EMPEREUR, BIENVENU À L’ESPAGNE

Como una mañana cualquiera, bajé las escaleras de mi piso camino del Parque de Artillería. Iba preparado para lo que pudiera encontrarme después de los altercados del día anterior. Desde lo de Esquilache, me dijo mi hermano, en Madrid no se había vivido una revuelta igual.

         Los soldados sacados de sus cuarteles y los presos liberados de sus cárceles por el populacho, habían vuelto ya cada uno a su sitio. Y el vino obsequiado “voluntariamente” por los taberneros, estaba a punto de completar su ciclo vital, perfumando las calles y callejas, y haciendo maldecir a los bebedores el haber bebido tanto.

          Al tiempo que bajaba hasta el portal, iba tentándome los bolsillos de la casaca para encontrar las llaves del cofre del armero, sin conseguirlo.

          Al final recordé que la víspera abandoné el Parque para no volver, al llamado de la Junta de Artillería, así que seguro que debieron de quedar en manos del sargento mayor.

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          En eso me tropecé con el bueno de Braulio que andaba, como todos los días a esas horas, sacándole brillo al pasamanos de las escaleras.

          – Buenos días tenga, mi teniente.

          – Buenos días, Braulio.

– ¿Sá enterao de que nos vista el emperador de los franceses?

– ¿Qué me dices, Braulio?

          – Paece ser que se le debe estar haciendo chica Uropa, y que tié que venir aquí pa enseñorearse más, si cabe.

           – No, Braulio, lo que pasa es que, según un acuerdo firmado con el reino de España, su ejército cruzará la península para poder así invadir Portugal. Pero no creo que el mismísimo Napoleón sea el que dirija sus ejércitos.

          – Pue que sí, pero a mí me da que de la que van, lo mesmo se quedan.

          – No hombre, eso no será.

          – De momento parece que se encuentran a gusto. Que han llegao y no parece que arranquen.

          – Mientras se sepan comportar, es normal que se detengan para reponerse del largo viaje -le dije ya sin saber qué le podría contestar que le tranquilizara.

          – Pues comportarse tampoco. No se dan poco pisto esos señorones. Caminan como si fueran suyas las calles. Taconeando el piso con sus botas espejadas, y haciendo sonar las espuelas. Sujetado en la mano el sable, como si les fuera a hacer falta desenfundarlo. Con esa mirada desafiante. Como si le perdonaran a uno la vida. Manteniéndola fija hasta que el que es mirado baja la suya.

           – Ya sabe usted que en todos lados hay siempre alguno que, cuando se siente bien comido y se ve bien vestido, sale al mundo como si se lo fuera a comer; pero no se preocupe, que no muerden.

          – Si usted lo dice, mi teniente -dijo inclinando a un lado la cabeza.

          Me ajusté el bicornio y me despedí.

           – Que tenga buen día, Braulio -le dije mientras salía.

          – Lo mesmo, pa usté también -contestó volviendo a su tarea de darle lustre al pasamanos.

 

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO

 

 

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