COMO MANDA EL MÍNIMO DECORO

          – Ya le he dicho que no, don Pedro. No le abro.

          – Pero mujer, no me oye que le digo que vengo herido.

          – He dicho que no.

          – Que no la miento. Que me se está yendo la vida entre los dedos –don Pedro toma aire para continuar-. Pero ¿no se ha enterado de que hay motín contra los franceses? ¿No ha oído los gritos que vienen de la calle?

          – Sí que he oído los gritos. Y también los tiros. Y algún que otro zambombazo. Pero es que usted no se da cuenta de que me pierde. Que soy soltera, y que estoy sola. No, no le puedo dejar entrar.

          – Pero mujer, que me muero aquí mismo.

          Cuando doña Teresa, maestra de niñas, descorre todos los cerrojos y abre la puerta, descubre a don Pedro Blázquez, también docente, profesor de primeras letras. Tiene una mano, apretándose el costado, que apenas consigue detener la sangre que gotea abundantemente. La otra mano le sirve para apuntalarse contra el marco de la puerta. A pesar de ello, la estampa que presenta el hombre, a la maestra se le antoja muy parecido a uno de esos héroes heridos, de los clásicos que tanto gusta leer.

          – ¡Pase hombre de Dios! ¡Pase! Que habrá que curarle.

– Recoja esa sangre primero –dice el profesor señalando el charco que se ha formado a sus pies-. ¡Haga usted el favor! Que nos delatará si vienen.

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          Doña Teresa no le hace caso, hasta no haberle acomodado en un fauteuil, de la salita que hay junto a la entrada. Luego cubre el charco con una vieja estera, ya fregará el suelo más tarde, lo más urgente es curar al herido.

          – ¿Cómo viene usted así, hombre? –le riñe la maestra-. Tendrá que quitarse la camisa. ¡Espere que le ayudo!

          – La mala suerte –dice el maestro repuesto de tenerse que desnudar delante de ella-, doña Teresa.

          – ¡Ah, que me conoce! – dice ella amoscada.

          Don Pedro sofoca una risita, por no hacerse más sangre.

          – Y también donde vive –remata don Pedro-. En nuestro gremio, doña Teresa, nos conocemos todos.

          Lo cierto es que don Pedro ya se había fijado en ella, y había hecho que le informaran, antes que nada, de su estado civil.

          – Pues no sé yo si por eso debería arrepentirme de haberle dejado pasar –replica fingiendo una preocupación que su actitud no parece demostrar-. ¡Bueno! Y dígame, ¿cómo ha hecho para conseguir parecer el caballo de un picador?

          Doña Teresa, a la que el torso ya desnudo de don Pedro, le recuerda el de las esculturas de la Academia de Bellas Artes, que acostumbra a visitar, se gasta un tono de maestra que no le resulta nada cómodo a él.

          – Me he ido a dar de bruces con un soldado francés, y ante la posibilidad de que me disparara si echaba a correr, me he tirado encima suyo.

          – ¡Muy sensata la medida -ironiza- ¿Pero qué hacía usted en la calle? ¿No se dio cuenta de la que estaba cayendo?

          – La verdad es que el tumulto me sorprendió saliendo de la Biblioteca Real -explica él-. Cuando estaba fuera, me uní a otros que presenciaban inmóviles el espectáculo que se representaba ante el Palacio Real. Allí, por intentar auxiliar a un servidor de palacio, que cayó herido, conseguí que un granadero francés la tomara conmigo. Conseguí zafarme de él, y decidí volver a mi casa. Por desgracia, de camino, a pocos pasos de su portal, como antes le contaba, fue cuando me tropecé con el soldado francés. Intenté herirlo con mi cortaplumas, pero él se defendió con su bayoneta. Mis pinchazos en su cuello me permitieron darme a la fuga. Y aquí estoy.

          Tras el periodo de noviazgo que mandaba el decoro, y las amonestaciones que mandaba la Santa Madre Iglesia, un año después, doña Teresa tomaba por esposo a don Pedro Blázquez, y don Pedro a doña Teresa Miranda.

©Miguel Reseco

©Solo Personas

Blazquez

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