ALMIRA

               Entre los muros de esta húmeda cripta no cabe nadie más, pero me siento tan sólo como si fuera el último hombre sobre la tierra. Aquí, los presentes, parecemos más muertos que los dos cuerpos que estamos velando. ¡Mis dos capitanes! Jamás estaré a las órdenes de nadie como vosotros.

              Sólo el responso que recita el párroco de San Martín rompe el pesado silencio que nos acompaña. Los gritos, disparos y cañonazos de la mañana debieron dejar embotados nuestros sentidos. Parece como si el silencio de ahora quisiera rompernos los tímpanos. Silencio. Hasta que uno de nosotros, ignorando al presbítero, se dirige al resto.

              – Habrá que irse, compañeros. Aquí lo único que hacemos es exponernos a acabar igual que ellos.

              Todos nos miramos, pero enseguida volvimos a bajar la mirada, sin contestar.

              Ahí están sin vida los que tan intensamente vivieron. Daoiz mostrando el orgullo del deber cumplido, como siempre hizo. Velarde, con la cabeza vuelta hacia él, fruto de haberse enfriado en mala postura. Bien pareciera que espera solícito una última orden.

              Pobre Rojo, mi compañero. Con su permanente censura desde que se enteró que andaba, como él dijo, en “ambientes conspiratorios”. Y eso no fue nada comparado con cuando supo que dedicaba las tardes a fabricar cartuchos de pólvora en mi cuarto de la calle Preciados. Empero, no dudó un instante cuando el capitán Velarde abandonó la junta de Artillería en coger otro mosquete del armero del cuerpo de guardia, y acompañarnos hasta el cuartel de Monteleón. Allí fue herido gravemente, luchando como un patriota más.

DaoizyVelardeporJoséNinyTudó

              Nunca pensé que la gloria fuera esto: esconderse para no ser detenidos. Y luego, una apurada fuga para no ser ajusticiados.

              – Nos prometieron no tomar venganza sobre los militares después de que entregáramos las armas -dijo uno.

              – Yo también lo entendí así. Pero se ve que el hideputa de Murat se lo ha vuelto a pensar.

              – ¿Y ellos? ¿Qué va a ser de ellos? -dice otro.

              El párroco, como el actor que hubiera estado esperando la señal para hacer su entrada, se incorpora, se quita la estola, besa la cruz y dice:

              – Esto ya hace tiempo que es asunto mío. Yo me ocuparé de que se dé tierra a estos héroes antes de que los herejes pisen la tierra sagrada de este camposanto. Ustedes váyanse, que aquí lo único que hacen es arriesgarse.

              Uno a uno, espaciando las salidas, se fueron despidiendo de los que esperaban turno y abandonaron la cripta. Hasta que salió el último.

              – Márchese usía también -me dijo uno de los enterradores sacándome de mis pensamientos-, que para lo que hay que hacer nos bastamos yo y este. Márchese mientras la noche le permita llegar a su casa sin que le detengan.

              Ciertamente no debía desaprovechar la oscuridad de la noche que ocultaría las marcas de pólvora de mi cara y manos que no había conseguido limpiar, y más todavía las salpicaduras de sangre de mis ropas. Bastante suerte había tenido de que con esas trazas me hubieran dejado abandonar libre el parque de artillería.

              Me abroché la casaca dispuesto a hacerle caso. Recompuesto, busqué en el bolsillo alguna moneda que darles, pero el que habló me cogió del brazo.

              – Deje usía, que con saber quiénes son los difuntos, vamos bien pagados.

© Miguel Reseco

© SOLO PERSONAS


Manuel Almira y Martín era escribiente meritorio del ramo de cuenta y razón de artillería, destinado en la Junta de Artillería. A pesar de las tajantes órdenes de José Navarro Falcón, coronel de la Junta de Artillería, de que ningún militar se inmiscuyera en ningún tipo de revuelta contra los franceses, aquel 2 de mayo de 1808, contraviniendo las mismas, el escribiente Manuel Almira, junto con el meritorio Domingo Rojo Martinez, acompañaron al capitán Pedro Velarde, cuando éste abandonó dichas dependencias para dirigirse al Parque de Artillería de Monteleón.

Según escribió Mariano Sáez y Romero: “herido mortalmente Daoíz, Almira facilitó la escalera de mano que le condujo a su domicilio de la calle de la Ternera y, cuando murió, procuró Almira el ataúd para guardar su cuerpo, que fue llevado a la iglesia de San Martín, y allí Almira reconoció entre otros cadáveres el del capitán Velarde, disponiendo asimismo, también, se le diese adecuada sepultura”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: