DESPEDIRSE A LA FRANCESA

Joseph_Lagrange_(1763-1836)          Poco a poco fue disipándose la bruma causada por las granadas y los disparos de mosquetes y cañones. Los soldados imperiales franceses avanzan con cautela, en fila, pegados a las paredes del patio del Parque de Monteleón. Uno tras otro van desarmando a los españoles que encuentran a su paso, y juntando a los que pueden valerse. A los heridos que se encuentran los han ido sumando a golpe de bayoneta a la nómina de los muertos. Para que no estorben. Fuera ya solo quedan los muertos, de ambos bandos, y algún español que no ha conseguido escapar y que intenta que le tomen por tal. Entre unos y otros está el capitán Daoiz, al que los imperiales han sorteado, reconociendo en él, a pesar de la capa de polvo, las salpicaduras de sangre y su claro desvalimiento, una autoridad que les supera.

          El capitán Daoiz consigue mantenerse erguido gracias a haber trabado su pierna herida en el eje del cañón que hasta hacía poco había mandado, y sujetándose firmemente su sable en la diestra, haciendo de él una ocasional muleta. Con la mano libre se aferraba fuertemente al tubo de la pieza, como si temiera que se le fuera a escapar. Es mucha la debilidad por la sangre perdida, pero no menos que el pundonor que la situación exige. Co estas trazas consigue recibir a los franchutes, de una manera que consideró suficientemente digna, dadas las circunstancias. Así lo encuentra el general Lagrange, cuando llega ante el arco del Parque rodeado por algunos granaderos de la guardia imperial.

          – Sois un pobre loco –le grita lleno de desprecio e indignación-. Os dais cuenta de la cantidad de sangre que habéis vertido en esta inútil aventura –dice describiendo un arco con la punta de su sable, intentando abarcar en él los cadáveres que les rodean.

          El capitán Daoiz abre los ojos se yergue y lleva la mano con la que se apoya en el cañón al borde de su guerrera, intenta inútilmente estirarla para así recomponer su aspecto. Cuando siente que ha recuperado la prestancia perdida durante la lucha, mira con orgullo a Lagrange. El general, sintiendo el desafío le golpea con el plano de su sable en el hombro.

          – ¡Traidor! -le dice.

          Nadie esperaría que en esas condiciones el capitán español, en lugar de desplomarse, consiga sacar fuerzas de flaqueza, alce su sable y hiera al general en el pecho.

          – ¡Granadiers, à moi! ¡Socours à votre general! –gritó Lagrange fuera de sí.

          Todos los oficiales y granaderos presentes caen sobre el capitán español, que se defiende en vano durante algunos instantes. Finalmente, uno de aquellos soldados clava su bayoneta en el pecho de Daoiz, hasta asomarle por la espalda. Herido de muerte se desplomó.

EL DESAFIO DE LAGRANGE

          Una hora después, el capitán don Luís Daoiz era trasladado por sus hombres, sobre una escalera de mano, ante el respetuoso silencio de los franchutes que encontraban a su paso. Poco después, en su domicilio de la calle Ternera número 12, entregaba su alma al Altísimo.

©MIGUEL RESECO

©RONDA POR EL MADRID DEL DOS DE MAYO

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3 comentarios to “DESPEDIRSE A LA FRANCESA”

  1. hdayala Says:

    Una buena manera de hacer un homenaje estupendo a la festividad del 2 de mayo en la Comunidad de Madrid.
    Con su permiso lo difundo en mi blog. muchas gracias y enhorabuena

    Le gusta a 1 persona

  2. hdayala Says:

    Reblogueó esto en Semeharotolabarraespaciadoray comentado:
    Siempre está bien recordar el porqué de esta celebración del Dos de Mayo en la Comunidad de Madrid

    Le gusta a 1 persona

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