JUAN SUÁREZ

            El pobre Juan estaba aterido. Y es que ya se sabe lo que dicen, de no quitarse el sayo hasta el cuarenta de mayo. Pero es que además, la noche era lluviosa, como lo había sido todo el día. Un calabobos que no mojaba, pero que con el vientín que se había levantado, hacía que se encontrara destemplado. Pero también tenía miedo, era seguro que lo tenía. Sabía que le iban a matar.

            Sin embargo, su mayor sensación era el de vergüenza. Cuando esa mañana salía de su casa, la mujer le esperaba afuera, con un chiquillo en brazos, otro de la mano y el tercero tras ella. Parecía que creyese poder hacer de barrera al loco impulso de su hombre.

            Ella sabía lo que pasaba, en todo Madrid solo se hablaba de enseñarles a los franceses la puerta de la calle.

            – Piensa en tus hijos, Juan -le dijo-. ¿Qué será de tu anciana madre? -añadió.

            ¡Qué locura! Al llegar el mediodía se encontraba peleando en el Parque de Artillería de Monteleón.

           ¡Qué vergüenza! Y ahora, cuando a él le quitaran la vida, ¿qué haría ella para sacar adelante a los niños? No lo quería pensar.

            Los polacos que le redujeron no fueron muy caballerosos. Había recibido golpes en todas las partes de su cuerpo. Al respirar sentía como si le acuchillaran el pecho. A cambio de esto, las muñecas habían dejado de dolerle.

            Uno de los guardias le empujó. Este empujón fue más fuerte que los anteriores, tropezó y cayó de rodillas. Al ir a poner las manos en el suelo, se dio cuenta de que sus ataduras se habían aflojado y que podía librarlas.Sintió que el deseo de vivir le corría por todo su cuerpo. Al final sus ligaduras cedieron. Se dejó caer en el suelo y haciéndose un ovillo se lanzó rodando cuesta abajo, golpeándose con todo lo que encontraba a su paso, pero alejándose de sus asesinos. Cuando llegó abajo, estaba muy mareado y muy magullado, pero tenía que ponerse en pie y correr, los franceses se acercaban gritando, y alguno de ellos le hacía fuego. Terminó topándose con una tapia que a duras penas consiguió librar.

             Finalmente, acabó dando con la iglesia de San Antonio de La Florida. No se oía nada. Acurrucado en una esquina, la más alejada de la escasa luz que iluminaba al Altísimo, esperó la llegada del amanecer.

            El madrugador sacristán se llevó un buen susto. No hizo preguntas, no dijo nada, le proporcionó ropa seca y un recuelo de algo que se parecía al café. Le acompañó, no se separó de él, hasta dejarle en los brazos de aquella que temió nunca más volverle a ver.

      Juan Suárez fue el único superviviente de los cuarenta y tres fusilados de la Montaña del Príncipe Pío.

©MIGUEL RESECO

©RONDA POR EL MADRID DEL DOS DE MAYO

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Pulsa aquí si deseas escuchar un audio interesante sobre la jornada.

 

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