MI CORAZÓN CASI SE DESPEDAZA, ¡OH VALANÇAY, VALAÇAY!

Durante aquellos largos años que duró la invasión napoleónica, los españoles sacrificaban su hacienda, su honra o sus vidas, o todo a la vez, y luchaban por la liberación y pronto regreso de su rey, Fernando VII, al que llamaban el “Deseado”. Mientras tanto, el muy felón, ajeno a las penalidades de su pueblo, pasaba ese tiempo en el dulce cautiverio de Valençay, sin mayor preocupación que la forma en que llenar las horas de cada día, y de halagar a su carcelero, el emperador de los franceses.

Valençay era un pueblo que por aquel entonces contaba con unos 2000 vecinos, en el centro geográfico de Francia, a unos 300 kilómetros de París. El castillo donde se alojó Fernando, hasta el final de la Guerra, era propiedad de Talleyrand.

belgicaiholanda-001Entre los más frecuentes entretenimientos de Fernando, estaba el de bordar, habilidad que se había empeñado en enseñarle su tío Antonio. Realizaba frecuentes paseos, en coche y a caballo, solía salir a pescar, y tanto él como su hermano Carlos, recibían clases de baile. Al anochecer mantenía tertulias con su familia, y con personas de su confianza. También rezaba. Pasaba muchas horas velando el Santísimo Sacramento, que había obtenido permiso del Arzobispo para tener expuesto, en la capilla del castillo. Y jugaba al billar, con tal fortuna que dio lugar al dicho de “así se la ponían…”. Y leía, todo lo que su tío, no le censuraba.

Durante aquellos años, Fernando, dio muestras de una total sumisión y admiración al emperador, hasta el punto de que no dejaba de insistirle en sus cartas para que le concediera la mano de una de sus sobrinas, Lolotte, la hija de Luciano.

Tampoco dejaba de felicitarle, cada vez que las tropas francesas lograban una victoria sobre las españolas. ¡El hijo de su madre! Talleyrand se quejaría de los destrozos causados por el monarca español en el tejado, a causa del gran número de fuegos artificiales quemados con tal motivo. También felicitó a José Bonaparte por su ascenso al trono, su trono. Y eso que desde que Napoleón se vio obligado a intervenir personalmente en España, la vida de la familia real se hizo más penosa, por ejemplo, en cuanto a las visitas que podían recibir, o el número de sirvientes de que disponer.

ValanceyFernando daba a Talleyrand el tratamiento de primo. Sin embargo, el Príncipe de Benevento, sentía tal desprecio hacia el rey de España, que no pudo evitar expresarle su desagrado por semejante familiaridad.

“Procurad comprender… que esto es ridículo, y que me debe llamar simplemente señor”.

Pero el imperio decaía, y el emperador vio conveniente negociar con Fernando. Estaba dispuesto a abrir la jaula de oro, y devolverle a Fernando su trono, si este hacia que los ingleses abandonaran España, cuando lo hicieran los franceses. Esta negociación se plasmó en el conocido como Tratado de Valençay

El rey volvió a España, y eso fue aún peor que la guerra.

Miguelreseco

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2 comentarios to “MI CORAZÓN CASI SE DESPEDAZA, ¡OH VALANÇAY, VALAÇAY!”

  1. José María Cortés Torrico Says:

    … muchísimo peor. Que se lo digan al Empecinado, Rafael de Riego o a tantos cientos o miles de personas que se jugaron su pellejo por devolver al felón al trono y él se encargó de ejecutarlos o que se exiliaran en el extranjero.

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    • José Blas Molina y Soriano Says:

      Impulsado por la inocencia de sus sentimientos y porque su moral necesitaba aferrarse a esas convicciones para no decaer, un Empecinado cansado, pero decidido y tieso en su montura […] sin pensar que los caminos de los hombres están empedrados con adoquines de envidia, crueldad y venganza contra os que nada puede hacerse. POR EL EMPECINADO Y LA LIBERTAD. Ignacio Merino.
      Para mí, el mejor libro que se ha escrito sobre El Empecinado Ciertamente debió de ser muy duro para un gusano como Fernando VII, que se humilló hasta el ridículo más abyecto, admitir que le debía su trono, su libertad, incluso su vida, a un simple vendimiador de Castilla, que tuvo el coraje de pelear, arriesgando la vida, por aquello por lo que el rey tendría que haber entregado, en un acto de honor, la suya.

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