LAS BERZAS QUE NOS QUITAN EL REGUSTO DEL CHORICERO

21 de abril

            – Te digo, Molina, que desde ayer se ha impuesto la censura sobre todo escrito público.

            – Y eso mi teniente, ¿ya qué más da? ¿De quién es la Gaceta de Madrid? ¿No es del duque de berzas? Pues entonces.

            – Chitón Molina, no vayamos a tenerla con esos granaderos que dan la vuelta a la esquina. Pero, espera –le dije al descubrir que en nuestra dirección venía un antiguo amigo, oficial de la Guardia de Corps.

            Estaba demudado, con el sable en una mano y el bicornio en la otra. Caminaba como si le hubieran atado una piedra a cada tobillo, y con la mirada perdida.

            – ¡Pedro! –le grité- ¡Pedro Torres! –insistí yendo a su encuentro- ¡Pedro! ¿No me conoces?

            – Si Rafael, perdona, que salgo de servicio ahora y vengo reventado -me contestó con la frialdad de quien utiliza una fórmula habitual.

             Molina se acercó. Le conocía. A la vuelta de Aranjuez, el cerrajero me contó que el tal Torres apareció con otro, cuando por fin habían trincado al Príncipe de la Paz y entre los dos se lo llevaron en volandas. Tres días apostados, y cuando la pieza aparece te la levantan, me dijo.

            – Pues mal servicio tuviste. Algo malo te ha pasado –le dije a Torres.

            Bajó la vista, consciente de que sus ojos le delataban. Luego miró a Molina receloso.

            – Es de confianza –me apresuré a decir-. Lo que yo sepa lo puede saber él.

            – Es lo mismo, mi teniente. Yo tengo que hacer –dijo Molina algo amoscado, cambiándose de lado la pajita que llevaba en la boca, y alejándose canturreando-. Por pragmática sanción al jarro de cagar, le llaman Napoleón.

            – ¿Qué ha pasado Pedro? ¿Qué es tan grave para que lleves esa cara?

            – ¡Mira Rafael! Aquí no. Ahora vivo ahí enfrente –dijo señalando un balcón, por cuya barandilla, en ese momento, una manola pasaba un trapo, más atenta al requiebro que un tonelero que pasaba, que a lo que limpiaba-. ¡Acompáñame Rafael!

            – ¡Dolores, déjanos! –le dijo a la muchacha cuando entramos en el cuarto-. ¡Haz el favor! –. Arrojó sable y sombrero a un canapé y se dejó caer sobre la cama.

            – A las dos de la madrugada se han presentado en el castillo de Villaviciosa de Odón el general Exelman y el comandante Rosetti con orden del gran Duque de Berg de que les sea entregado don Manuel Godoy[1].

            – ¡Santa Bárbara bendita! ¡El Príncipe de la Paz! –exclamé- ¿Y tú ibas con ellos? Como si lo viera.

            – Me ordenaron que les acompañara, por si ponían algún problema los guardias.

            – Entiendo. Un embolado. ¿Y hubo resistencia?

            – El comandante, un tal Castelar protestó, alegaba que era traicionar al rey y desobediencia a la Junta, pero terminó accediendo y yendo personalmente a buscar al preso. Volvió con él y nos lo entregó sin decir esta boca es mía. Por el contrario, Godoy no dejó de parlotear. Estaba aterrado, se temía que se tratara de una trampa para asesinarlo. Exelman consiguió tranquilizarlo cuando le dijo que eran enviados por el gran Duque de Berg. Los cuatro salimos del castillo por una pequeña puerta trasera para evitar la vigilancia de los Guardias de Corps, que custodiaban el castillo.

            – ¿Y qué habéis hecho con él?

           – El aspecto de Godoy era penoso, iba en pantuflas, con barba de varios días y medio desnudo, así que le conseguimos un capote militar con el que pudiera cubrirse. Subió conmigo a un coche, procurando ocultarlo bien en el interior. Era preciso evitar que fuera reconocido por los campesinos que a esas horas iban a la ciudad a vender sus productos. Además mandé al cochero que fuera dando un rodeo. Para evitar entrar en Madrid lo condujeron a Chamartín, dejándolo al cuidado del general Gobert. Finalmente, con el tiempo justo para asearse y recibir ropas de un criado suyo, algún objeto, documentos y dinero, ha partido en un coche camino de Bayona, escoltado por soldados franceses.

            – Ahora me sentaré yo –dije apartando a un lado el sable.

            – En el fondo del coche quedó esta carta, que le dieron –y después de decirlo, Torres sacó un papel de su casaca y me lo tendió.

«Incomparable Amigo Manuel: (…) Mañana emprenderemos el viaje al encuentro del emperador y allí concertaremos todo cuanto podamos para ti, con tal de que nos deje vivir juntos hasta la muerte, pues nosotros siempre seremos tus invariables amigos y nos sacrificaremos por ti, como tú te has sacrificado por nosotros. Adiós, Manuel, quedo siempre tu verdadero amigo. Carlos».

            – ¿Cómo estaba? –le pregunté.

            – Ahora es un despojo. Nada queda de aquella arrogancia. Nadie le reconocería.

            Abandoné a Torres, cuando vi que empezaba a estar más tranquilo. Al bajar las escaleras, reconocí la figura que enmarcaba el portal.

            – ¿Qué Molina? ¿Se te olvidó donde ibas?

            – A usted es al que no se le tiene que olvidar lo que me tiene que contar.

            – Ahora no Molina.

            – ¡Ay! que me parece que esto va a ser más gordo de lo que me imagino.

            – Puedes estar seguro que lo es. Te invito a un vino. Me hará bien.

            – Pues a mí no me irá mal.

            Molina no se sabía todavía que pocos días después, el dos del mes siguiente, volvería a encontrarse con Torres a las puertas del Palacio Real.

©Miguel Reseco

©Recuerdos de un artillero

[1] Desde el 14 al 17 de abril Joachim Murat negocia con la Junta la libertad de Godoy. Cuenta el conde de Toreno que el ministro de marina don Francisco Gil de Taboada y Lemos, anciano respetable, de carácter entero y firme, se opuso vivamente al deseo del gran duque de Berg de que le fuese entregado Manuel Godoy, que se hallaba confinado en el castillo de Villaviciosa en espera de ser juzgado. Ante esta resistencia, Murat amenazó con el uso de la fuerza.

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Una respuesta to “LAS BERZAS QUE NOS QUITAN EL REGUSTO DEL CHORICERO”

  1. ramrock Says:

    Reblogueó esto en Ramrock's Blog.

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