LOS FUSILADOS DE GOYA

78 (2)Desde esta misma ventana vio mi amo los fusilamientos con un catalejo en la mano derecha y un trabuco cargado con un puñado de balas en la izquierda. Si llegan a venir los franceses por aquí, mi amo y yo somos otros Daoiz y Velarde.

Fuimos a la montaña del Príncipe Pío, donde aún estaban insepultos los pobres fusilados. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones tan pronto hacía claro como oscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo, con el trabuco en una mano y la cartera en la otra, me guiaba hacia los muertos (…). Luego, sentándonos en un ribazo, a cuyo pie estaban los muertos, mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas y esperó a que la luna atravesase un nubarrón que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloteaba, gruñía y jadeaba algo (…), pero mi amo seguía tan tranquilo preparando su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca abajo, otros boca arriba, éste en la postura del que estando arrodillado besa la tierra, aquel con la mano levantada.

Isidro

Por aquellos días, Goya aún no vivía en la famosa finca conocida como la Quinta del Sordo. la de las pinturas negras. Se llamaba del Sordo, debido a un anterior propietario, no por el pintor, que también lo era.

De haber vivido allí, puede que Goya hubiera podido llegar a ver los destellos producidos por los disparos de los mosquetes en la ladera del Príncipe Pío. No menos de 44 disparos, aunque no todos a la vez, producen suficientes fogonazos en la noche como para ser vistos a cierta distancia. Aunque debido a la vegetación de la montaña del Príncipe Pío, más fácil es que lo que notaran fuera el sonido de las descargas.

Pero en aquellas fechas, Goya vivía en la calle Valverde, en pleno centro de Madrid, muy cerquita de la casa de Moratín.

Tampoco habría llegado muy lejos armado, como dice Isidro, de haberse atrevido a salir esa noche de represión. Pelotones de soldados franceses patrullaban por las calles de la capital causando el terror. De haberle sorprendido armado le habrían arcabuceado in situ.

Esa noche llovía. No era esa lluvia tumultuosa que suele alternarse con claros, de modo que esa noche pudiera verse la luna. No, era una lluvia fina, incómoda para permanecer a la intemperie, desabrida. Imposible como para poder pintar algo, más allá del haz de luz de un candil.

A la luz de un fanal

Aquella noche, antes del amanecer, la pobre gente que esperaba el tormento, estaría destemplada, si no estuviera ya helada por el terror que les causaba saber cuan próximo estaba su fin.

¡Gloria a los héroes!

En cualquier caso, como suele decirse: se non è vero, è ben trovato.

Miguel Reseco

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