EL VALOR DE LA PALABRA

          No era la primera vez que dormía bajo el ángel[1], ni fue la última; pero esta vez se me estaba haciendo la más larga. Y es que las noticias que llegaban de fuera eran insoportables para los que cuando nos ofenden no sabemos dónde guardar las manos.

alvarez colmenar

          Acababa de casarme con la Lola, con esa no valía otra cosa. Los que la conocéis, sabéis lo que digo. Poco duró la luna de miel, ya que el dueño de unos paños que yo me había encontrado y que buenas monedas me procuraron, tuvo la mala sombra de querer recuperarlos. ¡El muy canalla! Así que no les extrañará que les diga que sentía cómo los barrotes me separaban la carne de los huesos.

          ¡Tuerto, lléname el vaso que este cuento es largo!

          Lo que me contaba mi Lola desde la calle cuando venía a verme, y a tirarme una rebanada de pan con un poco de tocino envueltos en un paño a través del tragaluz de mi calabozo, era que los franchutes andaban por las calles de Madrid, como si fueran los dueños. Que cuando entraban en los colmados hacían salir a los parroquianos, y que cuando se marchaban hartos de trasegar Valdepeñas, lo hacían sin pagar lo bebido y con gran destrozo de vajilla y muebles. También me decía que sobaban con descaro a las mozas con las que se cruzaban. Y que a aquel que se atrevía a afearles el hecho, le abofeteaban. Que de las iglesias habían hecho sus cuadras y sus letrinas. En fin, vosotros sabéis.

          Finalmente llegó el día. El dos de mayo. Lo digo para esos que acaban de arrimarse y no saben de lo que estamos hablando. Y ya sabéis de qué año. Los gritos que nos llegaban de fuera, eran sofocados por los arcabuzazos y por algún que otro cañonazo como los que solían disparar en Palacio el día del santo del Rey Viejo. A los muchachos y a mí no nos llegaba la camisa al cuerpo pensando unos en su mujer y sus hijos, otros en sus padres y hermanos.

          Les hablé. Dije que si éramos hombres o qué éramos, ellos me miraban sin creer lo que les decía. ¿Qué quieres que hagamos aquí encerrados como estamos? Me contestaron. Les dije que escribieran sus nombres en un trozo de papel, del de empaquetar tabaco, aquellos que se animaran a salir a matar franchutes si yo conseguía que nos dejaran salir. Y me marché a hablar con el jefe de los guardas con el papel en la mano. Los muchachos se quedaron convencidos de que no me harían caso, que volvería con el papelito sellado con una patada en el trasero.

antiguas-carceles-matarranya5b15d          Pedí hablar con el alcaide en mi nombre y el de mis compañeros. Le dije que poco era lo que se estaba armando fuera para la que íbamos a liarle dentro si no nos dejaba salir. ¿Volveréis? Me preguntó. Tiene mi palabra. Le respondí.

          No salimos todos. Se ve que los había, que todo lo que tenían que proteger de los gabachos, lo tenían dentro, con ellos. No salimos todos; pero los que lo hicimos nos sobramos para ponerles las cosas difíciles a los franceses y llevarnos un buen puñado de ellos por delante.

          El cañón que los franceses, oliéndose la tostada, habían colocado en la plaza Mayor no fue difícil de tomar. Un par de pinchazos a cada uno de los artilleros en las nalgas, y antes de lo que se tarda en decir Jesús, según cuentan, se les vio por Toledo. De camino se debieron de encontrar con un escuadrón de dragones que venían al galope derechitos a nosotros. No tuvimos más que dar fuego al cañón y como bolos rodaron por el suelo caballos y caballeros.

          Ahí nos separamos. Cada uno tiró para lo suyo uniéndose al motín como pudo por el camino. De lo que cada uno hizo nunca hablamos. Y de lo que yo puedo presumir es de que nadie faltó a su palabra excepto uno, que esa noche la lista de retreta la pasó con San Pedro. Bueno, y yo, que volví con el sol cuando dejaron de escucharse disparos. Y es que yo la retreta la pasé con la Lola.

*             *             *

Yo Francisco Xavier Cayón, abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros.

© Miguel Reseco

© SOLO PERSONAS


[1] En Madrid se entendía por dormir bajo el ángel a pasar la noche bajo arresto, en la cárcel de la provincia, debido a la estatua del ángel que hay sobre la puerta del palacio de justicia, que todavía hoy se puede ver.

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