EN ALGÚN LUGAR, ENTRE DOS ESTACIONES DE NOMBRE IMPRONUNCIABLE

Cada vez hacia más frío en el tren. Los petates se habían vuelto blancos por la escarcha. Mi compañero de banco, con el que todavía no había cambiado dos palabras, quería combatir el frio apretándose contra mí.

          – Como sigas acercándote, vamos a tener que casarnos -le dije.

          – No seas así hombre, es que tú no tienes frío -me contestó.

          – Claro que tengo frío, pero no me van los hombres –dije serio.

          – Tranquilo que ya me separo -afirmó condescendiente-. ¿Un pito?

          – Hombre gracias –le contesté- hace cinco estaciones que se me han acabado.

          – ¿Tú, qué hacías antes?

          – La guerra –le dije, tras encender el pitillo y darle una larga calada.

          – Me has descubierto la pólvora. Digo, antes. ¿Qué hacías tú, antes de la guerra?

          – Casi ni me acuerdo -volvía fumar-. Era impresor.

          – Pues de eso seguro que hay trabajo.

           – No lo hay para mí.

          – ¡Ah!, que estuviste con los rojos.

          – ¿Tú no tienes sueño? -le dije rebulléndome en el asiento y apagando el cigarrillo y guardándolo para después-. Anda, despiértame cuando traigan el desayuno.

Lo que escuché cuando estuvimos en Rusia

Miguelreseco

Que en Rusia están

Obra de Augusto Ferrer Dalmau

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