FORMAS DE VIVIR Y DE MORIR

            Se sabe que, durante las semanas previas al alzamiento del dos de mayo de 1808, los capitanes Daoiz y Velarde, junto con los escribientes Rojo y Almira, habían estado reuniéndose, unas veces en la chocolatería del pasadizo de San Ginés y otras en el café La Fontana de Oro de la calle de la Victoria.

            Los motivos de estas reuniones clandestinas eran claramente conspiratorios. También se veían en el piso de la calle Preciados, donde vivía Almira. Se dice que mientras hablaban ocupaban las manos en la fabricación de cartuchos de contrabando.

Mont2

            La mañana del dos de mayo de 1808 se dirigía el capitán Daoiz hacia el Parque de Artillería, su destino. Estaba al mando de una sección de artilleros que hacían guardia en un acuartelamiento ocupado por una compañía del ejército invasor, allí acuartelada.

            Caminaba rumiando el frustrado desafío de la víspera que, felizmente, quedó en las disculpas de un oficial francés faltón, que a punto estuvo de tener que cruzar su sable con el de Daoiz.

            Cuando se acercaba pudo escuchar el jaleo de los vecinos que a las puertas del cuartel estaban concentrados. Reclamaban armas para luchar contra los franceses, gritándoles si es que no había dentro del cuartel hombres que supieran defenderles.

            Al ser avisado de su llegada, el teniente Arango acudió a darle novedades, aliviado de tener en quién ponerse a las órdenes. Arango le informó del excitado estado del oficial francés. Este pedía una rápida acción contra los civiles que gritaban fuera y aporreaban las puertas, de no querer que fueran él y sus hombres quienes tomaran medidas.

            Para incendiar todavía más la situación llegó el capitán Velarde, que había conseguido que le acompañara una compañía de Voluntarios del Estado y una partida de exaltados patriotas. Con esas fuerzas, y sin que Daoiz lo supiera, consiguió convencer al capitán francés de permitir, por su seguridad y la de sus hombres, ser desarmados y custodiados en las cuadras del cuartel, en tanto se normalizaba la situación.

            Cuando Daoiz se enteró, a punto estuvo de arrestar a Velarde.

            – ¡Jamás, Pedro! ¡No vuelvas a dar una orden sin consultármelo antes!

            Los golpes de los vecinos retumbaban en sus sienes, mientras las razones que Velarde le daba le abrasaban por dentro.

            Un militar es el pueblo en armas y, como tal, debe defenderle de cualquier amenaza. Por otra parte, la más principal hazaña es obedecer, como dijo Calderón, y el mando ordenaba no secundar al pueblo sino, muy al contrario, emplearse como fuera necesario en contenerle.

            Como un león enjaulado daba Daoiz vueltas por el patio apretando en la mano las órdenes recibidas, que acabó arrojando al suelo para desenfundar el sable y ordenar abrir las puertas al pueblo.

            El capitán Daoiz había oído hablar de los fantásticos militares del lejano Japón. Le contaron que seguían un código[1] que les obligaba, para morir con honor, antes de caer en manos del enemigo, volviendo contra sí su sable y clavándoselo en el vientre.

            Daoiz escogió sacar los cañones a la calle y morir matando.

Miguel Reseco


[1] Bushido

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