YO, JOSÉ BLAS MOLINA

 galeria3_RETRA25peq           Si nunca fui de ir a misa, Dios me perdone, menos fui de confesiones. Así que, si no lo hago bien, ustedes disimulen.

            Cierto es que fui del partido fernandino. Algo había que ser para luchar contra el mal gobierno de un arribista, para acabar con el reinado de un necio.

            Mi oficio de maestro cerrajero me dejaba vivir honradamente, pero nunca desprecié las dádivas que de los más poderosos recibía, ayudando a allanar la senda por la que los patriotas queríamos caminar.

            Por eso estuve con muchos otros en Aranjuez. ¡Muera el Choricero! gritábamos, ¡Abajo el tirano! Cientos de vecinos y de forasteros como yo, nos lanzamos a la calle portando palos y antorchas en busca de Manuel Godoy, el todopoderoso valido del cuarto Carlos. Algún pinchazo mío se debió de llevar en las posaderas. Entre todos conseguimos apartar de nuestras bolsas las manos de ese menistro de los demonios, y rodear sus muñecas con unas bonitas pulseras. Aquella fue una jornada m071terrible, que pudo haber acabado en matanza. No fue así, ¡bendito sea Dios!, pero conseguimos lo que queríamos: deponer al Príncipe de la Paz y, como si se tratara de naipes, la abdicación del inútil rey Carlos y el esperado ascenso a la corona de su hijo Fernando.

 

            Pocas semanas después, amaneció el dos de mayo. En los alrededores de Palacio, había más gente que de costumbre. Aunque fuera día de mercado, aunque la víspera hubiera habido feria, había mucho forastero que no tenía trazas ni de comprar ni de vender nada. Parecía que alguna razón ajena a estas les hubiera convocado, y así era. Con las primeras luces, dos carrozas que salieron de las cocheras reales pararon ante la puerta del Príncipe.

m101            Cuando llegué con los bravos que ese día me habían de asistir en mi cometido, ya había salido una de las carrozas, llevándose a la reina de Etruria.

            Angustiado por las consecuencias de mi retraso, no me paré en varas y metí la cabeza por la ventana de la carroza que quedaba. Para mi tranquilidad, todavía estaba vacía. Por suerte, “El Infantito” seguía dentro de Palacio. Alzado sobre el estribo del carruaje, como estaba, grité: “¡Traición!, ¡Se llevan al Infante!, ¡Traición!”. El grito recorrió toda la plaza de garganta en garganta.

            Bastó una mirada para que los míos supieran de mis miedos y con sus navajas cortaran los tiros de los caballos. Yo no llevaba la mía. Dios me dio una mujer que no daba puntada sin hilo, y como se olía la tostada, me la había escondido.

Fue entonces cuando a un balcón se asomó un sirviente de Palacio gritando: “¡Españoles a las armas! Que se llevan al infante”.

            Siguiéndome enfervorecido, un grupo penetró tras de mí en Palacio. Fue fácil: al fin, los pobres centinelas, desprovistos de munición por orden de sus superiores, no ofrecieron más resistencia que la que podrían haber mostrado un par de soldaditos de plomo. El infante accedió a recibirnos. Con una majestad que nunca vimos en su padre, inducido por sus preceptores o algún menistro, nos pidió serenidad y nos rogó que saliéramos a tranquilizar a los madrileños, que no provocáramos más alarma. Una vez fuera, le vimos saludarnos desde un balcón. Incluso nos tiró un beso. La gente gritaba emocionada.

m151            En eso llegó un enviado de Murat, vino lleno de chulería para decirnos que volviéramos a nuestros quehaceres. Inflamado de una ira que me era desconocida, grité: “¡Matadlos! ¡Que no entren en Palacio!” La intervención de un oficial de las Reales Guardias Walonas, les salvó la vida.

            Sin darnos cuenta, un grupo de granaderos de la Guardia Imperial, se abrió paso hasta la puerta del Palacio. Hicieron fuego sobre las cabezas de los que allí estábamos. Como no nos marchábamos se retiraron, dejando al descubierto tres cañones que habían emplazado tras ellos y que sin aviso previo dispararon sembrando la plaza de muertos.

            Como cuando entra la zorra en el gallinero, empezamos a correr en todas las direcciones. Yo también quería escapar, y empujé, salté y corrí huyendo de tanta muerte, siguiendo la tapia de la huerta del convento de Santa Clara. Todos querían subir hasta la Puerta del Sol, desde donde nos llegaba ruido de combate y hacer allí frente a los franceses. Convencí a los que me rodeaban, para dirigirnos hasta el cuartel de Monteleón, donde sabía que había armas con las que poder hacer frente a los gabachos.m16

            Fuimos evitando las calles donde sabía que había destacamentos franceses y rodeando las casas donde se alojaban sus oficiales. A aquel que nos encontrábamos, se le despachaba sin esperar a saber si se rendía. Tal era el odio que sentíamos. Nos hacía comportarnos como fieras. Y por cada francés muerto armábamos a un hombre, o mujer, que en algunas partidas superaban a los varones, en número y arrojo.

            Al llegar a Monteleón los militares nos abrieron las puertas y nos armaron. Muchos se excusaron y volvieron a la calle a defender a los suyos; otros permanecimos en el cuartel. Allí nos hicimos fuertes y resistimos hasta tres embestidas de aquellos carniceros. Cuando las puertas cayeron, los que anduvimos más despiertos, escapamos. m20Al anochecer fusilaron al resto. También fusilaron a todos los que combatieron en las calles e incluso a los que sacaron de sus casas, bajo sospecha de haberles lanzado agua hirviendo, macetas y hasta pesas de reloj. Y fusilaron a los que, tras ser detenidos, encontraron con objetos que calificaron como armas. Como a los cuatro hombres que vi llevar ante el pelotón. ¡Pobres!, después de haber pasado el día esquilando mulas y haciendo crines a los caballos de los franceses acampados en El Buen Retiro, les sorprendieron cuando volvían a sus casas llevando sus tijeras de trabajo encima. ¡Mal nacidos!

             También es cierto que arriesgué mi vida por arrebatar la suya a todos los gabachos que pude durante la guerra que vino después.

            Sí, fui fernandista, pero cuando llegó al poder este rey felón, traicionó al pueblo que había entregado su vida por devolverle a él la corona. Incluso el conde de Montijo, el célebre Tío Pedro dm25e aquel glorioso día en Aranjuez, traicionó la Constitución.

            Ahora mis sienes toman ya el color de la nieve. Ahora ya no hay franceses, ni una constitución digna. Desde entonces, he colgado el sable sobre la chimenea y paso los días mirando el fuego, el fuego que devoró mi Patria, a través del tintado de un vaso de vino, en el que se hunden mis días.

            Si les he cansado, ustedes disimulen, pero si yo nunca fui de ir a misa, Dios me perdone, menos fui de confesiones.

 

©MIGUEL RESECO

©RONDA POR EL MADRID DEL DOS DE MAYO

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Una respuesta to “YO, JOSÉ BLAS MOLINA”

  1. Rafael Benito Says:

    Que interesante…… si que había leído algo de este personaje, el pueblo está lleno de ellos, efectivamente hoy nos vendría muy bien que se pusieran en marcha para limpiar la canalla que nos rodea.
    Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

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