Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ

Mes de abril                                      [Continua]

También el martes, 5 de abril, salió de Madrid el señor infante don Carlos, hermano del rey, acompañado del duque de Híjar, con destino, según se dijo, a Bayona, para recibir y obsequiar al emperador Bonaparte. El jueves siguiente se halló la gente con la inopinada novedad de salir el rey de Madrid, en compañía de las demás personas reales, a las once en punto con dirección a Aranjuez y se decía que en aquella misma tarde volvía a la Corte. La gente quedó bastante desconsolada, pero a las seis y media de la tarde, en efecto, entró el monarca en Madrid, en donde fue recibido con las más extraordinarias muestras de júbilo, y se tranquilizó la gente. Había salido únicamente a ver a los reyes padres. Y el domingo, 10 de abril, que fue el de Ramos, salió a las nueve de la mañana S. M. con poca comitiva para Burgos, a recibir allí a Bonaparte y venir en su compañía a Madrid. Se dijo dos días antes que había venido a la Corte un general francés con una carta de su emperador para el rey, reconociéndole y felicitándole por su exaltación al trono, y en que decía que deseaba darle un abrazo, pero gustaría fuese antes de entrar en Madrid. Van cosidas a este papel gacetas y diarios que contienen avisos y noticias de las ocurrencias de estos días.[1]

Dejó el soberano para el tiempo de su ausencia una Suprema Junta de Gobierno que presidía su tío, el infante don Antonio, y ya a esta época había recibido el soberano cartas de los pueblos cabezas de provincia con voto en Cortes, en las cuales se ve, según la Gaceta nº 34, que acompaña,[2] hasta qué punto estaba exaltada toda la nación. El Jueves Santo, 14 de abril, mató un cura de Carabanchel un oficial francés, y a las primeras noticias que corrieron del lance se divulgó que justamente el oficial francés difunto era un hombre de bien, y de una nota algo mala el cura. El gobierno publicó un bando en el Viernes Santo, como se ve en el Diario,[3] para descubrir al cura agresor, y al siguiente día fue descubierto y preso.

El sábado se publicó en el Diario la lista de las compañías cómicas de la Corte, el cual se incluye también por contener expresiones del Ayuntamiento en que trata del joven monarca, como igualmente acompañan gacetas y diarios que contienen las noticias satisfactorias que se recibían del viaje del soberano y del infante don Carlos, y algunos versos de los muchos que ya se habían escrito contra el Príncipe de la Paz, como también los que recitó Rafael Pérez, primer barba del teatro del Príncipe, en la función que se hizo en el mismo el primer día que asistió el Príncipe de la Paz, después de elevado a la dignidad de Almirante, con cuyo motivo apenas quedó pueblo ni teatro en España en que no se hiciesen funciones y grandes elogios, advirtiendo que por las troneras del mencionado teatro del Príncipe se tiraron al público más de seiscientas papeletas como la que acompaña, estando el busto del Príncipe colocado en medio del teatro, todo acompañado de grandes orquestas y de una concurrencia que después de llenar el teatro impedía el paso por la calle.[4] Esto propio sucedió en el coliseo de la Cruz; y el día que entró en Madrid, que justamente fue domingo (viniendo de Aranjuez), hecho ya Almirante, como se publicó en la referida Gaceta, nº 5, acudió al Puente y Puerta de Toledo innumerable gente a verle y le vitorearon bastante, habiendo pasado este hombre del colmo del poder y de la grandeza al mayor ultraje en el periodo de catorce meses y, por decirlo con más verdad, en solos dos días en que un número bastante corto de almas abatieron este monstruoso coloso de la fortuna en Aranjuez y, para que resultase de una manera que en sí llevase el mayor desprecio de su poder, sin derramarse una gota de sangre, tratándose de un hombre que reunía los millones de la nación, que mandaba en todos los empleados, en el ejército y marina, en los ministros y en los reyes. Pero era el terror que por toda la nación tenía difundido, el que hacía callar a todos, y todos se reunieron luego a abatirle, a execrarle y a desear su castigo, y no hubo un miserable, de tanto pícaro adulador como había hecho felices, que en tan crítica situación levantase el grito y se expusiese por la defensa de su protector. ¡Miserable suerte la de los tiranos…!

[Continuará]

[1] No están.*

[2] No está.*

[3] No está.*

[4] No están.*

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