LEÓN CON SU REY

24 de abril de 1808

            Me encontré con el Cerrajero cuando salía de oír misa de ocho en San Ginés. Al cruzar por delante del callejón miré al fondo, donde está la chocolatería en que solíamos reunirnos los compañeros de armas. Lo hice sin pensar, como si esperara ver a alguno de mis contertulios. Pero fue a Molina al que vi, y la curiosidad me detuvo. Estaba hablando con un chispero que se cubría con una capa y portaba un hatillo. Me dio por pensar que se estaban despidiendo, y que el compañero de Molina se disponía a emprender un viaje. Queriendo saber en pasos andaba Molina, me arrimé a la esquina para intentar pasar lo más inadvertido posible. Pero no duró mucho mi espionaje. Molina, que miraba a uno y otro lado mientras hablaba, no tardó en descubrirme. Rápidamente despidió a su compañero, que se marchó, y levantando una mano para saludarme, vino hasta donde yo estaba.

            – ¿Qué? ¿De descargarse de pecados, mi teniente?

Imagen            – ¡Buenos días! Por lo menos lo intento –le dije-. ¿Quién era ese, Molina?

            – ¡Ah! Nadie. Un pesao que se ha acercao a saludarme porque creía conocerme.

            – Y no era así -le dije con retranca-. Pues más me pareció que se despedía, ya que por su aspecto daba la impresión de salir de viaje.

            – ¡Eh!, pues no lo sé, no me lo ha dicho.

             – Ya, ya –le dije asumiendo su reticencia a darme más detalles-. Guarda tu secreto para ti, me conformaré con lo que vienes a contarme.

            – ¿Yo? ¿Qué tendría yo que contarle?

            – Si no fuera así, habrías hecho como que no me veías, con la misma naturalidad con la que niegas darme detalle de tu “desconocido” amigo.

            – Pues no sé a qué se refiere, pero tiene razón en lo de que tengo algo que contarle. Pero ya sabe que no me salen las noticias si no engraso primero la lengua, siendo vuecencia, claro está, el que pague la ronda.

            – Sea. Entremos en la chocolatería entonces –le dije con la intención de picarle.

            – Casi que mejor nos acercamos a Geneys, que queda ahí mismo.

            Rubricando lo dicho no emitió ni una palabra más hasta dejar mediado el jarrillo de vino de Aranda que le sirvió el orondo tabernero delante.

            – He sabido que en León, se ha hecho pública una proclama –me dijo bajando la voz-, en la que exaltando a nuestro rey se critica al emperador de los franceses. Tal era el ambiente, que desde el ayuntamiento ha partido una procesión, encabezada por un retrato del monarca.

            – ¿Qué me dices? –exclamé, entregándome a examinar el ejemplar de la Gaceta de Madrid que esa mañana había adquirido-. Mira que aquí no dice nada –le dije.

            – Lo sé de buena tinta, la tinta de la edición que Murat ha hecho quemar para ocultar lo sucedido en León. Ha obligado a imprimir otro número sin incluir la proclama[1].

            – Pero tú tienes una copia.

            – ¡Quía! El que me lo ha contado, lo ha hecho porque es buen amigo, pero teme a la cólera de Murat, más que yo a mis pecados. Solo sé que termina con vivas al rey y mueras a los conspiradores –Molina se queda pensativo, como si buscara en su cabeza algo que había olvidado-. ¡Ah! Y que el que lo ha escrito es un teniente de la Guardia de Corps, que hace de recaudador en León para el rey, un tal Sousa o Sosa.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero


[1] El texto se conserva, en el acta municipal del día 24 de abril de 1808.

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2 comentarios to “LEÓN CON SU REY”

  1. PCA Says:

    Reblogueó esto en trasloqueves.

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