DON RAMIRO

Quizá la obra educativa que más urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles.

Ramiro de Maeztu

          – Después del 18 de julio todo fue más difícil –contaba Vázquez Dodero-. Madrid se volvió muy peligroso, y Maeztu ya había estado detenido tras lo de Sanjurjo. Finalmente, accedió a aceptar mi invitación y vino a vivir a mi casa…

          Vázquez Dodero se interrumpió, quedándose pensativo. Como recordando.

          – Pero continúe. ¡Dígame! ¿Cómo fue que lo detuvieron? –inquirió el periodista.

          – Fue el día 30 por la tarde. Eran no menos de una docena de paramilitares*. Golpearon la puerta con sus fusiles hasta que les franquearon el paso. Invadieron la casa y la registraron a conciencia. Habían recibido la denuncia de que en el piso había un oratorio. Cuando bajé ya tenían a don Ramiro encañonado. Se había entregado espontáneamente: “Aquí me tenéis, soy Maeztu”, les dijo. Los paramilitares nada sabían de Maeztu, le creían el cura del oratorio, un tal Negrete, y porfiaban que este no era otro que don Ramiro disfrazado. El arrojo que mostraba don Ramiro les enfurecía todavía más. Nos insultaban y nos empujaban con sus armas. Por fin don Ramiro consiguió mostrarles su documentación diplomática. Esto consiguió rebajar la tensión, pero no el ansia de presa de los cazadores.

            –   Pero intervino la policía, ¿no es así?

          – Los policías llegaron inmediatamente, y confirmaron nuestras identidades, pero encontraron delito, en la posesión de los emblemas monárquicos que los paramilitares nos habían encontrado. Estos mostraron su desagrado con los policías. “Esta vez, habéis llegado a tiempo”, les dijo uno de ellos, a lo que contestó el que mandaba: “Ese es nuestro trabajo: llegar a tiempo”. Serían las once de la noche cuando don Ramiro, mi pobre tía Concha y yo, sentados entre milicianos y policías, salimos camino de la comisaría de Buenavista.

          – Y una vez allí les llevaron al calabozo.

          – No, por lo menos, no al principio. Antes nos llevaron ante el inspector. Inmediatamente llamó a la Dirección General de Seguridad. Dijo que habían encontrado a Maeztu de visita en la casa de Velázquez, y que no le encontraron más arma que un bastón. Estos le dijeron que lo pusieran en libertad. Se despidió don Ramiro de nosotros, lamentando dejarnos en esta situación. Sin embargo, no tardamos en volver a verlo entrar despavorido. Según parece, en cuanto puso el pie en la calle, los paramilitares habían intentado meterle a la fuerza en un coche. Se fue hasta el inspector, y le dijo: “Ya que no pueden valerme fuera, me quedaré dentro. Así que quedo a su disposición”. De esta forma todos fuimos a parar al calabozo. Serian las dos de la madrugada.

          – Eso fue su perdición, ya que nunca volvería a ser libre. ¿Cuándo volvió a coincidir con él?

          – Pocos días después volvimos a coincidir en la cárcel de Ventas. Allí se encontró también con Pérez Sala, el padre Romaña, el ingeniero Fernández Hontoria, el catedrático Magariños, el doctor Lemus, el párroco de San Ginés y cuñado del general Fanjul, Bonifacio Sedeño de Oro, el librero Alberto San Martín, el párroco de Getafe y su coadjutor.

          – ¿Cómo era el día a día de Maeztu en prisión?

          – Bueno, Maeztu era un miembro muy activo. No solo participaba como uno más en el rezo del rosario, sino que las tertulias que generaba eran interminables e intensísimas, en las que todos buscábamos un hueco. Su presencia entre nosotros era un lujo al que no deseábamos renunciar. Su ánimo nunca decayó, y ayudaba a mantener entero el de los que compartimos con él esos días, a pesar de lo precario y poco esperanzador de la situación. Porque ya todos presentíamos un trágico final. Con motivo del supuesto traslado a la cárcel de Chinchilla, se llevó a cabo la saca. En la primera hora de la madrugada del 28, un paramilitar al que llamaban “El Chato”, penetró linterna en mano en la celda. Sobre el suelo descansaba Maeztu. El Chato le gritó: ¡Ramiro Maeztu! Don Ramiro intentó inútilmente evitar lo que sabía inevitable: ¿A mí? ¿A estas horas? –contestó-. La firmeza que trasladaba la expresión de El Chato no daba lugar a dudas. Resignado Maeztu se vistió. Luego, se acercó hasta don José María, párroco de Getafe, pidiéndole discretamente la absolución. Después, recogió sus cosas y se despidió, uno a uno, abrazando en silencio a sus compañeros. Finalmente, desde la puerta, se giró y les dedicó una última mirada: ¡Hasta la Eternidad! -les dijo-, y salió erguido y con paso firme.

           – Dicen que Indalecio Prieto escribió más tarde que El fusilamiento de Ramiro de Maeztu fue uno de tantos crímenes injustificables y estúpidos. Esto hace suponer, que para el dirigente socialista había otros crímenes que sí pudieran ser justificados e inteligentes.

           – Los que componían la saca fueron llevados en un camión al Cementerio de Aravaca esa misma madrugada. Una vez atados por parejas, con alambre a la altura de los codos, les colocaron ante el pelotón de ejecución. Vosotros no sabéis por qué me matáis –dijo don Ramiro-, pero yo sí sé por lo que muero. ¡Muero para que vuestros hijos sean mejores que vosotros! –fueron sus últimas palabras, prólogo de las descargas del pelotón. Una vez dado el tiro de gracia, los despojaron de sus ropas, y se las repartieron. Y allí mismo los enterraron.

             Siendo necesario el traslado al penal de Chinchilla de los presos que al dorso se relacionan… sírvase entregarlos a los portadores del presente oficio, miembros del Comité de Investigación, encargados de cumplimentar la expresada resolución. La orden estaba firmada por el Director General, Manuel Muñoz, y estaba fechada tres días después de haberse llevado a cabo los asesinatos.

Miguel Reseco

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* Dicho de una organización civil, con estructura o disciplina de tipo militar. Real Academia Española.
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