ECHAR A VOLAR

Qué interesantes son esos documentales de naturaleza. Y qué educativos. Recientemente pude ver uno que mostraba el esfuerzo que, en solitario, emplean los polluelos para romper el cascarón y librarse del huevo, ese santuario dentro del que se han visto protegidos, y que ahora, con las reservas de nutrientes a cero, y ellos mismos muy creciditos, se ha visto transformado en una cárcel.

Luego, instalados en el nido pían desesperadamente, para conseguir llamar la atención de sus padres (a partir de ahora, progenitores), compitiendo con sus hermanos (cogenerados), para conseguir su indispensable ración de subsistencia. Y aquí tristemente se cumple ese aforismo que dice que “el que no llora no mama”, porque aquel que no reclama con la suficiente insistencia su ración, acaba sucumbiendo por inanición.

Finalmente, una vez que han desarrollado su definitivo plumaje, sus inmisericordes progenitores, poco a poco, van empujándoles al vacío. De sopetón, toman su primera clase de vuelo, comienzan a hacerse autónomos, aprenden a buscarse el sustento por sí mismos y acaban abandonando el nido.

Y es que los progenitores deben de empezar a reponerse de las fatigas que les han devenido de su reciente paternidad, y recoger alimento para ellos mismos, para poder afrontar los rigores del próximo invierno. Y poco a poco, recuperar la vitalidad necesaria para volver a repetir el ciclo.

Qué poco nos parecemos a ellos. Nosotros gastamos tanto en ahorrar a nuestros hijos esfuerzos y dolores, que nos agotamos en el empeño. Y cuando llega el fracaso, que llega, ni poseen el músculo necesario para recibirlo, ni nosotros la energía para asimilarlo. Hemos llegado a limitar nuestra descendencia para no restarle recursos a los que han tenido la suerte de nacer primero. Incluso llegamos a matar al fruto de nuestra falta de previsión.

Intentamos adelantarnos en cubrir todas sus necesidades, antes de que surjan, reales o banales. Y aceptamos de buen grado los aplazamientos de la fecha de abandono del nido.

Alargamos artificialmente el momento de alcanzar la madurez de nuestros hijos, convirtiendo a nuestros descendientes en parásitos, que cuando han acabado con el hospedador, mueren por falta de recursos.

Lo que ganamos en racionalidad frente a los animales, ¿no lo perdemos en capacitar a nuestros hijos de la necesaria independencia? ¿No nos estaremos confundiendo?

Miguel Reseco

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