ELOY, QUE SIGNIFICA ELEGIDO

          Hace frío. Varias veces he tenido la intención de ponerme algo más de ropa, porque temo que quien pueda verme tiritar tome mi temblor por miedo. Pero después he rechazado la idea de abrigarme ya que, cuando todo empiece, dejaré de tener frio y toda la ropa de más solo me estorbará. Pero ¡joder, qué frio hace!

          ¡Qué vida más perra! ¿Quién imaginaría que un expósito como yo, pudiera acabar muriendo tan lejos de España, en Cuba, y como un héroe?

          Ya nadie me llamaba así, pero nunca dejaría de serlo.

eloygonzalo2          En el ejército todos me conocían por mi nombre: Eloy Gonzalo; pero siempre me tropezaba con alguien que me recordaba lo de expósito o lo de inclusero. Así es como me llamaban los niños de los pueblos en los que pasé mi infancia, arrastrado por aquel matrimonio que por una miseria tuvo a bien acogerme. No eran malos, pero tampoco eran buenos. Y los niños, menos.

          Pronto la luna se ocultará tras esa nube enorme que asoma tras los cerros, dejando a oscuras los tiroteados restos del pueblo de Cascorro, ese será el momento de emprender la carrera.

          Mientras tanto he de aprovechar para memorizar el camino que casi a ciegas debo seguir. Y repasar mi equipo. Sujeto a la espalda, para que no me moleste, llevo mi bayoneta reglamentaria, afilada como para afeitar a toda la compañía. Del hombro cuelga la cuerda, uno de cuyos extremos iré soltando según avance; el otro lo he atado firmemente a mi cintura. El chisquero, en el bolsillo. Un palo, que con un jirón de la camisa convertiré en tea para dar fuego al reguero de petróleo que servirá de mecha.

cascorro1          Cuando me den la señal, colocaré bajo el brazo la lata de petróleo que ahora descansa a mis pies. Quisiera llevar también conmigo mi Mauser, pero me resultaría muy embarazoso para lo que he de hacer. Cuando todo comience a arder, la luz del fuego me convertirá en un blanco fácil. Solo podré confiar en mis piernas, en la mala puntería de los mambises, y en la buena de mis compañeros.

          – Llévate esto -me dice el sargento, ofreciéndome un revolver, como si hubiera adivinado lo que estaba pensando -. Ya me lo devolverás cuando vuelvas.

          – ¿Y si no vuelvo? -objeté.

          – Tampoco se perderá mucho -dijo guiñándome un ojo.

          ¡Cómo pude ir a fijarme en semejante mujer! Aún más, ¿cómo pude llegar enamorarme de ella? Solicité la licencia de matrimonio y me la concedieron. A punto estuve de casarme con ella, pero no lo hice. A punto estuve de matar a aquel teniente, pero ella no se lo merecía. Ella. Lo que ella sí consiguió fue que acabaran mandándome a Cuba: o eso, o doce años de prisión militar por insubordinación y amenazas.

          La idea del capitán podría no resultar, pero había que hacer algo. Nos estaban matando como a chinches y a tal velocidad que, cuando llegara la ayuda esperada muy bien podrían no encontrarnos a ninguno vivo.

          – ¿A cuánto estamos hoy? -pregunté.

          – No sé. ¿Qué más da un día un otro? –me contestó el sargento.

          – Sí que da, mi sargento –le repliqué-. Si no acaba siendo la fecha de mi necrológica, a partir de ahora será mi número de la suerte.

          – A nueve –dijo el capitán-. Nueve de octubre -añadió.

          ¿Quién mejor que yo? Yo no tenía a nadie. Nadie lloraría mi pérdida porque no había nadie que fuera a perderme. Así lo dije cuando solicitaron voluntarios.

          – Sólo pido –dije-, que si no vuelvo tiren de esta cuerda. No quiero que esos mal nacidos se diviertan jugando a dar patadas a mi cabeza antes de clavarla en una estaca.

bill          El tiempo pasaba lento. Sentía como si cada par de ojos que a esa hora pudieran permanecer abiertos estuvieran fijos en mí, los de los míos y los del enemigo.

          – ¡Toma, fúmate uno! -le dijo el capitán ofreciéndome un veguero-. Y ten cuidado, no se te apague, antes de pegar fuego al bohío.

          – Con todo el respeto, mi capitán, si voy con el cigarro encendido, alguno de esos encontrará entretenimiento en hacer puntería en la brasa –lo rechacé adelantando una mano-. Encenderé la tea que llevo, con mi chisquero.

          – Tienes mucha razón, muchacho –contestó el capitán-. Tómalo de todas formas, te lo fumas cuando vuelvas.

          – Tendré entonces que volver para que no vuelvan a acusarme de insubordinación –dije guardándomelo en el bolsillo de la camisa. Nadie contestó.

          La oscuridad se hizo total, el capitán buscó la luna en el cielo y no la encontró, entonces le hizo al sargento una señal con la cabeza y dijo: ¡Ya! El sargento me puso la mano en el hombro, y susurró: ¡Venga! Le entregué al sargento el otro extremo de la cuerda, desenrosqué unos metros que dejé caer al suelo, me santigüé, afiancé la lata al costado y salté el parapeto. Una vez arriba, empecé a correr y pronto me envolví en la oscuridad.


 

Eloy consiguió llegar hasta las posiciones de los rebeldes sin problemas, volar el bohío desde el que causaban tan graves daños a su guarnición y regresar ileso a su posición. Así que tuvo ocasión de sentarse en el borde de la trinchera a fumarse un habano, mientras veía las llamas del incendio que había provocado.

La llegada de una columna española pocos días después permitió que la posición fuera liberada. Pocos meses después, una enfermedad acabó con la vida de Eloy, impidiéndole disfrutar del reconocimiento popular y de las recompensas por su heroica acción.

©Miguel Reseco

©SOLO PERSONAS

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