SE DESATAN LAS FURIAS

               Estaba mi hermano asomado al balcón. Como tenía por costumbre, se había servido una copa de ron. Ron de la botella que nuestro padre había metido en mi equipaje para él, cuando lo preparaba en nuestra casa de La Habana, antes de partir. Lo había hecho sin que lo viera mi madre. La pobre siempre aborreció la bebida. Decía que era la causa de la condenación de muchos hombres y, de muchas familias.

               Pero, esta vez, mi hermano había dejado abandonada la copa sobre la mesa junto a un ejemplar de “El sí de las niñas”, por fumar pensativo apoyado en la barandilla del balcón. Y eso que la noche era fresca.

               – Ni se te ocurrirá salir a la calle -me dijo, girándose como si hubieran accionado un resorte.

               – Bueno -me justifiqué. He quedado en un café con unos amigos.

               – Sí. Eso, o plantarte ante el domicilio de cierta señorita, por si esta noche tiene a bien salir a contemplar la luna -dijo, sabiendo bien lo que decía-. Ni se te ocurra.

Hombre-joven-en-el-balcón_-1875_-Gustave-Caillebotte.jpg               – ¡Vamos! -José no solo era mi hermano mayor, también era mi superior-. Vamos, que ni que hubiera venido Madre.

               – Como si estuviera. Si algo te pasara sería a ella a quien tendría que rendir cuentas.

               – Pero qué puede pasar. ¿No tenemos ya nuevo rey? ¿No retienen preso al Príncipe de la Paz?

               – Así es. Pero las turbas han tomado las calles, y andan “confirmando” fidelidades a base de garrote y navaja.

               – No será para tanto. Querido hermano, chocheas.

               – ¡Búrlate! Pero que sepas que hace una hora han asaltado la casa que tenía Godoy en la calle Barquillo. Han tirado por la ventana todo lo que pudiera arder, y que no se pudiera escamotear en un bolsillo para luego vender, y le han prendido fuego en la calle en una hermosa pira.

               – Bueno. Pues en eso habrá quedado y ya se habrán calmado.

               – De eso nada. Lo último que he sabido es que ahora se dirigen a casa de Diego Godoy, su hermano -dijo para añadir muy severo-. Y ni una palabra más. Te quedas en casa, Rafael.

               – Pues si no te importa, te acompañaré con otra copa de ese ron.

               – Y de paso me acercas la mía. Que no sé dónde la he dejado.

© Miguel Reseco

© DIARIO DE UN ARTILLERO

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