LLEGA MATHURIN

30 de abril

            – Cuando parecía que ya no podía caber más gente…

            – Perdona, Andrés –le interrumpí- que te voy a presentar a un amigo. Es ese chispero que se acerca tan descarado. Ya verás, te va a gustar.

            – Buenos días, Molina –dije, poniéndome en pie-. Este caballero que me acompaña es mi buen amigo don Andrés Rovira [1]; es marino –también Rovira se levantó y ambos se saludaron.

            – Hace varios días que no nos vemos… Quizás tú sepas algo sobre los ocho soldados franceses que hace tres días fueron encontrados en un callejón, cosidos a puñaladas [2].

            – ¿Y por qué piensa usted, mi teniente, que yo tendría que saber? –dijo algo picado.

            – Pues porque, además de ser el perejil de todas las salsas, sé que el muelle de tu cachicuerna anda flojo. Y que te falla mucho cuando se trata de indicarle la dirección correcta de una calle al extranjero fanfarrón que te encuentras despistado.

            – Ahí ha estao usted acertao –se rió-. Que ná hay tan recto como el filo de mi navaja. Pero qué le puedo contar a usted que no se haya imaginao ya –Molina baja la voz y me mira levantando una ceja-. Algo sé de dos, aunque luego se les unieron tres más. Así que de los otros tres no le sé decir.

            Bien, cuéntanos entonces ¿qué sabes?

los_fantasmas_de_goya_7            – Pues ná, que esos que usía dice, se ve que querían pagar los chorizos y el tocino del colmao haciéndole un favor a la hija del dueño. Y por la fuerza. A pesar de la tozudez de los fransuás, el padre solo veía pérdida en el negocio y en la niña. Ansina que, tanto el tendero como el que tienen ustedes delante, entendimos que si había algo que meter, ahí estábamos nosotros con nuestros yerros. Él sacó un trabuco cargado con puntas de tapicero de debajo del mostrador. Y yo tiré de la costilla de Adán, que llevo bajo la faja, para tranquilizar al que después del disparo todavía se revolvía.

            Sonrió y se palmeó la barriga, allá donde escondía su cuchilla.

           – ¡Ay Molina!

            – Bueno, que les tengo que dejar.

            – Ya me imagino que estarás haciendo planes para la romería [3]; de mañana.

            – Pues mañana no creo que pueda festejar al santo, que tengo trabajo.

            – Mañana es domingo, señor Molina –apuntó Rovira.

            – Ya lo sé, pero hay asuntos que no saben en qué día viven. Bueno, que les tengo aquí de pie y yo me tengo que marchar. Solo había entrado a dar un recado -añadió-. Un placer, don Andrés. Mi teniente.

              Molina se acercó hasta donde estaba un parroquiano que, desde que hubo entrado, no le había quitado la vista de encima. Tuvo con él unas palabras y se marchó.

mordefuentes2            – Sentémonos, Rovira, y continúa con lo que me estabas contando.

            – Pues que ya sabes que hoy llega a Madrid el nuevo embajador francés, un tal Maturín [4] – dijo sin dejar de mirar al Cerrajero mientras salía-. ¡Peculiar, ese Molina!

            – Mucho. Todo un tipo –miré hacia la puerta, tras la que le vi desaparecer-. ¿Tú le conoces? Al francés, me refiero.

            – No. Ni sé quién es, ni a lo que viene.

            – Bueno, lo sabes tan bien como yo –le dije-. Este quiere empaquetar a los Borbones que aquí han quedado, y mandarlos con los que ya están en Francia. Luego le pondrá la corona a ese petit maitre de Murat. ¿Sabes que pide que le llamen Joaquín? ¡Así, a secas!

            – Sí, Joaquín I, el rey de berzas. Pues me da a mí que se columpia. ¿Napoleón haciendo rey a uno de sus mariscales? [5] Los que le ganan las batallas le serán más útiles donde se deciden estas. Además, todavía le quedan hermanos que colocar debajo de una corona.

            – ¡Ay Rovira! ¿Qué harán un cubano y un catalán intrigando en Madrid contra los franceses?

            – ¿Qué quieres, Arango [6]? Pues que los dos somos españoles.

            – Eso sí.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero


[1]Andrés Rovira, Capitán del Regimiento de Milicias Provinciales de Santiago de Cuba o, en román paladino, corsario al servicio del Rey de España en aguas del Caribe. Casualmente se encontraba en Madrid, cuando estalló el alzamiento y formó una partida con la que acudió a defender Monteleón.

[2] El 28 de abril en los alrededores de la Plaza de la Cebada se registraron encontronazos con los franceses con el resultado de ocho a cero.

[3] Romería de Santiago el Verde. Se celebraba el 1 de Mayo.

[4] Antoine-René-Charles Mathurin. El 28 de enero de 1809, Napoleón le concedió el título de Conde del Imperio.

[5] Jean Baptiste Jules Bernadotte, mariscal de Napoleón, fue escogido como sucesor del rey Carlos XIII, quien fuera el último de la dinastía Holstein-Gottorp ya que murió sin descendencia. Fue coronado en 1818 como Carlos XIV de Suecia.

[6] Rafael Arango, teniente de artillería, nacido en La Habana. Fue el último en salir del Parque de Monteleón, a las seis de la tarde, tras combatir toda la jornada. Lucharía después en la Guerra de la Independencia, que terminó de teniente coronel.

 

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