SEMPER FIDELIS

Don Joaquín se encuentra en Madrid disfrutando de los días de permiso, que le han concedido para prestar juramento ante el nuevo rey. Por entonces don Joaquín cumple su cargo de capitán destinado en el Regimiento de Infantería de las Ordenes Militares que desde 1799 fue trasladado a Málaga.

El ruido que por la ventana le llega desde la calle confirma las sospechas que le asaltaron cuando salió al amanecer, a pasear a su caballo. Y es que fueron varios los grupos de dos o tres hombres con los que se cruzó, que caminaban hacia Palacio con aire fingidamente distraído, pero con paso decidido y que, de vez en vez se dirigían sordas miradas con disimulo.

El_marqués_de_Malpica_(Museo_de_Huesca)Su temor tras los sucesos de los últimos días de que estalle un motín sospecha que se cumplirán. Pero él como militar no había recibido ninguna instrucción. Tampoco los miembros de la nobleza a la que pertenece, y con la que se ha relacionado desde que llegó a Madrid, ni siquiera han dado muestras de sospecharlo. ¿Quién podría entonces organizar algo así? Pero está seguro, está ocurriendo.

– ¡A matar franchutes! -escucha gritar a una voz femenina.

Su experiencia militar le basta para discurrir que la única manera en que podría tener éxito el alzamiento popular contra los invasores franceses es impedir la entrada de las tropas acantonadas a las afueras de Madrid. De modo que se calza las botas que acaba de quitarse, carga un par de pistolas y una carabina, y vuelve a salir de casa.

Una vez en la calle se dirige a un grupo de vecinos organizados, pero que permanecen indecisos sobre lo que hacer. Intenta convencerles para que le acompañen a la cercana Puerta de Toledo. La indumentaria y los refinados modos de don Joaquín les hacen desconfiar, pero los disparos y gritos que llegan desde el otro lado del arroyo de San José, allí donde está el Palacio, decide a los más indecisos y a la carrera cruzan las Vistillas. Al pasar por San Francisco el Grande don Joaquín cambia de mano la carabina para santiguarse, otros le imitan. Toda ayuda será necesaria.

La partida que acaudilla llega a la Puerta de Toledo para ver cómo un correo francés consigue atravesar la barrera que unos hombres forman con el fuego de sus trabucos, y al hacerlo, el correo hunde su sable en la cabeza de que intenta interponerse. El correo llevará noticias a los franceses a la otra orilla del Manzanares de lo que estaba ocurriendo en Madrid. Don Joaquín ha fracasado, ahora hay que impedir el paso de los que responderán a la llamada de Murat. Pero con qué.

Convence a los vecinos para formar barricadas para frenar la caballería que muy pronto llegará. En un decir Jesús, una cadena humana transporta sillas, puertas banco y mesas, que fijan con palos de escobas, de horcas y de praderas y tejen con cuerdas.

Ni el retumbar de los caballos al galope, ni la vista de las resplandecientes corazas de los jinetes les hace desistir, pero el choque de estos deshace la barricada y la resistencia como si de un castillo de naipes se tratara. Finalmente, don Joaquín decide abandonar la posición con otros supervivientes de la matanza, y se reparten por la ciudad para continuar la lucha.

Coraceros

Pocas horas después los únicos disparos eran dados por los franceses, y la única sangre vertida, la española.

Cuando don Joaquín pudo escapar de la represión en que Murat había sumido a Madrid, se unió al ejército de Extremadura, en el que fue ascendido a coronel de caballería. Sus méritos durante la guerra le permitieron alcanzar el grado de brigadier. Participó en la batalla de Talavera y en la de Ocaña. Sus servicios a la corona le permitieron durante su vida alcanzar cargos honores que se vieron truncados una vez, por sus simpatías a la revolución liberal de 1820, y una segunda por su fidelidad a la reina Isabel II, negándose a jurar fidelidad a Amadeo I.

Joaquín Fernández de Córdoba y Pacheco (1787 – 1871), era hijo del marqués de Malpica y de la duquesa de Arión. Este fue el único aristócrata que hizo frente a los franceses ese Dos de Mayo de 1808 en Madrid.

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