CUANDO MARTIN PERDIÓ LA CAPA

El pisaverde que acaban de poner junto a Martín no debe ser muy mayor; pero está tan gordo y viste tan apretado, que parece que la cabeza va a salirle disparada como el corcho de una botella de vino que no ha terminado de fermentar.

– ¿Cuándo nos van a liberar? -le pregunta.

Martín se le queda mirando, pero no contesta.

– Bueno. Por algo nos han separado de los demás -dice algo molesto por la mirada de Martín-. A alguien conocerá usted. ¿No?

SorrollaA sus treinta años, Martín ya ha visto mundo. Hace casi los mismos que salió de su puebluco montañés. Val de Tor, se llamaba, ya casi ni se acuerda. Ha recorrido mundo y lo ha corrido también. Hasta que se casó. Desde que pasó por la vicaría, solo ha cumplido con su trabajo y con su mujer. Su fortaleza natural le permitió acceder a un puesto de cantero en la Real Florida que le ha permitido tenerla como a una reina. Así es como ella se siente.

Hoy ha sido un día raro. Cuando se estaba dando un agua para desperezar el sueño, escuchó voces subir desde la calle. Antes de asomarse ya sabía que había motín. Desde que los franchutes tomaron Madrid, se comportaban como si fueran sus amos.

Había llegado el momento. El coraje se le apretó en las sienes y nada pudieron las súplicas de su mujer, ni que se cruzara en la puerta de la casa para no dejarle salir. Él, que nunca le había negado nada.

– No es eso, caballero -le contesta Martín-, no es eso. Usía no se ha enterado de que nos han diezmado.

– No, señor mío. A mí me van a liberar. Usted no sabe quién soy yo.

– Lo malo es que quienes no lo saben son esos gabachos. Pero vaya usted preparando las explicaciones para quienes nos van a recibir allí arriba -contesta buscando inútilmente entre las nubes alguna estrella.

Cada vez que la pareja de marinos de la guardia une un candidato más a los que formarán ante el pelotón, empuja a Martín o le tropieza. Se ve que se siente muy valiente ante un fortachón como Martín, sabiéndole atado y vencido. Martín lleva sus manos atadas hasta la faja, pero el dolor que le producen las ligaduras le recuerdan que ya no lleva consigo su navaja. Entonces, resignado, busca entre la pelambrera que asoma por la abertura de su camisa, una cruz de la que nunca se desprende.

– ¡Cuídala! -musita-. Tú, cuídala a ella, de mí ni te preocupes.

El pisaverde que, ahora suda copiosamente fruto de la desesperación que ya le asalta, le mira sin entender con quién habla.

Martín de Ruicavado murió fusilado a las cuatro de la mañana del día 3 de mayo de 1808, junto a otros 42 patriotas, frente a las tapias de la Montaña del Príncipe Pío.

© Miguel Reseco

© SOLO PERSONAS

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2 comentarios to “CUANDO MARTIN PERDIÓ LA CAPA”

  1. Crisanto Says:

    memorable.
    Rtw ya.

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  2. Amaya Says:

    ¿Cómo puedo contactar con el autor de este blog? Preparamos programa especial del Dos de Mayo para Telemadrid. ¿Escribes al mail que facilito o llamas al 638023551 o al 916572511 y preguntas por Amaya?

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