POR LO QUE PUEDA PASAR

1 de mayo

            Pasaba por delante de la iglesia del convento de la Victoria y acababa de santiguarme, cuando la campana sonó llamando a misa de ocho. Un poco más abajo, justo ante la puerta del café La Fontana de Oro, distinguí a Molina hablando con un caballero. Antes de que pudiera llegar hasta ellos, el Cerrajero ya se había marchado. El caballero, al que no había reconocido, no era otro que el capitán Pedro Velarde. Debió de verme porque, levantando un brazo, quiso llamar la atención que ya tenía.

            – ¿No era ese Molina, mi capitán? -le pregunté.

            – Sí que lo era -confirmó muy serio-. Esto ya no tiene vuelta atrás, Rafael. Si los militares no desenvainamos pronto los sables, esos franchutes los usarán para cortarnos las alas.

1833-JOHN FREDERICK LEWIS-La Puerta del Sol, 37 x 54 ('Sketches of Spain and Spanish Character') (Museo de Historia de Madrid

            – ¿Qué queréis decir?

            – Molina me ha contado -dijo consternado- que viene de animar a la manolería del Avapiés para que acudan a San José para abuchear al fantoche de Murat a la salida de misa de doce.

           – Este Molina ha perdido el juicio. Eso no saldrá gratis como lo de Aranjuez. Ni a él ni a los que le secunden. Quizás a ninguno de nosotros.

            – ¿Y quién es capaz de mantener el juicio sereno tal y como están las cosas, amigo Rafael? -dijo mirando a los lados y abriendo la puerta del café-. Acompañadme, dentro hablaremos más seguros.

            Una vez en el interior, me invitó a sentarme a la mesa que compartía con otro caballero que yo no conocía, un hombre de ojeras pronunciadas y semblante bonancible.

            – ¡Venid Rafael! Tengo el gusto de presentaros a don José Mor de Fuentes, insigne escritor y amigo mío -luego se dirigió a su acompañante-. Don Rafael Arango es el hermano menor de un gran amigo mío; recientemente ha llegado de América y ha sido destinado provisionalmente al Parque de Artillería.

            – Es un honor, don José -le dije-. Conozco su obra. Tuve la suerte de conseguir un ejemplar de su Serafina, que amenizó mi viaje desde La Habana.

            – Siendo así -repuso Mor-, es usted el que me hace el honor. Siéntese con nosotros, por favor. Tenga la bondad.

            – No deja usted de sorprenderme, mi capitán -dije dirigiéndome a Velarde, tras tomar asiento-. No solo es un gran experto en pólvoras y balística, sino que también frecuenta a ilustres literatos.

            – Pues no era de pólvoras de lo que hablábamos…

            Velarde levantó un brazo y alzó la cabeza mirando al hombre que iba y venía continuamente atendiendo las mesas. El aludido, entendió y atendió solícito la indicación y trajo una taza, en la que el capitán sirvió de la chocolatera que todavía humeaba en el centro de la mesa.

mordefuentes2            – Don José me contaba -continuó diciendo-, sus tribulaciones tras fundar en Comillas la Sociedad Económica Cantábrica, siguiendo el ejemplo del Seminario de Vergara. Excuso decir que de corta vida.

            – La Inquisición, me imagino -me atreví a decir.

            – Así es -contesto don José-. Mi proyecto ha encontrado la total oposición de la jerarquía eclesiástica santanderina, como ya se imaginará. Como siempre, acérrima enemiga de la enseñanza laica.

            – Malos avales le acompañaban -le dije.

            – No entiendo por qué dice eso, don Rafael -dijo con extrañeza.

            – Tengo entendido que es usted un firme defensor del liberalismo -le dije-. Y que es autor de un poema en el que elogia a Napoleón.

            – Todo es cierto -contestó con humildad-. Pero no me arrepiento de sentir admiración por aquel que la historia, estoy seguro, encumbrará. Es algo que espero que mis compatriotas me perdonen.

            – Desde luego que el Emperador, además del lobo que esconde bajo la piel de cordero…

            – Que pronto nos desvelará -me interrumpió Velarde.

            – …tiene muchos talentos -continué diciendo-, que le han hecho merecer la fama que tiene.

            Velarde, que daba continuas muestras de nerviosismo, agitándose en su asiento, se levantó de repente como un resorte.

            – Acabo de ver a un amigo con el que es preciso que cruce unas palabras. ¿Me sabrán disculpar?

            Y sin esperar respuesta fue hasta la puerta donde un hombre, vestido con levita y con un bicornio en la mano, escrutaba el local como si buscara a alguien. En seguida le reconocí: era el alférez de fragata Juan Van Halen. Un hombre al que me presentaron la tarde anterior en la sala de armas y que juzgué de momento, sin tener demasiados motivos para ello, como un aventurero del que uno no se debe fiar. Tras él había otro caballero que se mantenía algo retrasado, más que de otra cosa, pendiente de lo que pudiera pasar en la calle. Después supe que se llamaba José Heceta, y que era íntimo amigo y compañero de armas del anterior.

            En ausencia de Velarde departí con el señor Mor de literatura y algo de política.

            – … ese Moratín, paniaguado del maldito Godoy –me decía cuando Velarde regresó a la mesa.

            Al regresar, el capitán estaba más alterado de lo que estaba cuando se marchó. Yo, por mi parte, di un último sorbo a mi jícara de chocolate y me dispuse a levantarme.

            – Permítanme que les abandone -me disculpé-. Entro ahora de servicio.

            – Vaya, teniente, vaya. Mañana habrá que estar muy despierto -me dijo Velarde profético-. Por lo que pueda pasar.

 

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero

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