Madrid en 1808 El relato de un actor RAFAEL PÉREZ

Mes de abril

Y de tal manera se fue ya indisponiendo la gente que el viernes primero de abril hubo un riesgo inminente de motín entre los españoles y franceses, que por dicha se atajó antes de empezar, aunque estuvo bien próximo: una quimera en la Plaza Mayor, nada más, fue el fomes de todo[1]. Fue entre un soldado francés y un inválido español. En la Plaza estaba el Cuartel General de los franceses, y gran guardia, de modo que pasaban de dos mil hombres, los cuales, viendo el remolino de la gente hacia la quimera, se pusieron sobre las armas. En el convento de Santo Tomás hizo lo mismo el regimiento que estaba acuartelado. A la hora había en la plaza y calle de Atocha una nube de gentes, y desarmaron todos los tinglados de la verdura y fruta para armarse de palos; los balcones estaban llenos de gente, las tiendas se cerraron y de todas partes corría la gente a la calle de Atocha y a la plaza, y con gritos insultaban a los franceses y aun les tiraban algo.

Ellos cargaron, mas así permanecieron, y por buena suerte acudió a tiempo el duque del Infantado y también los condes de Miranda y de Montarco, como igualmente varios generales franceses, y todos se esmeraron en sosegar a la gente, que empezó a gritar que se marchasen de allí los franceses, y así lo mandaron los generales y se hizo[2]. El regimiento del convento de Santo Tomás se metió dentro, con las armas cargadas, delante de la gente y ésta, ya bastante sosegada, empezó a separarse y se marcharon todos.

En este mismo día sucedió también un caso notable por la mañana, y fue que un soldado francés robó en la carnecería un gran pedazo de carne; la gente le gritó y persiguió y así fue sorprendido por tropa francesa, que le puso colgado a la espalda el pedazo de carne, y así le empezó a pasear a la vergüenza. Compadecida ya la gente, se empieza a remolinar y gritar perdón; se echan encima, se apoderan del soldado y caminan a Palacio a pedir al rey su perdón. Salió uno de Palacio con la respuesta de S. M., de que este perdón le había de conceder el Príncipe Murat, y al instante se encaminaron a su casa, se agolparon a la puerta, sin que los muchos centinelas y la guardia lo impidiesen, se montaron sobre dos cañones que había a la puerta, y empezaron a gritar: “Perdón, perdón”. Salió Murat a los balcones y lo concedió, más la gente repuso que por escrito, y subieron a por él y les fue entregado, y condujeron ya libre al cuartel el soldado.

El alboroto de este día desagradó mucho a nuestro soberano, y lo reprendió, según el Diario del 3 de abril y, en efecto, por algunos días calmó bastante la desconfianza de la gente con respecto a los franceses, con quienes hubo algunos choques particulares desde su entrada hasta estos días, y, por lo general, la gente, lejos de temerlos, los insultaba. Desde dicho día 3 de abril volvieron las numerosas rondas de día y noche, hechas por los mismos vecinos y mandadas por los alcaldes de corte y de barrio, y muchas patrullas de a caballo y de a pie de la poca tropa que había en Madrid, y los caballeros guardias de Corps también las hacían. En uno de estos días fue trasladado a Villaviciosa el Príncipe de la Paz con la misma escolta que tenía en Pinto, y este hombre, ya bastante restablecido, no se hallaba abatido de espíritu, porque estaba persuadido de que los reyes le tenían custodiado hasta que se calmara el pueblo, para volverle a sus mismos destinos y favor, no obstante que en las comidas no se le daba cuchillo ni tenedor, ni aun palillo para los dientes que pidió.

[Continuará]

[1] Causa que promueve algo.
[2] Como en otras ocasiones, el relato de Pérez coincide con los de otros que fueron testigos o se valieron de las mismas fuentes para redactar sus memorias. En ese caso, de forma casi literal, con el Diario de lo ocurrido en Aranjuez desde el día 13 de marzo, de 1808: “Esta tarde hubo conmoción general en el pueblo, todos corrían diciendo, “Motín, motín”. En efecto, la cosa pudo haber tenido graves y funestas consecuencias, pero se cortó y apaciguó sin ningún género de desgracia, a fuerza de las persuasiones del duque del Infantado, de Negrete y de los generales franceses. Todo fue una disputa personal entre un soldado francés y otro español” (Cit. por Frazer, 2006: 58).
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