DE LOS INSEPARABLES VÍNCULOS, ETC. ETC.

abril 22, 2017

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SECRETO DE CONFESIÓN

abril 17, 2017

“Ninguno de mis hijos lo es de mi esposo el rey Carlos IV, y por consiguiente, la dinastía de Borbón se ha extinguido en España”.

Según parece, esto fue lo que le dijo la reina María Luisa a su confesor, un fraile llamado Juan de Almaraz, antes de morir.

Resulta que Fernando VII se negó a conceder al fraile el dinero que la reina le había testado, lo que provocó una carta en la que el fraile daba detalles de la confesión y de la intención de hacerla pública de no ser satisfecha su demanda.  El rey había nacido en octubre del mismo año de la entrada de Godoy en palacio. Así que Fernando decidió encerrar al fraile de por vida en la prisión de Peñíscola (Castellón).

Según parece, al morir Fernando el clérigo fue amnistiado, falleciendo pocos meses después. Manos hábiles archivaron entonces el documento en el Ministerio de Justicia, que está fechado a 8 de enero de 1819, seis días después de óbito de la reina.

Desde luego que tales páginas escribió esta familia en la historia de España, que a uno le hace pensar si la mitad no serán fabuladas.

¿Ninguno? ¿Extinguida?

CARLOS 4º

Quizás sea cierto eso de que una imagen vale más que mil palabras.

Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ (IV)

abril 12, 2017

Mes de abril                                      [Continua]

El día 20 de abril se esparció en Madrid por la mañana la noticia de que se habían recibido cartas del rey y del duque del Infantado y el canónigo Escóiquiz, que le acompañaban, que decían que estaban arreglados todos los asuntos entre ambos soberanos, que se habían escrito, y por algunas se añadía que se habían visto. Mas, al mismo tiempo, corrió también la de que Bonaparte no lo había reconocido rey y que andaba todo de mala data.[1] Había muchas dudas, mucho disgusto y muchas disputas y, vacilando de esta manera, esperaba la gente que saliese Gaceta extraordinaria, porque no podría menos de salir si las noticias eran satisfactorias.

No salió y sobre este motivo de desconfianza recayó justamente la ocurrencia de este día, que fue escandalosa y sobresaltó a la gente. A las cinco de la tarde se hallaba la Puerta del Sol, calle Mayor y la de las Carretas con una multitud de almas que se iba aumentando sin cesar; muchas rondas y patrullas de guardias de Corps, montados, que así las hacían todas, y de otros cuerpos de infantería y caballería, que tenían cercada la calle de la Zarza y cortada la comunicación por todas las calles alrededor sin dejar pasar a nadie, porque en la imprenta que había en dicha calle tenían presos a unos franceses que por la mañana se habían presentado a que se les imprimiesen muchos ejemplares de un bando que manifestaron, pero que se había de hacer todo sin que nadie saliese de la casa y a la mayor brevedad.

El impresor se puso a trabajar, pero tuvo oportunidad, separándose a buscar cualquiera cosa, de indicar a uno de su familia que llamase la guardia del vivac,[2] lo cual hizo con disimulo, bajando por otra escalera diferente que la que subieron los franceses, que fueron sorprendidos por la guardia. Pero, como en estos días con la mayor facilidad se reunía mucha gente, así sucedió en este caso, por manera que no los pudieron sacar presos hasta más de las diez de la noche, en que ya la gente había desocupado las calles.

Era un bando, el de los franceses, para aclamar a Carlos IV y María Luisa, y salvar al inocente (por el preso), y había algunos que añadían que el referido bando decía “Muera Fernando VII”.[3] Toda la gente estaba exaltada y en disposición de alboroto contra los franceses, y las patrullas y rondas empleaban la mayor actividad en impedir todo desorden.

Para el día siguiente, jueves, se anunció que había rogativa pública y suspensión de comedias en el mismo día, y esto mismo era un motivo que aumentaba la desconfianza de muchos que decían que, en circunstancias favorables, no se hacen rogativas. Pero, amanecido el jueves, se supo que no se hacía la procesión de rogativa, sin saber el motivo. Mas también se aseguró por muchos, y se extendió con rapidez en Madrid, que a las tres y media de la madrugada de aquel día había sido entregado a los franceses en Villaviciosa el Príncipe de la Paz, y que era por una orden del rey Fernando VII, enviada desde Vitoria a su tío el infante don Antonio, el cual se lo mandó al general marqués del Castelar; y añadían que este general no obedeció la orden y que vino a Madrid aquella noche y habló al infante don Antonio, haciéndole presente que tenía orden de S. M. de no entregar aquel hombre sin que viese él mismo una orden firmada por S. M mismo; que entonces el infante le enseñó la que tenía del rey, y que Castelar marchó incontinenti[4] y verificó la entrega del preso a las tres y media a unos generales franceses que fueron a por él en un coche, con una escolta que quedó a alguna distancia de Villaviciosa, y se lo llevaron.

Es imposible decir las opiniones, las disputas que se suscitaron en Madrid: unos lo negaban afirmativamente,[5] algunos lo creían, y en todos reinaba la confusión, al mismo tiempo que, por otra parte, decían muchos que el parte[6] había traído noticias de haber arreglado los dos soberanos sus intereses respectivos, a satisfacción del rey de España. Y, en efecto, por la tarde se puso el bando que trae el Diario del viernes siguiente, nº 122, del 22 de abril,[7] con lo cual la mayor parte de las gentes aseguraban que semejantes voces eran movidas por gentes maliciosas, enemigas del sosiego, que deseaban una revolución por miras interesadas. Sin embargo, algunos seguían todavía en su opinión y todos acabaron de asegurarse en el referido viernes con la Gaceta extraordinaria, nº 39, que se publicó, en que el Gobierno anunció el hecho, como se ve por ella misma, que acompaña.[8]

[Continuará]

[1] Empeorar las cosas.

[2] Guardia principal en las plazas de armas, a la que acuden todas las demás, entre otras cosas, para saber el santo y seña.

[3] “Dos oficiales franceses sorprendieron a un impresor y con amenazas le hicieron imprimir un papel que decía: ‘Viva Carlos IV y Godoy, muera Fernando’. El impresor llegó a tirar dos ejemplares; pero fingiendo que se le había descompuesto no sé qué pieza y que iba en casa de un amigo a buscarla, marchó a dar aviso a un alcalde de Corte” (Martínez Colomer, 1808: 25). Murat “hacía que se esparcieran papeles sediciosos por las calles, que se fijaran en los parajes más públicos” , como “los cafés y demás puestos públicos”, pues quería sublevar al pueblo.

[4] Prontamente, al instante, al punto, sin dilación.

[5] Es decir, con firmeza.

[6] Correo que se establecía cuando el soberano se encontraba fuera de su corte, entre ésta y el sitio donde él se hallaba.

[7] No está.*

[8] No está.*

Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ (III)

abril 11, 2017

Mes de abril                                      [Continua]

Entre la multitud de delitos enormes que en estos días se contaban cometidos por el Príncipe de la Paz –la nación, que toda le aborrecía; la Grandeza, que le odiaba porque hacía ya algunos años que todos temían que se alzase con el reino, principalmente si fallecía el señor rey don Carlos IV, que se hallaba muy achacoso–, el que más le concilió el aborrecimiento, por el cual acabaron de desearle un fin desastrado y que sirviese de escarmiento, fue el que cometió contra la persona de nuestro amado soberano, Fernando VII y algunos señores, haciendo creer al rey padre que su hijo, el Príncipe de Asturias, conspiraba a destronarle quitándole la vida, y con fecha 30 de octubre del año pasado de 1807, se publicó un decreto por todo el reino que trataba de traidor a Su Alteza Real[1]. Acompañan los decretos y la Gaceta extraordinaria que, de orden del señor don Fernando VII, se publicó en Madrid, que trata con extensión de estos asuntos.[2] Toda la nación se llenó de terror. Toda la nación se compadecía y gemía por el Príncipe de Asturias, le creía inocente víctima sacrificada por la ambición infernal del inicuo Almirante, a quien todos creyeron autor de esta calumnia, que conspiraba contra la vida del Príncipe heredero para reinar algún día en un país por quien debía sacrificarse, en el que hacía un papel tan brillante, habiendo empezado por una fortuna tan humilde. También en estos días en que ya estaba entregado al brazo de la ley andaba una lista de los millones suyos de que se tenía noticia, y decía así: Banco de Londres 800. Íd. de Holanda 400. Íd. de París 200. En El Ferrol, para embarcar 200. En poder del Patriarca 030. Y otras cantidades, que hacían la suma total de 1650 millones.[3]

Se dijo también que, de sólo diamantes, brillantes, rubíes y demás piedras preciosas, se le habían cogido diecinueve arrobas. Por último, sus riquezas se tenían en concepto en toda España de ser las mayores que ningún mortal había poseído, y sus títulos y empleos llenaban medio pliego de papel impreso.

Volviendo al viaje de S. M. y de S. A., la gente de Madrid –que estaba sobresaltada por la permanencia del ejército francés que estaba acampado en las inmediaciones y alojado en la Corte, y que pasaba ya, según se decía, de cuarenta mil hombres, y sin cesar llegando más tropa, recelando de ellos, sin embargo de las seguridades dadas por ambos monarcas, padre e hijo–, entre mil dudas, hablillas, noticias funestas que se decían, recibió la primera noticia de la llegada de Napoleón a Bayona el 14 por la noche (sabiéndose en Madrid a su tiempo, por la parte de la Corte), y que envió parte de su guardia de honor y su médico de Cámara a nuestro Infante, que se hallaba indispuesto en aquella ciudad, y que le mandó preparar el alojamiento en la Casa Consistorial de la ciudad, por ser mejor que el que tenía; y que el soberano estaba en Vitoria para recibirle, acompañado de un séquito asombroso de vasallos que le rodeaban sin quererle dejar. También se habló de unas prisiones que se estaban haciendo en Madrid con sigilo, por haberse descubierto un complot de gentes que iban a aclamar por las calles a Carlos IV y María Luisa, y que la reina era la agente principal de este negocio, el cual se empezó a verificar en el Sitio de El Escorial, donde se hallaban los reyes padres, por haber pasado a éste desde el Sitio de Aranjuez, sobre el 4 ó 5 de abril.

Pero fue atajado en sus principios, prendiendo a algunos de los alborotadores, y en Madrid no hubo nada.

Débese notar que, entonces, el Príncipe de la Paz, preso en Villaviciosa, sabía ya que reinaba Fernando VII y que él era reo de Estado, pues uno y otro le notificaron[4] el miércoles 6 de abril o el jueves siguiente, y que esta noticia le fue tan dura que cayó de espíritu y se acobardó. En medio de tantos acontecimientos nada era capaz de calmar y asegurar la impaciencia de la gente por la sospecha indicada del ejército francés, y porque corrían voces de que Murat estaba de acuerdo con la reina madre y que era amigo del Príncipe de la Paz, que había recibido regalos magníficos de él y sumas cuantiosas cuando estaba en su fortuna, y que había enviado un edecán a saber cómo se hallaba en la prisión. Y aun se había asegurado también que le había pedido, después de marchado el rey a Vitoria, a pretexto de que era reo de Estado del imperio francés, porque se hallaba inculcado también en negocios tocantes a aquel gabinete, pero se le negó.

[Continuará]

[1] Va al fin de este escrito.* Ya se indicó que no se incluyen en la edición.

[2] No está.*

[3] El error en la suma es del autor. El total correcto sería 1630.

[4] Se refiere a que le notificaron ambas cosas, que Fernando VII era rey y que él era reo de Estado.

¡VAMOS, QUE NOS VAMOS!

abril 10, 2017

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Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ

abril 10, 2017

Mes de abril                                      [Continua]

También el martes, 5 de abril, salió de Madrid el señor infante don Carlos, hermano del rey, acompañado del duque de Híjar, con destino, según se dijo, a Bayona, para recibir y obsequiar al emperador Bonaparte. El jueves siguiente se halló la gente con la inopinada novedad de salir el rey de Madrid, en compañía de las demás personas reales, a las once en punto con dirección a Aranjuez y se decía que en aquella misma tarde volvía a la Corte. La gente quedó bastante desconsolada, pero a las seis y media de la tarde, en efecto, entró el monarca en Madrid, en donde fue recibido con las más extraordinarias muestras de júbilo, y se tranquilizó la gente. Había salido únicamente a ver a los reyes padres. Y el domingo, 10 de abril, que fue el de Ramos, salió a las nueve de la mañana S. M. con poca comitiva para Burgos, a recibir allí a Bonaparte y venir en su compañía a Madrid. Se dijo dos días antes que había venido a la Corte un general francés con una carta de su emperador para el rey, reconociéndole y felicitándole por su exaltación al trono, y en que decía que deseaba darle un abrazo, pero gustaría fuese antes de entrar en Madrid. Van cosidas a este papel gacetas y diarios que contienen avisos y noticias de las ocurrencias de estos días.[1]

Dejó el soberano para el tiempo de su ausencia una Suprema Junta de Gobierno que presidía su tío, el infante don Antonio, y ya a esta época había recibido el soberano cartas de los pueblos cabezas de provincia con voto en Cortes, en las cuales se ve, según la Gaceta nº 34, que acompaña,[2] hasta qué punto estaba exaltada toda la nación. El Jueves Santo, 14 de abril, mató un cura de Carabanchel un oficial francés, y a las primeras noticias que corrieron del lance se divulgó que justamente el oficial francés difunto era un hombre de bien, y de una nota algo mala el cura. El gobierno publicó un bando en el Viernes Santo, como se ve en el Diario,[3] para descubrir al cura agresor, y al siguiente día fue descubierto y preso.

El sábado se publicó en el Diario la lista de las compañías cómicas de la Corte, el cual se incluye también por contener expresiones del Ayuntamiento en que trata del joven monarca, como igualmente acompañan gacetas y diarios que contienen las noticias satisfactorias que se recibían del viaje del soberano y del infante don Carlos, y algunos versos de los muchos que ya se habían escrito contra el Príncipe de la Paz, como también los que recitó Rafael Pérez, primer barba del teatro del Príncipe, en la función que se hizo en el mismo el primer día que asistió el Príncipe de la Paz, después de elevado a la dignidad de Almirante, con cuyo motivo apenas quedó pueblo ni teatro en España en que no se hiciesen funciones y grandes elogios, advirtiendo que por las troneras del mencionado teatro del Príncipe se tiraron al público más de seiscientas papeletas como la que acompaña, estando el busto del Príncipe colocado en medio del teatro, todo acompañado de grandes orquestas y de una concurrencia que después de llenar el teatro impedía el paso por la calle.[4] Esto propio sucedió en el coliseo de la Cruz; y el día que entró en Madrid, que justamente fue domingo (viniendo de Aranjuez), hecho ya Almirante, como se publicó en la referida Gaceta, nº 5, acudió al Puente y Puerta de Toledo innumerable gente a verle y le vitorearon bastante, habiendo pasado este hombre del colmo del poder y de la grandeza al mayor ultraje en el periodo de catorce meses y, por decirlo con más verdad, en solos dos días en que un número bastante corto de almas abatieron este monstruoso coloso de la fortuna en Aranjuez y, para que resultase de una manera que en sí llevase el mayor desprecio de su poder, sin derramarse una gota de sangre, tratándose de un hombre que reunía los millones de la nación, que mandaba en todos los empleados, en el ejército y marina, en los ministros y en los reyes. Pero era el terror que por toda la nación tenía difundido, el que hacía callar a todos, y todos se reunieron luego a abatirle, a execrarle y a desear su castigo, y no hubo un miserable, de tanto pícaro adulador como había hecho felices, que en tan crítica situación levantase el grito y se expusiese por la defensa de su protector. ¡Miserable suerte la de los tiranos…!

[Continuará]

[1] No están.*

[2] No está.*

[3] No está.*

[4] No están.*

Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ

abril 9, 2017

Mes de abril

Y de tal manera se fue ya indisponiendo la gente que el viernes primero de abril hubo un riesgo inminente de motín entre los españoles y franceses, que por dicha se atajó antes de empezar, aunque estuvo bien próximo: una quimera en la Plaza Mayor, nada más, fue el fomes de todo[1]. Fue entre un soldado francés y un inválido español. En la Plaza estaba el Cuartel General de los franceses, y gran guardia, de modo que pasaban de dos mil hombres, los cuales, viendo el remolino de la gente hacia la quimera, se pusieron sobre las armas. En el convento de Santo Tomás hizo lo mismo el regimiento que estaba acuartelado. A la hora había en la plaza y calle de Atocha una nube de gentes, y desarmaron todos los tinglados de la verdura y fruta para armarse de palos; los balcones estaban llenos de gente, las tiendas se cerraron y de todas partes corría la gente a la calle de Atocha y a la plaza, y con gritos insultaban a los franceses y aun les tiraban algo.

Ellos cargaron, mas así permanecieron, y por buena suerte acudió a tiempo el duque del Infantado y también los condes de Miranda y de Montarco, como igualmente varios generales franceses, y todos se esmeraron en sosegar a la gente, que empezó a gritar que se marchasen de allí los franceses, y así lo mandaron los generales y se hizo[2]. El regimiento del convento de Santo Tomás se metió dentro, con las armas cargadas, delante de la gente y ésta, ya bastante sosegada, empezó a separarse y se marcharon todos.

En este mismo día sucedió también un caso notable por la mañana, y fue que un soldado francés robó en la carnecería un gran pedazo de carne; la gente le gritó y persiguió y así fue sorprendido por tropa francesa, que le puso colgado a la espalda el pedazo de carne, y así le empezó a pasear a la vergüenza. Compadecida ya la gente, se empieza a remolinar y gritar perdón; se echan encima, se apoderan del soldado y caminan a Palacio a pedir al rey su perdón. Salió uno de Palacio con la respuesta de S. M., de que este perdón le había de conceder el Príncipe Murat, y al instante se encaminaron a su casa, se agolparon a la puerta, sin que los muchos centinelas y la guardia lo impidiesen, se montaron sobre dos cañones que había a la puerta, y empezaron a gritar: “Perdón, perdón”. Salió Murat a los balcones y lo concedió, más la gente repuso que por escrito, y subieron a por él y les fue entregado, y condujeron ya libre al cuartel el soldado.

El alboroto de este día desagradó mucho a nuestro soberano, y lo reprendió, según el Diario del 3 de abril y, en efecto, por algunos días calmó bastante la desconfianza de la gente con respecto a los franceses, con quienes hubo algunos choques particulares desde su entrada hasta estos días, y, por lo general, la gente, lejos de temerlos, los insultaba. Desde dicho día 3 de abril volvieron las numerosas rondas de día y noche, hechas por los mismos vecinos y mandadas por los alcaldes de corte y de barrio, y muchas patrullas de a caballo y de a pie de la poca tropa que había en Madrid, y los caballeros guardias de Corps también las hacían. En uno de estos días fue trasladado a Villaviciosa el Príncipe de la Paz con la misma escolta que tenía en Pinto, y este hombre, ya bastante restablecido, no se hallaba abatido de espíritu, porque estaba persuadido de que los reyes le tenían custodiado hasta que se calmara el pueblo, para volverle a sus mismos destinos y favor, no obstante que en las comidas no se le daba cuchillo ni tenedor, ni aun palillo para los dientes que pidió.

[Continuará]

[1] Causa que promueve algo.
[2] Como en otras ocasiones, el relato de Pérez coincide con los de otros que fueron testigos o se valieron de las mismas fuentes para redactar sus memorias. En ese caso, de forma casi literal, con el Diario de lo ocurrido en Aranjuez desde el día 13 de marzo, de 1808: “Esta tarde hubo conmoción general en el pueblo, todos corrían diciendo, “Motín, motín”. En efecto, la cosa pudo haber tenido graves y funestas consecuencias, pero se cortó y apaciguó sin ningún género de desgracia, a fuerza de las persuasiones del duque del Infantado, de Negrete y de los generales franceses. Todo fue una disputa personal entre un soldado francés y otro español” (Cit. por Frazer, 2006: 58).

EL HEROICO FERNANDO

abril 8, 2017

Habría que leerlo.

El tal Fernando se conjuró con otros, partidarios interesados, para deponer del trono a su padre. Cuando fue descubierto, el muy torpe, denunció a sus cómplices, el muy traidor, para salvar el pellejo. Unos meses después, en su segundo intento, el Motín de Aranjuez, triunfó. Semejante acción debilitó España frente a las ambiciones de Napoleón. Y a él la corona le duró sobre sus sienes un mes. Como premio, Napoleón se la concedió de forma vitalicia cuando se vio obligado a abandonar España. ¿Como premio o como castigo a los españoles? Un héroe.

No es por despreciar al autor de La Serafina, pero se apresuraba demasiado en hacer sus panegíricos. Como el que hizo a Napoleón, antes de la invasión. O el dedicado a Riego, que le acabó llevando al exilio.

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EMPEREUR, BIENVENU À L’ESPAGNE

abril 4, 2017

Como una mañana cualquiera, bajé las escaleras de mi piso camino del Parque de Artillería. Iba preparado para lo que pudiera encontrarme después de los altercados del día anterior. Desde lo de Esquilache, me dijo mi hermano, en Madrid no se había vivido una revuelta igual.

         Los soldados sacados de sus cuarteles y los presos liberados de sus cárceles por el populacho, habían vuelto ya cada uno a su sitio. Y el vino obsequiado “voluntariamente” por los taberneros, estaba a punto de completar su ciclo vital, perfumando las calles y callejas, y haciendo maldecir a los bebedores el haber bebido tanto.

          Al tiempo que bajaba hasta el portal, iba tentándome los bolsillos de la casaca para encontrar las llaves del cofre del armero, sin conseguirlo.

          Al final recordé que la víspera abandoné el Parque para no volver, al llamado de la Junta de Artillería, así que seguro que debieron de quedar en manos del sargento mayor.

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          En eso me tropecé con el bueno de Braulio que andaba, como todos los días a esas horas, sacándole brillo al pasamanos de las escaleras.

          – Buenos días tenga, mi teniente.

          – Buenos días, Braulio.

– ¿Sá enterao de que nos vista el emperador de los franceses?

– ¿Qué me dices, Braulio?

          – Paece ser que se le debe estar haciendo chica Uropa, y que tié que venir aquí pa enseñorearse más, si cabe.

           – No, Braulio, lo que pasa es que, según un acuerdo firmado con el reino de España, su ejército cruzará la península para poder así invadir Portugal. Pero no creo que el mismísimo Napoleón sea el que dirija sus ejércitos.

          – Pue que sí, pero a mí me da que de la que van, lo mesmo se quedan.

          – No hombre, eso no será.

          – De momento parece que se encuentran a gusto. Que han llegao y no parece que arranquen.

          – Mientras se sepan comportar, es normal que se detengan para reponerse del largo viaje -le dije ya sin saber qué le podría contestar que le tranquilizara.

          – Pues comportarse tampoco. No se dan poco pisto esos señorones. Caminan como si fueran suyas las calles. Taconeando el piso con sus botas espejadas, y haciendo sonar las espuelas. Sujetado en la mano el sable, como si les fuera a hacer falta desenfundarlo. Con esa mirada desafiante. Como si le perdonaran a uno la vida. Manteniéndola fija hasta que el que es mirado baja la suya.

           – Ya sabe usted que en todos lados hay siempre alguno que, cuando se siente bien comido y se ve bien vestido, sale al mundo como si se lo fuera a comer; pero no se preocupe, que no muerden.

          – Si usted lo dice, mi teniente -dijo inclinando a un lado la cabeza.

          Me ajusté el bicornio y me despedí.

           – Que tenga buen día, Braulio -le dije mientras salía.

          – Lo mesmo, pa usté también -contestó volviendo a su tarea de darle lustre al pasamanos.

 

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO

 

 

PUERTA DE TOLEDO

abril 3, 2017

—¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí y denguno vale un rial. Canallas; ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí?

—Mujer—dijo Chinitas cargando su escopeta— quítate de en medio. Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.

—Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla —dijo la Primorosa pugnando por arrancar el arma a su marido—. Con el aire que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.

Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros blandiendo su sable.

—¡Menegilda!, ¿tienes navaja? —exclamó la esposa de Chinitas con desesperación.

—Tengo tres, la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.

madrid177—¡Aquí estamos, espanta-cuervos! —gritó la maja tomando de manos de su amiga un cuchillo carnicero cuya sola vista causaba espanto.

El coracero clavó las espuelas a su corcel y despreciando los tiros se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa; pero ésta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba con horrible pataleo, lanzando ardientes resoplidos, el soldado proseguía el combate ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron. Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:

—Si te moverás al fin. No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reló de Buen Suceso.

El amolador se volvió hacia mí y me dijo:

Puerta de Toledo—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?

En efecto, yo tenía en mis manos un fusil sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándose cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido; pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que tenía entre las manos.

—¿Pa qué está aquí esa lombriz? —dijo la Primorosa encarándose conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada—. Descosío: coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?

—Vamos: aquí no hay nada que hacer—afirmó Chinitas, encaminándose con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.

Écheme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.

—¿Se acabaron los franceses? —dijo una maja mirando a todos lados—. ¿Se han acabado?

—No hemos dejado uno pa simiente de rábanos—contestó la Primorosa—. ¡Viva España y el Rey Fernando!

El 19 de marzo y el 2 de mayo

Benito Pérez Galdós