¡SANTIAGO, SANTIAGO!

Me crucé con el médico nada más llegar. Puso su mano en mi brazo para detenerme y decirme que don Miguel se estaba apagando, que me despidiera.

Cuando llegué junto a su cama me pareció que dormía, pero de repente tomó aire como si acabara de sacar la cabeza de debajo del agua, y sin abrir los ojos buscó con su mano la mía, que en seguida fue al encuentro de la suya.

– ¡Manolo, ya me voy! -me dijo.

– Todos los días con la misma historia, don Miguel -le dije como todos los días, pero esta vez su voz no había sonado igual que las otras.

FOTO 6– Tú no tengas pena, no podrías haber hecho más por mí -aquí se detuvo fatigado, para coger aire de nuevo y seguir-. Me salvaste la vida, y luego te has preocupado de que nada me falte, durante los años que llevo robándole días a la de la guadaña.

– Bueno, bueno, don Miguel. No tenga tanta prisa -contesté burlón-. Que para donde quiere ir hay tiempo.

– No hijo, ya es hora de rendir cuentas. Ya es hora de dar la cara.

– No diga eso. Usted no tiene nada que rendir.

– ¡Calla hombre, calla! -dijo sacando una energía que no creí que ya tuviera- No se me borra la imagen del pobre Jacinto, apaleado como un perro por los gabachos. Y después atravesado por sus bayonetas. Como si temieran que se les fuera a revolver.

– Supe que dio tiempo de administrarle el Viático antes de que expirara.

– Flaco consuelo. Pero ya me lo habías dicho.

– Va para cuatro años de aquello y usted sigue culpándose.

– ¿Y quién, si no yo, fue el que comenzó a tirar las herramientas a los gabachos?

– Todos. Lo decidimos todos -dije con firmeza- No podíamos ocultarnos tras los toldos del andamio, como si lo que pasara abajo no fuera con nosotros. Los perseguidos eran vecinos nuestros. Y muchos eran mujeres.

– Y conseguimos que la emprendieran con nosotros.

– Mala suerte. ¡Qué le vamos a hacer!

– La peor fue la tuya, que perdiste a tu hermano Fernando.

– Mala suerte -insistí.

– Y a los hermanos Méndez: Antonio y Domingo. Y a Manuel Rubio, y a José Reyes Magro y a José Amador. Y Antonio, el Leonés, que dejó viuda y dos hijas.

– Ella tenía familia que la socorrió hasta que se colocó en un taller como planchadora.

– Eso no le devolvió al marido, ni a las niñas su padre.

– Todos sabíamos que habría motín contra los franceses. Y esas cosas no salen gratis.

– Pero yo os arrastré.

– Y dale. No se haga mala sangre, don Miguel. Y no hable más. Que se fatiga.

– Todos mis trabajadores de la obra de Santiago, fueron apresados cuando se refugiaron en el templo.

– Los mesiés no entienden lo que es acogerse a sagrado.

– Y los arrastraron fuera del templo, y los condujeron al otro lado de la cerca.

– Fuera de la ciudad.

– Y esa misma noche, antes de que pudieran ver el primer rayo de sol les arcabucearon.

– Al amanecer.

Cada vez apretaba más mi mano.

– Busca al cura. Tráemelo pronto.

©VIDAS ENTREGADAS, Miguel Reseco


Miguel Castañeda y Antelo, era natural de Bogueiro, diócesis de Santiago. Falleció a los sesenta y seis años. De profesión oficial de albañil. Trabajaba en la obra de Santiago, y junto con el resto de su cuadrilla arrojó las herramientas al paso de los soldados imperiales que iban en persecución de los madrileños que huían del tumulto originado en la Plaza de Oriente, la mañana del Dos de Mayo de 1808. Ya abajo, continuó acosando y matando franceses sin más armas que la navaja, hasta que, al llegar a la parroquia del Salvador, esquina a la calle del Luzón, poco antes del Mediodía, recibió un tiro en el bajo vientre que le hizo caer. Uno de los suyos, Manuel de Madrid cargo al herido, dirigiéndose a la plaza Mayor para ponerle a salvo. En el camino, recibieron el fuego de una patrulla francesa con la que se cruzaron, uno de los disparos rompió un brazo a Castañeda. Pidió este entonces a Manuel de Madrid, que le abandonara y procurará salvarse él; pero en esto llegó otro conocido, Juan Corral, que compartiendo la carga, ayudó a llevar a Castañeda a su casa de la calle de Jesús María, donde se le hizo la primera cura. Trasladado al Hospital, quedó ingresado hasta su fallecimiento en 1812.

Anuncios

2 comentarios to “¡SANTIAGO, SANTIAGO!”

  1. José María Cortés Torrico Says:

    Muy buena recreación. Ahora, todas esos arcabuceados que trabajaban en la iglesia de Santiago, descansan sepultados junto a otros patriotas (43 en total) que corrieron la misma suerte.
    Descansen en paz.

    Le gusta a 1 persona

  2. José María Cortés Torrico Says:

    El cementerio donde reposan es el de La Florida, en Madrid.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: