OCHO DUCADOS, UNA ONZA SON

Durante la batalla de Pavía, el rey francés Francisco I, viendo su ejército perdido, intentó emprender la huida. Quiso la suerte que el disparo de un arcabucero consiguiera derribar el caballo del rey, y que en su caída atrapara con su cuerpo la pierna del monarca. Incapaz de librarse, dio tiempo a que un soldado imperial, llamado Juan de Urbieta, llegara hasta él, e ignorando de quién se trataba, le hiciera preso. Viendo que su vida se escapaba ante el hierro que le amenazaba, el rey suplicó: ¡La vida, soy el rey! ¡No me rindo a ti, me rindo al emperador![1] Y así lo hizo, una vez concluida la batalla, fue llevado ante Calos I, al que entrego su espada y su manopla derecha.

PAVIA%20francisco%20i%20cae%20del%20caballoFrancisco I fue llevado preso a Madrid, pero tratado como correspondía a su posición y parentesco con el emperador. Tras acceder a firmar un más que generoso tratado con Carlos I, y una vez que se recibió el rescate impuesto, fue devuelto a  Francia. Ya en casa, Francisco incumplió todos los términos del acuerdo que pudo.

Casi trescientos años después, al vil Murat, jefe de los ejércitos de Napoleón, que andaba por Madrid, invadiendo, como el que no quiere la cosa, expresó el capricho de su amo de recuperar la espada de Francisco I.

Le sería muy grato poseer la espada que perteneció a Francisco I.

Esto dijo el carnicero. ¡Qué más quería Fernando Séptimo! ¿Qué no habría hecho por satisfacer al Le Petit Bâtard?

Que importa un trozo de hierro más que menos.

Contestó. De modo que a 26 de marzo de 1808 se hizo la entrega a los franceses. Pero hubo un error, al parecer había una segunda espada, también perteneciente al rey francés, que un tal Marco de Aldama, había regalado a Felipe II treinta años después. Según declaró, su padre Juan de Aldama, que había participado en la batalla de Pavía la había tomado como botín de guerra en el campamento enemigo. Esta espada esmaltada y recubierta de oro no podía ser la que utilizó el rey para rendirse después de la batalla, sino la que usaba el rey en la corte. Nadie descubrió el error y el hortera de Murat, se la llevó a Napoleón todo orgulloso.

Fernando, en gloria estés, España y Francia eran aliados, devolver un trofeo de guerra, en esas condiciones no era diplomacia, era bajada de pantalones.

Miguelreseco

[1] Cuentan las crónicas que en esas estaban cuando un arcabucero español se acercó al monarca francés y le dijo: “Señor: Vuestra Alteza sepa que ayer, cuando supe que la batalla se había de dar, hice seis balas de plata para vuestros caballeros y una de oro, para vos. De la de plata, yo creo que cuatro fueron bien empleadas, porque no las eché sino contra sayo de brocado o carmesí… La de oro, la veis aquí y agradecedme la buena voluntad, que cierto deseaba daros la muerte más honrosa que a príncipe se ha dado. Pero, pues que no quiso Dios que en la batalla os hubiera visto, tomadla para ayuda de vuestro rescate, que ocho ducados son una onza”.

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3 comentarios to “OCHO DUCADOS, UNA ONZA SON”

  1. José María Cortés Torrico Says:

    Bochornoso espectáculo tuvo que ser la devolución de la espada que se hizo con toda la pompa posible por las calles de Madrid. ¡Lamentable rey felón!
    Gracias maestro cerrajero por tu blog y ánimo.

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  2. Salvador Luque Says:

    Interesante, educativo, ameno y divertido.

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