SE FUE EL PATER JAVIER

De nuevo, tomo el teclado para lamentar una triste marcha. Para mí que creo que la muerte no es el final, o que me gusta creerlo, cuando he tenido la noticia del fallecimiento de don Javier Mendizabal, me le he imaginado llegando a ese sitio donde todos nos volveremos a encontrar. Allí es recibido por un grupo de víctimas de la banda de asesinos terroristas, todos en posición de saludo, haciendo cola para darle un fuerte abrazo.

Cuando hace dos años, se le impuso la Cruz del Mérito Militar, le dijeron que esa condecoración no era un premio, sino una muestra de agradecimiento. Prueba de la alta consideración en que se le tiene fue que el acto lo presidieron importantes autoridades militares, eclesiásticas y políticas, y estaban presentes, gran cantidad de mandos de las fuerzas armadas, guardia civil y policía nacional, más de un centenar de personas que quisieron mostrarle su cariño y consideración.

Durante aquellos años en los que la mafia vasca, daba la bienvenida al nuevo régimen, asesinando a sus representantes, no parecía muy correcto lamentar tales hechos, ni ofrecer homenajes a las víctimas, ni acompañar a sus familiares. El cuerpo inerme de un servidor de la sociedad, orlado por una mancha de sangre, era un espectáculo que no era deseable mostrar. Un funeral, una ceremonia que había que oficiar de forma rápida, para no herir sensibilidades o despertar rencores. Los obispos de entonces cerraban la boca sumisos, como sumisos antecesores suyos, levantaron el brazo ante el dictador. No era apropiado hablar de sufrimiento, no convenía insistir en la existencia de víctimas. Por eso, ni siquiera el funeral era el momento apropiado para comentar las condiciones en que se produjo la muerte, ni sobre quienes la habían llevado a cabo, ni cuales habían sido sus móviles. Ni siquiera el nombre de la víctima en honor a la que se celebraba la ceremonia, que solo se citaba por sus iniciales.

Don Javier Mendizabal, un humilde sacerdote de la bilbaína iglesia de San Nicolás, fue el valiente párroco que restituyó a los asesinados la dignidad que hasta entonces se les venía negando.

Él ofició los funerales, nombrando a las víctimas y calificándolas como héroes. Por eso, las autoridades eclesiásticas se sintieron obligadas a retirarle de su parroquia. Estuvo apartado de los feligreses hasta que el arzobispado castrense le llamó a sus filas y a sus capillas.

La prensa continúa siendo cómplice de aquellos silencios, y ahora tapa la memoria de aquellos muertos con las últimas hazañas de sus asesinos, en su lucha contra un cáncer o el sistema penitenciario. Por eso, es obligado recordar al Pater Javier, aunque sea para contar que nos ha dejado. Contar que ha muerto con la sotana puesta, acompañando a sus fieles hasta su último aliento. El Señor le acoja en su seno.

¡Ojalá nunca olvidemos a aquellos que lucharon y sufrieron por nuestra libertad!

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