PEPINO EN SU PRIMERA (Y ÚLTIMA) SEMANA DE PASIÓN SEVILLANA

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José Bonaparte, rey de España. Robert Jacques Francois Lefevre

Pepe Plazuelas, Pepe Botella o Pepino eran los apodos que dimos a José Bonaparte, el hermano del republicano que se hizo emperador francés. Don José, tras ser diputado por Córcega, elector del Primer Imperio y rey de Nápoles, acabó encasquetándose la corona del reino de España, vergonzosamente entregada por la familia real española en las capitulaciones de Bayona de 1808.

Un rey impuesto que vino con la intención de reformar el gobierno, la sociedad y la nación entera; pero que en intenciones solo se quedó. Después de todo, con el apoyo de su hermano, no hizo otra cosa que invadirnos para expoliar nuestro patrimonio y someter a una durísima guerra a todo el territorio español. Cuando las cosas le fueron mal, tomo las de Villadiego, apañó todo lo que pudo de valor, y con ello vivió a cuerpo del rey que no pudo ser, en el casoplón que se hizo construir en una hacienda llamada Point Breeze, situada en Bordentown (New Jersey). Al otro lado del océano, bajo protección americana, pudo escapar de la justicia de los ingleses.

Ese que algunos dicen que pudo haber sido un buen rey, y que se aprovechó de unos reyes traidores cuyo pueblo no se merecía ser maltratado. Así fue que mis paisanos no dudaron en enfrentarse, con uñas y dientes (lo que tenían), al ejército del usurpador.

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Nicolas Jean de Dieu Soult

El quebranto sufrido por los franceses en Bailén ralentizó tanto su avance que retrasó su entrada en Sevilla hasta el 1 de febrero de 1810. Evitar el derramamiento de sangre que habría provocado una inútil resistencia llevó a firmar la capitulación de los sevillanos en Torreblanca de los Caños, cuyas condiciones fueron incumplidas por parte de los invasores.

Por aquel entonces, Sevilla era una ciudad que se estaba preparando para vivir la Cuaresma. La invasión hizo que vieran convertidas unas veces en cuarteles y otras en cuadras, sus iglesias, conventos y palacios. Lamentablemente, esta ocupación no impidió que sufrieran el saqueo de todo lo que la tropa y sus jefes entendían de valor. Superando a todos por su codicia estaba el jefe de los ladrones, el mariscal Soult. Más de doscientos años después, los sevillanos siguen llorando por el resultado de su rapiña.

A pesar de todo lo que, desde su llegada, la ciudad comenzó a sufrir, una parte de los dirigentes, tanto civiles como religiosos, recibieron con júbilo al invasor. Repicaron las campanas de la Giralda y hasta se celebró culto con homilía laudatoria al invasor en la parroquia de Santa Ana, no sin un cierto enfrentamiento entre los feligreses de la collación trianera.

Mas tantos honores no hicieron decrecer sus ansias de botín. Para muchas hermandades, su presencia supuso el expolio absoluto de sus tesoros, la expulsión de sus templos, la mutilación de sus imágenes titulares o la pérdida definitiva de enseres y, con ello, de su actividad. El listado de calamidades es extensísimo.

Cristo de la Vera Cruz

Cristo de la Vera Cruz

Por ejemplo, el día 3 de febrero de 1810 las tropas francesas irrumpieron en la iglesia del Convento de San Basilio saqueando la capilla de la hermandad, destrozando la imagen de la Virgen del Buen Fin y quemando las tallas de la Magdalena, el Longinos y el sayón judío; salvándose, aunque con diversos daños, el resto de las imágenes.

Los carmelitas fueron expulsados del convento del Carmen para ser utilizado como alojamiento de tropa. La iglesia conventual fue usada como caballeriza. Además de perder buena parte de sus enseres, fue derribada la capilla de la hermandad de la Soledad. Se levantó la solería de losas azules y blancas de Génova, se quitaron los mármoles de la escalera, se derribaron muros y se colocaron abrevaderos.

El convento de San Francisco fue arrasado por los franceses, por lo que la hermandad de la Vera Cruz tuvo que abandonar su capilla.

La ocupación del convento de la Merced obligó a abandonar el convento a la hermandad de Pasión; pero también conllevó la pérdida de las joyas, los pasos y otros enseres de la hermandad, así como de numerosos documentos de la misma.​ Las imágenes fueron trasladadas a la iglesia de San Julián.

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Detalle del Señor de las Cigarreras

También tuvieron que abandonar sus templos, por la invasión, el Sagrado Decreto, que perdió parte de sus enseres y que trasladó sus imágenes a la iglesia de Santa Lucía; la Columna y Azotes, que residió en la capilla sacramental de la parroquial de Santiago, a causa de la ocupación del Convento de Los Terceros; el Amor y el Santo Entierro, entre otros.

La plata, las joyas, los marfiles, los lienzos, las maderas nobles, los cuadros, etc. de numerosas hermandades fueron robados y perdidos definitivamente.

Como si fuera inocente y estuviera ajeno a la situación por los suyos creada, el rey José quiso conocer esa gran fiesta religiosa de la que tanto había oído hablar. Para ello regresó a la ciudad el 12 de abril, jueves de Pasión. Pero, como señala Velázquez y Sánchez en sus Anales: “En la Catedral faltaron palmas para la procesión del Domingo de Ramos por la situación de las provincias de Granada y Murcia, que las solían suministrar otros años, utilizándose las ramas de olivo y haciéndose la procesión por las últimas naves, y sin salir por las gradas de la santa iglesia, para evitar los continuos alardes de irreverente menosprecio de los soldados del usurpador, que tenían a gala atravesar las filas sin descubrirse, provocando el enojo de nuestro pueblo con aquellas insolentes demostraciones”.

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Virgen del Mayor Dolor y Traspaso

No se pudo colocar el monumento, “se puso en el altar del trascoro, bajo el dosel de la fiesta del Corpus y sobre gradas, la custodia de la parroquia del Sagrario con el arca de la hermandad del Santísimo Sacramento de San Isidoro, con candeleros de plata y los hacheros de varias parroquias y conventos extinguidos… Ni hubo truenos en la Pasión y rasgadura de los velos del altar, ni se cantó el Miserere en las noches de los miércoles y jueves santo, cerrándose los templos a la oración”.

Según refiere la crónica de Velázquez y Sánchez en referencia a las cofradías de penitencia “todas habían no acordado hacer estación; disculpando este acuerdo con motivos plausibles, y algunos reales que ocultaban el verdadero móvil de su resolución unánime, en odio al gobierno intruso. José Bonaparte, excitada su curiosidad por la descripción que se le había hecho de las procesiones de Sevilla, indicó a la autoridad que le gustaría ver algunas, y se previno a todas que deliberasen en nuevo cabildo sobre el particular, comunicando la decisión a la Prefectura para lo que procediera; pero a pesar de la intimidación sólo tres se prestaron a la salida en la tarde del Viernes Santo: la del Prendimiento de Cristo, de Santa Lucía, la del Gran Poder, de San Lorenzo, y la de las Tres Necesidades, de su capilla propia al sitio de la Carretería. La primera y tercera llevaron su ordinario cuerpo de nazarenos penitentes, y la segunda convite de gala y duelo, pero el nuevo rey, que había mostrado afán por estas procesiones, no salió del Alcázar”.

Misterio de la Carretería

Misterio de la Carretería

Así fue la Semana Santa sevillana del rey intruso, primero fue el expolio y después el  menosprecio. La semana concluyó el domingo, día 22, con un baile ofrecido por la municipalidad a la corte usurpadora en el Archivo General de Indias, edificio que fue engalanado a costa de lo que previamente se había sustraído en la ciudad. Al baile sí asistió el rey dando así por terminada aquella trágica Semana de Pasión. Los poderes de entonces se acabaron arrimando a lo que más les convino. Nada cambia.

Esta fue la Semana Santa de Pepe Botella.

El año siguiente no fue mejor, con tan sólo dos procesiones. Y el que le siguió se dio una total ausencia de cofradías. La liberación de la ciudad en 1813 permitió el lento resurgir y el retorno a la normalidad de las cofradías.

Tras su fallecimiento, décadas después, los restos de José I volvieron a su país, descansando en el suntuoso Panteón de los Inválidos de París. De los incontables tesoros objeto del expolio del patrimonio sevillano de aquel que quiso ser su rey, y de sus secuaces, apenas se pudo recuperar una parte.

Miguel Reseco

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