EN SU MISMA LENGUA

                Desde muy temprano mis hermanas y yo andábamos alarmadas por el bullicio que se sentía fuera del convento. Incluso la priora no dejaba de recorrer todas las estancias sin separarse de la subpriora, insistiendo en que abandonáramos los cuchicheos y pusiéramos mayor celo en nuestras obligaciones, pero sin abandonar por ello su semblante preocupado.

                Desde que el Príncipe de la Paz ordenó que el palacio de Monteleón fuera destinado a parque de artillería, el barrio se había vuelto más ruidoso. Pero lo de esta mañana no se parecía a lo que estábamos acostumbradas a escuchar. Y no podía evitar que el tumulto me trajera el recuerdo de la persecución que sufrimos todos los religiosos en mi país tras la Revolución. Esa persecución me trajo a España buscando refugio, huyendo de la prisión, la tortura y la muerte, que allí me esperaba. Al fin, para una religiosa no hay más patria que Nuestro Señor.

barrio37                Pero esta mañana tuve miedo. El Emperador había conseguido derrotar a los ejércitos de los reinos más poderosos de Europa. ¿Sería este el momento de España? me temía. Y acerté.

                Tres cañonazos que sonaron casi al unísono hicieron caer las velas que alumbraban al Santísimo. Poco después llegaron los disparos de mosquete y, en seguida, la calle comenzó a llenarse de muertos y heridos franceses.

                La madre abadesa ordenó que abrieran las puertas y que introdujeran a los heridos. Pronto hubo que baldear el suelo para no resbalar.

                Él era un niño. El vendaje que le hice cubriéndole la frente consiguió que dejara de sangrar; pero entonces descubrí otra mancha de sangre que atravesaba su uniforme a la altura del pecho. Le abrí la casaca y coloqué mi mano taponando la herida, gritando para pedir ayuda. Sentía su corazón latir como si lo estuviera apretando entre mis dedos.

four-nuns-001                El soldado se retorció como si una punzada le atravesara. Y abrió los ojos.

                – Pardonnez-moi , je ne voulais pas faire du mal.

                Musité en un hilo de voz. Me miró fijamente, pero no me trasmitió dolor, ni miedo, solo desamparo.

                – Ma mère!

                Me dijo. Yo pasé mi mano libre bajo la cabeza del herido abrazándole, y una lágrima brotó de cada uno de mis ojos.

                – Ma mère! Pourquoi pleures-tu?

                Dijo, y luego cerró los ojos para no abrirlos más.

© Miguel Reseco

© Ronda por el Madrid del Dos de Mayo


Esa mañana, el ruido del combate en el vecino Parque de Monteleón sembró de terror a las monjas del Convento de Maravillas. Las religiosas mayores se resignaban a lo que pudiera depararles el destino, las más jóvenes quisieron huir. El padre Rojo, que se había acercado al convento para dar la comunión a las monjas, quiso ayudar a las que querían escapar abriendo la cancela; pero al ver la matanza que había causado la última andanada entre los soldados imperiales que por la calle avanzaban, no quisieron salir. El padre Rojo, ajeno a los disparos, comenzó a poner al resguardo de los muros del convento a los soldados heridos, ayudándoles a entrar. Las hermanas vendaban a los heridos y les daban de beber.

Sor Pelagia Revut era una monja que había venido a España huyendo de la persecución que en Francia se dio tras la Revolución. Atendió a los soldados consolándoles en su idioma. En el otro lado del convento, asomada a una reja que daba frente al Parque, la hermana Eduarda de San Buenaventura animaba a los soldados españoles, y les arrojaba escapularios y estampas.

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