USO Y ABUSO DE LA NAVAJA

En la mitad del barranco,
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
FEDERICO GARCÍA LORCA

Según escribe Fernández de los Ríos, en su Guía de Madrid (1876), Carlos III firmó, con fecha 26 de abril de 1761, una pragmática, por la que prohibía “con gran rigor el uso de armas cortas de fuego y de armas blancas, bajo pena de seis años de presidio a los nobles y seis de trabajos en las minas a los plebeyos”.

Riña en la Venta Nueva

De modo que comenzó a extenderse el uso de una herramienta que pudiera cubrir la necesidad que quedaba sin resolver. Para el día a día, y para las grandes ocasiones.

Carga de los mamelucos_ Detalle“…una vez salió a defender el país [la navaja] y casi se hizo espada. Fue en 1808, cuando el francés andaba Madrid tocando el culo a las residentes con la arrogancia de los que baten tierra rendida. La lucha empezó temprano el dos de mayo, cuando los soldados de Napoleón quisieron sacar al infante Francisco de Paula del Palacio Real. Avisó el cerrajero José Blas de Molina y el pueblo se levantó sacando las carracas y el gobernador Joaquín Murat ordenó a los artilleros de la Guardia Imperial que respondieran con fuego. Salieron los mamelucos de los cuarteles de Carabanchel, a matar desde el caballo, eran turcos bregados en la batalla de Austerlitz. Los vecinos les dieron cara y pelearon en bulto, en la calle, como sabían, y se metieron debajo de las patas de las bestias para acuchillarles los adentros y desmontar a los jinetes, a los que destriparon en el suelo pasándoles a rejón.
Aquella jornada aprendieron los soldados profesionales que en el follón incierto una chaira era una espada corta y la cogieron tanto miedo que en la represión que sucedió al levantamiento detuvieron a cualquiera que llevase un filo casual. Le ocurrió a Manuela Malasaña, que era por cierto hija de un panadero francés de apellido Malesange, a la que sorprendieron ocultando unas tijeras en el faldón, entre otras cosas porque era bordadora, y la pasaron por las armas. La enterraron en el hospital para pobres de la Buena Dicha. A la mañana siguiente, Don Bartolomé Muñoz de Torres, del Consejo de Su Majestad, sacó bando ordenando a los alcaldes recoger todas las armas blancas, “en las quales es bien sabido que se comprehenden los puñales”. El ejemplo, sin embargo, cundió en el sur, donde los rebeldes desmontaron en las sierras a los coraceros franceses con garrochas de la res en cuyas puntas habían sujetado navajas. A los jinetes caídos les castraban y les colgaban desnudos de los olivos, quietos de muerte para que Goya pudiera dibujarlos. Le dicen también a la navaja la Capaora“.

Extractado de La espada del barrio, de Martín Olmos.

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