NUNCA MÁS

Siempre decía mi padre, cuando asaltaban iglesias o detenían a políticos monárquicos o de la CEDA, que había que mirar las cosas con perspectiva, que pronto todo volvería a la normalidad. Hasta que de un tiro en la cabeza le callaron frente a la puerta de casa. Y ya no dijo nada.

Obra de Augusto Ferrer Dalmau

Obra de Augusto Ferrer Dalmau

Pero la normalidad no volvió. Empezamos a tener hambre. Y miedo. Las sirenas nos obligaban a buscar refugio y las bombas a no movernos de allí. De vez en cuando golpeaban la puerta de casa en plena noche. Buscaban a mi hermano. La portera, que era novia de uno de la FAI, le había denunciado. Y es que antes de la sublevación, a mi hermano le gustaba salir después de cenar a dar una vuelta en bicicleta. Llevaba un bote de pintura y una brocha colgando del manillar, y siempre se ponía una camisa azul. Hacía mucho que nosotros nada sabíamos de él, pero los milicianos volvían cada poco, de noche, sacándonos de la cama, cuando no lo hacían las bombas de los nacionales. Yo creo que venían, más que nada, por ver a mis hermanas y a mi madre en camisón; pero preguntaban por mi hermano, y revolvían toda la casa. Y preguntaban por la edad que tenía yo: A ver si das el estirón y te vienes con nosotros -decía uno siempre-, y te haces un hombre, añadía. Entonces, otro contestaba: eso es lo que tú quisieras, hacerle un hombre. Y todos se reían, nosotros no.

Comencé a hacer recados para un vecino que era de la UGT. Llevaba paquetes de un sitio a otro, aprovechando la bicicleta de mi hermano. Casi todos los días llevaba uno, que por el olor sabía que era comida, a la casa de una señora que se pasaba el día en bata. Al terminar el reparto me daban un trozo de tocino seco, o pan, o un par de chorizos. Fuera lo que fuera, a mi madre siempre le parecía poco.

Un día me pararon cuando bajaba por la calle Mayor. Acababan de detener a don Julián, el párroco de Santo Tomás. Al parecer vivía escondido en casa de una viuda. A la señora la metieron en un coche y se la llevaron; cuando el coche pasaba por delante de donde tenían a don Julián, la viuda pudo ver cómo éste caía muerto con la cabeza reventada por un disparo.

¿Qué se me ha perdido en Rusia?, dices. Ahora ya no soy un niño, soy un hombre. Ahora puedo empuñar un arma. Aunque ya no vienen a molestarnos a casa. Aunque ya no matan a mis vecinos. Aunque ya no nos roban el pan que les mantiene en el poder y con el que compran sus vicios. Aunque nadie le devolverá la vida a mi padre, a mi hermano y a tantos otros más, yo tengo que ayudar a que esos no vuelvan nunca. Nunca más.

Lo que escuché cuando estuvimos en Rusia

Miguelreseco

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