LOS FUSILADOS DE GOYA

Desde esta misma ventana vio mi amo los fusilamientos con un catalejo en la mano derecha y un trabuco cargado con un puñado de balas en la izquierda. Si llegan a venir los franceses por aquí, mi amo y yo somos otros Daoiz y Velarde.

LOS FUSILAMIENTOS DE GOYA

Fuimos a la montaña del Príncipe Pío, donde aún estaban insepultos los pobres fusilados. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones tan pronto hacía claro como oscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo, con el trabuco en una mano y la cartera en la otra, me guiaba hacia los muertos (…). Luego, sentándonos en un ribazo, a cuyo pie estaban los muertos, mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas y esperó a que la luna atravesase un nubarrón que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloteaba, gruñía y jadeaba algo (…), pero mi amo seguía tan tranquilo preparando su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca abajo, otros boca arriba, éste en la postura del que estando arrodillado besa la tierra, aquel con la mano levantada.

Isidro

Goya no vivía entonces en la finca conocida como Quinta del Sordo. Del Sordo, debido a un anterior propietario, no al pintor, que también lo era. De vivir ahí, puede que llegara a ver los destellos producidos por los mosquetes, en la ladera del Príncipe Pío, pero en aquellas fechas vivía en la calle Valverde, muy cerquita de Moratín.

Tampoco habría llegado muy lejos armado, de haberse atrevido a salir esa noche de represión. Pelotones de soldados franceses patrullaban por las calles de la capital, y de sorprenderle armado, le habrían arcabuceado in situ.

Esa noche llovía. No era esa lluvia tumultuosa que suele alternarse con claros, de modo que esa noche pudiera verse la luna. No, era una lluvia fina, incómoda para permanecer a la intemperie, desabrida. La pobre gente estaría destemplada, si no estuviera ya helada por el terror que les causaría saber cual iba a ser su triste destino.

En cualquier caso, como suele decirse: se non è vero, è ben trovato.

Miguel Reseco

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