviso, el jefe de la guardia ordenó hacer fuego. La descarga de fusilería dejó en el suelo tres cadáveres. Unos pobres menestrales: se llamaban Manuel de la Torre, Nicolás Gutiérrez y Tomás Gredilla.

“Ese fue el final de la insurrección. Nada más pasó; aterrados e incapaces de hacer frente a las fuerzas que de varios sitios acudieron, se retiraron todos, todos heridos, más en el alma que en el cuerpo, jurando venganza.

– Bueno, ¿va ahora ese vino? – dijo Molina.

– Venga.

 

© Miguel Reseco

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EL REY NO QUIERE ENROCARSE

abril 17, 2019

Hoy es 17 de abril de 1808

En la rebotica de la farmacia de la Reina Madre, ya no cabía un alfiler. Era tanta la gente que se había reunido, que los últimos en llegar se habían visto obligados a permanecer de pie por falta de sillas. Todos menos el padre Dionisio al que, por edad y por dignidad, le habían cedido una cómoda silla con brazos y orejero; lo que no le venía nada mal porque, de cuando en cuando, solía descansar los ojos y entonces, indefectiblemente, su cabeza se vencía hacia un lado precisando de un apoyo.

– Desde el pasado día trece lleva el nuevo rey, don Fernando de Borbón, en Vitoria –se quejó un currutaco[1] del que más tarde supe el nombre, aunque no tardé en olvidarlo, vestido todo de un verde chillón, hasta la chistera -. Camino dicen que va para Bayona.

– Pues yo no me creo nada –dijo un tal Cosme[2], almacenista de carbón, según supe después-. Al rey lo tienen preso. Preso y bien preso.

– ¡Pues vaya idiotez! –sentenció uno al que llamaban don Ramón “el notario”; aunque, por su bisoñez, digo yo que más bien sería que se preparaba para tal cargo.

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– ¡Ya! Como que la guarnición francesa –insistió el carbonero-, que lleva desde el año pasado acuartelada en Vitoria ocupando el convento de San Francisco, está allí de visita.

– En Vitoria todos, menos el propio rey y su séquito –dijo tomando la palabra el padre Dionisio-, barrunta ya que la marcha a Francia del monarca va a tener nefastas consecuencias, para el reino y para la Iglesia. No digo más –añadió volviendo luego a reposar la cabeza.

– Pues yo sé de muy buena tinta que una muchedumbre de vecinos, entre obreros y menestrales, se congrega día y noche ante la Casa Consistorial –dijo uno que me contaron que era sastre de la corte, con el que alguna vez había coincidido-. Allí, donde el rey y su séquito pernoctan, con el fin de hacerle desistir de continuar camino a Francia.

– Que ese Napolión tiene secuestrado a nuestro rey –insistió Cosme-. Y nosotros, aquí, entre dimes y diretes.

– O sea, que nada menos que el duque del Infantado y el duque de San Carlos se están dejando engañar por el general Savary. Dos mindundis, pensará usted. Y con ellos el marqués de Ayerbe, el de Feria y el de Guadalcázar. Y también el conde de Villariez. Aparte de los diplomáticos Labrador y Muzquiz.

– La guillotina es lo que tenía que haber traído ese Mugat –insistió el carbonero-, el de los “tirabuzones”.

– Lo que nos faltaba en esta tertulia: un revolucionario –opinó el currutaco-. Y que gobierne la chusma. ¿Eso es lo que quiere usted?

– ¿Eso de chusma va por mí? Porque hablando de chusma, se le ha olvidado la negra sombra que acompaña al rey: ese iluminado de Escoiquiz.

– Sí, su más leal consejero. No sé qué tendrá usted que decir.

– Que es el peor de todos.

– Pues es y un hecho, los consejeros del rey han coincidido con Savary para partir hacia Francia el próximo diecinueve.

Evaristo, el mancebo de la farmacia, descorrió la cortina que daba intimidad a la rebotica, lo que permitió despejar algo la niebla de tanto humo acumulado. Se acercó a donde yo estaba y, con toda la delicadeza de la que fue capaz, llamó mi atención rozándome un hombro.

– Disculpe, mi teniente –me dijo-, pero un “caballero” le espera fuera.

– Salgo ahora mismo, Evaristo, muchas gracias. Señores: con permiso.

– Hola Molina. La cosa no puede estar peor. El rey en manos del tirano,

– No. Si ya le he oído al lechuguino ese. No nos queda más que confiar en el plan de los patriotas –confesó Molina.

– ¿Te refieres a lo de que el rey escape disfrazado, que han planeado esos esclarecidos de Urbina, Echevarria y Urquijo[3]? -le pregunté.

– No nos queda otra –de repente, pegó un respingo al recordar lo que le había llevado allí-. Que yo a lo que venía era a traerle una cosa.

Molina deslizó, disimuladamente, un billete en la vuelta de la bocamanga del artillero.

– Usted ya sabe.

– Otra preocupación más. Cuánto más tranquilo estaría yo si cierta dama se quisiera ir de una vez a su finca de Quijorna. Mientras esté en Madrid no quedaré tranquilo –dijo, molesto-. Pero eso a ti no te importa.

– ¡Hombre, mi teniente! Que seré viejo pero yo también sé lo que es el querer.

– Tienes razón. Y gracias por el recado. Ya te puedes marchar.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero

[1] Se trata de Alcalá Galiano, maestrante de Sevilla e hijo del héroe de Trafalgar. Intentó unirse el dos de mayo a un grupo de insurgentes con el que se tropezó en la calle; pero acabó separándose de ellos, al sentirse rechazado por la mayoría. Acabó refugiándose en su domicilio el resto de la jornada.

[2] Cosme de Mora fue un almacenista de carbón de la Corredera de San Pablo, donde vivía; fue de los que, desde el primer momento del motín, formó una partida de patriotas para acudir a la defensa del Parque de Artillería de Monteleón. Allí le fue concedido el mando de lo civiles que portaban armas de fuego, encomendándole la defensa de la calle de San José para cubrir a los artilleros. Rendido el Parque fue hecho prisionero y, con los demás presos, conducido al cuartel de los Polacos (o de los Gilitos). Se salvó de los que diezmaron para ser fusilados en la Montaña del Príncipe Pío; pero, como a los demás le torturaron conduciéndole desde la Montaña hasta Chamartín, y desde Chamartín nuevamente a la Montaña, y desde allí al Buen Retiro. Pasaron así todos tres días sin alimento, ni agua, ni descanso. Finalmente, la mañana del día cinco los pusieron en libertad.

[3] Un grupo formado por el alcalde de Vitoria Javier de Urbina e Isunza, el diputado general, Pedro de Echevarría y el exministro Mariano Luis de Urquijo habían urdido el plan de que el rey Fernando se fugase disfrazado hasta Bergara, luego Durango, hasta alcanzar Bilbao, donde suponían que podría estar seguro.

GOODBYE MY FRIEND

abril 16, 2019

Hoy 16 de abril de 1808

– ¿Pues sabes qué te digo, Lueco? Que tu chocolate estará bueno; pero la que está de muerte es la churrera- le dice Molina con la boca llena y manchada de chocolate.

– Te voy a pedir, Molina, que por la amistad que tenemos te ahorres esos comentarios.

– ¡Uy, uy, uy! A ver si aquí hay algo más que amasar que la harina.

– ¡Molina, que lo dejes!

Lemos– Dejado está. Que si tú eres feliz, yo no quiero más.

– Y yo que disfrutes del desayuno; pero que dejes algo, que llevas tres tazones -dijo el chocolatero.

– ¿Y qué sabes tú de lo del cónsul británico? –dijo Molina cambiando de tema.

– ¿Yo? Si no lo sabes tú que andas metiendo las narices hasta en el orinal de la reina.

– Ahí tas pasao, Lueco.

– Vale, pero ya sabes lo que quiero decir. Que tú frecuentas unos ambientes que… que nos están negados al resto.

– Y tú otros, que ante un tazón de tu chocolate y tan cerca del Palacio, tus parroquianos, seguro que cascan lo que no se atreven a decir entre sus paredes.

– Hombre sé lo que tú sabrás ya: que el pasado día catorce, el ministro de Marina…

– Don Francisco Gil de Taboada Lemos y Villamarínha.

– El mismo. Ha remitido al cónsul británico en Madrid, Don Yon Junter, una nota de la Junta de Gobierno, en la que se le ordena abandonar Madrid con todo su personal y agentes a su servicio.

– O sea, que el Napolión no quiere a ningún inglés cerca.

– Y que esta decisión, según le dieron a entender, partía del mismísimo despacho de Murat.

– Este Murat no quiere que se sepa lo que aquí está cocinando.

– Pues yo te digo, Molina, que como le dé por cocinar, lo mismo el fuego se lo pongo yo.

– ¡Venga Lueco, que te conozco y miedo me das!

– Pues anda que tú.

– Pues eso, que nos conocemos. Más vale que nos serenemos.


José Lueco, fue de los pocos empresarios que arriesgó su vida y su negocio, tomando parte en el motín, el Dos de Mayo de 1808. En la plaza de Oriente, ante el Palacio Real, secundando a Molina cortó los tiros de la carroza, en la que temían que podían querer secuestrar al infante.

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO

CERRADO HASTA EL AMANECER

abril 15, 2019

15 de abril de 1808

Todavía resuena en la cabeza de Molina el eco del Pange Lingua que, tras la reja de la clausura, las monjitas entonaron con devoción.

Quizás tuviera que ver el aroma sofocante del incienso con el que el acólito había llenado el espacio de la pequeña iglesia de la Encarnación. El caso es que Pepe, como le llamaban los más amigos, o el Cerrajero, como se le conocía en el Foro debido a su profesión, se había quedado como obnubilado, sentado, solo ya, en el último banco de la iglesia, ausente. Ignorante de que hacía tiempo que el oficio había terminado y que ya se había marchado todo el mundo

757px-Grabado_Real_Monasterio_de_la_Encarnación_Madrid– Vamos, Pepe, levanta ya, que voy a cerrar las puertas. A ver si te vas a quedar encerrado dentro.

– Pero qué dices de cerrar, Paco[1]. ¿Un Jueves Santo el templo cerrado? ¿Cómo sino podrá hacerse la adoración del Santísimo en el “Monumento”?

– No habrá, Pepe. Este año no. No me atrevo.

– ¿Tampoco abrirás a medianoche para celebrar la “Hora Santa”?

– Que no, que no. Voy a cerrar ya. Luego recogeré el aguamanil y la bacinilla del lavatorio de pies, que son de plata y me voy a echar a mi jergón. Bueno, a hacer guardia. No me fío nada de estos franchutes.

– O sea, que vas a cerrar el templo. Mira, Paco, que ya sabes que no soy mucho de latines, que fuera de estos días a mí me ves más en la taberna que aquí, pero esto es una bajada de pantalones…

– ¿Y dejar expuesto el Santísimo a la profanación y los objetos litúrgicos al saqueo? No, Pepe, no. Tú, que te estabas quedando dormido, no has visto a esos dos imbéciles de gorro de piel y cordones en la pechera que desde la puerta, han estado un rato haciendo burla de los gestos del oficiante.

– Bueno, un par de borrachos.

– ¡Hala, márchate que a ti te esperan en casa!

– Me quedo contigo.

– No hace falta; pongo la tranca y me echo a dormir.

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO


[1] A diferencia del resto de los apresados Francisco Gallego no fue de los diezmados para ser arcabuceados esa noche en la montaña del Príncipe Pío; a él le eligió el propio Murat. Cuando supo que había participado en el motín, le sentenció con estas palabras: “Quién a hierro mata, a hierro debe morir…”. Años después fue Murat quien sufrió esa misma suerte. Mando, en ese caso, el pelotón un militar español.

LAS MEMORIAS DE UN TAMBOR

abril 13, 2019

Antes de que yo supiera que existió un tal Blas de Lezo, tú impartías charlas a quien quisiera escucharte. Todo te servía, lo mismo el club social de un pueblo que una humilde emisora.

Era algo que daba una imagen modesta, casera; pero para el que ha tenido la ilusión alguna vez de hacer algo parecido a divulgar, como el que suscribe, era fácil ver que detrás había mucho trabajo, de investigación, de gestión y de ilusión.

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Antes que otros que, con más recursos, títulos y contactos han conseguido estar en todos los medios, tú luchabas con todos los tuyos para desmentir la Leyenda Negra. Y nos llevaste a Baler a la Conchinchina. De tu mano ascendimos hasta los fríos de Nutca, y descendimos hasta un lugar que ahora ya llamamos el Mar de Hoces. En fin, que nos diste la Vuelta al Mundo.

Ahora se ha puesto de moda hablar de historia, de la Historia de España, de la verdadera Historia de España. ¡Qué bien! Esa historia que algunas veces nos avergüenza, pero que tantas veces nos enorgullece. Porque los mayores éxitos que siempre ha tenido España no se han dado golpeando una pelota, en camiseta y pantalón corto, aunque eso nos haga tan famosos en el mundo. Quizás con dos. España ha triunfado en todo el orbe, ¿con la espada?, sí, pero también con la pluma, con la cruz y con la palabra y sobre todo, con el ejemplo.

España hizo (y mira que me da rabia escribir el verbo en pasado), en todos los lugares del mundo donde estuvo presente, universidades, catedrales y ciudades.

Un día descubrí que transmitir conocimiento a mis alumnos era muy difícil, porque a ellos les suponía un esfuerzo que no estaban dispuestos a emplear, y nadie les animaba a elloMi esperanza es que conozcan el ejemplo de aquellos que les precedieron, que les hicieron superar el duro casting de la historia, para que mi enseñanza llegue a cuajar y ellos lleguen a ser mejores personas.

Con esa confianza, ya sabes que sigo a tu disposición.

Ahora ya, tú eres parte de la historia.

Por mí, por todos, gracias José Carlos.

Miguel Reseco

DEME DOS HASTA BAYONA

abril 13, 2019

14 DE ABRIL DE 1808

Estábamos Carpegna y yo disfrutando de unos aguardientes y de sendos vegueros, de la última caja que traje de La Habana. Sentados en silencio, en un rincón de la botillería que el bueno de Pepe Rodríguez tiene en la carrera de San Jerónimo, con las cabezas apoyadas contra la pared, compitiendo en entrelazar volutas de humo.

En eso apareció Molina, el maestro cerrajero. Él ya sabía dónde podía beber de balde a cambio de alguna confidencia. Así que, en cuanto nos divisó, ruidosamente se acercó, saludó y se nos unió.

carroza CIV– Pues he sabido de buena tinta –dijo después de haber girado la cabeza a ambos lados-, que hoy abandonaran El Escorial los reyes viejos camino de la Francia.

– En capitanía, comentaban hoy que el emperador se ha ofrecido a mediar entre ellos y su hijo, el rey Fernando –apunté yo.

– Pues yo opino lo que siempre ha dicho Molina  –dijo Carpegna- Bonaparte lo que quiere es dejar España libre de Borbones.

El Cerrajero agradeció el reconocimiento dando una palmada en la mesa.

– Si fuera así, más le habría valido más dejarles embarcar para América –le repliqué-, como han hecho los de Portugal. Ese Napoleón tiene las mismas buenas intenciones que ese sargento de dragones que viene a echarnos[1] -dije mirando hacia la entrada.

Mis compañeros volvieron la cabeza, para ver asomar por la puerta un tupido mostacho rubio, coronado por unas enormes narizotas.

– Venez! Des messieurs! Partez pour ses maisons –dijo alzando la voz, cada vez un poco más-. Yas on la socho.

dragón– ¿No aprenderán español estos gabachos? -dijo Molina entre dientes.

El sargento se hizo a un lado para dejar pasar a dos de sus hombres, que ocuparon, mosquete en mano, la botillería.

– Más te valdrá a ti aprender francés, que es tu patria la que están invadiendo –dijo provocador Carpegna.

Un hombre testarudo hizo caso omiso de lo que dijo el francés, y en lugar de levantarse del taburete le dió la espalda.

         – Putain d’merde! -dijo uno de los gabachos.

Molina, furioso, se llevó la mano a la faja, allí donde llevaba la navaja.

– ¿Estás loco Molina? –le dije cogiéndole del hombro y haciéndole girar para que los franceses no se dieran cuenta del gesto.

– Esta navaja tiene sed de sangre gabacha –me contestó.

– ¡Venga, Molina! ¡Que tienes madre! –dijo Carpegna avanzando hacia la puerta-. ¡Salgamos fuera!

Por seguridad colocamos al cerrajero entre los dos y le empujamos hasta la salida. El sargento de dragones, viendo nuestros uniformes, esbozó un saludo al cruzarnos con él.

De los papeles del Coronel Arango

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO


[1] Según el bando publicado el dos de ese mes, quedaban prohibidos los corrillos, así como que permanecieran abiertas las tabernas y botillerías, más tarde de las ocho de la noche.