L’AS DE TREFLE DE JOSEFINA

Joaquím muratDesconozco si es común a otros pueblos esa costumbre que tenemos en España de castellanizar los nombres y títulos extranjeros, de forma que los hagamos más próximos, rebajándoles la graduación, incluso poniendo un poquito en ello de socarronería. Uno de los casos que más me gusta es el de Joaquín Murat, el cuñadísimo de Napoleón, al que Arturo Pérez-Reverte describió así en su “La Sombra del Águila”.

El mariscal Murat, emperifollado como para un desfile, se cuadró con un taconazo. Iba de punta en blanco, con uniforme de húsar y entorchados hasta en la bragueta. Se rizaba el pelo con tenacillas y lucía un aro de oro en una oreja. Parecía un gitano guaperas vestido por madame Lulú para hacer de príncipe encantado en una opereta italiana.

Pero el mote al que me refería, es el que le dieron los madrileños. Lo registró Ramón de Mesonero Romanos en sus “Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid”.

El ejército francés se había convertido en boca de los manolos, los chisperos o los majos de los barrios más populares de Madrid en una mera tropa de gabachos o franchutes. A Napoleón le llamaban el Corso Bona o Malaparte y a Murat el Gran Troncho de Berzas (¿por su título de Gran Duque de Berg? ¿O quizás por sus magníficos y bien cuidados tirabuzones?)

Lo uno con lo otro, me parece a mí.

geschichte_josephine_de_beauharnais4_01Desde luego que es una bonita colección de apelativos, aunque en el caso de Napoleón eran mucho más crueles sus compatriotas. Pues al parecer, el entonces teniente Louis Hippolyte Charles, en ausencia de Napoleón, tenía la costumbre de cuidar del jardín de madame Josefina. Por este motivo, Napoleón recibió el apelativo de le géneral cornaparte.

Josefina era seis años mayor que el Petitín Perator, y llegó al matrimonio como viuda de otro anterior, con dos hijos, pobre como las ratas, pero con una capacidad en el lecho, suficiente como para dejar al corso más que satisfecho, pero a ella con ganas de más. Saber de las inevitables infidelidades de su reciente esposa, por una parte le ponía muy celoso y por la otra aumentaba su fogosidad. Tal era su pasión que solía despedirse, en sus ardientes epístolas, con un J’embrasse ta petite forêt noire, que me niego a traducir. Desde luego que este hombre tenía tanta habilidad para componer frases, como para descomponer gobiernos.

A lo que no me resisto es a aprovechar la ocasión para referir lo que se cuenta de su noche de bodas. Bien, pues dicen que cuando el general dispuso su artillería, el perrito de Josefina, llamado Fortuné, al creer amenazada a su ama, hincó sus dientecillos en las tiernas posaderas de Napoleón, lo que provocó tal grito, que Josefina pensó que el general se iba del baile, sin que ella hubiera bailado una sola pieza.

Miguel Reseco

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