LA REUNIÓN EN EL GALLINERO

27 de abril de 1808

               Acudí a abrir la puerta de mi cuarto, a pesar de estar a medio vestir, por resultarme familiar el repiqueteo que de ella procedía.

                – Buenos días, mi teniente –dijo al entrar.

               – Buenos días, Molina. Me pilla usted a punto de salir. Entro de guardia en unos minutos –le dije mientras me acercaba a la mesa para dar una chupada al cigarro que allí comenzaba a apagarse.

 joaquc3adm-murat              – Pues termine de vestirse, que le acompaño.

               Una rápida mirada a las botas me permitió comprobar que podrían soportar incluso la inquisitiva mirada del coronel. Así que terminé de abotonarme la casaca, me ceñí el sable, coloque el cigarro entre los dientes, cogí el bicornio en una mano, y con la otra abrí la puerta, indicándole a Molina que pasara él primero para poder echar yo después la llave.

               – Llevamos varios días sin que sepamos nada de nuestro querido mariscal Murat -comenté mientras cerraba la puerta.

               – Pues se acabó la paz -sentenció-. Es lo que venia a contarle. El pavo real ha convocado a la Junta Suprema.

               – Pues entonces, ya tenemos lleno el gallinero –dije bajando las caleras-. Y se sabe a santo de qué viene esta nueva reunión.

               – Pues viene a transmitir la orden del viejo rey, don Carlos, de conducir a Bayona a su hija María Luisa y al infante Francisco de Paula, aunque todos sabemos que quien lo manda es el mismísimo emperador de los franceses.

                   De los franceses… al Cerrajero le gustaba dejar claro que a Napoleón no lo sentía nada nuestro. Por mucho que toda Europa comenzara a admitirlo como tal.

               – Esa ya nos la esperábamos –concluí dejando caer al suelo el resto de mi habano y enterrándolo con la punta de mi bota.

              – Sí, pero ahora falta saber qué va a hacer el ejército.

              Parecía mentira que fuera Molina el que dijera eso. Y que me lo dijera a mí. Él mejor que nadie sabía cómo estaban las cosas. Y sobre todo, cómo pensaba yo.

              En eso que, habíamos llegado al Parque. A unos metros de la puerta me detuve para despedir del Cerrajero, no quería que el artillero, que hacía guardia en la garita de entrada, escuchara lo que le iba a decir.

 6ub9lma              – ¿Vuelves con las mismas, Molina? Ya sabes las órdenes que tenemos.

               – ¡Pero mi teniente! ¿Acaso deslumbran los brillos de los entorchados? ¿No ven lo que está ocurriendo? ¿Qué tiene que pasar para que los militares reaccionen?

               Yo sabía que Molina no sufría menos que yo por la situación por la que pasaba nuestra Patria, así que sosegué mi tono e intenté tranquilizarle.

              – La mayor parte de nosotros esperamos que esto cambie, no somos ningunos cobardes, pero mientras tanto cumplimos con nuestra obligación, obedecemos las órdenes.

              Molina pegó un tirón de uno de los lados de su capa de pardomonte, de modo que el extremo se posó sobre el hombro del otro lado. El día estaba ciertamente fresco, pero esto no fue más que un gesto de coraje. Me miró fijamente y sin un ahí se pudra usted giró sobre sí mismo y se marchó. Permanecí inmóvil hasta que le vi desaparecer tras la esquina de la calle de San Andrés, y entré en el Parque.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero

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Una respuesta to “LA REUNIÓN EN EL GALLINERO”

  1. Crisanto Lorente Says:

    mola Crisanto Lorente Glez. Un saludo.

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