AQUÍ, RECONQUISTANDO

LA RUTA DEL ANIVERSARIO

Como otros blogueros hacen, yo también gusto de volcar en el mío, las experiencias recogidas durante mi tiempo libre. Como otros, también yo quiero al hacerlo, invitar a todos a hacer lo que he visto posible y que pienso recomendable.

Cualquier español de la época en que se estudiaba la historia de España, esto es madurito, sabe lo qué ocurrió, hace ahora 799 años, y su trascendencia para la historia de los siglos posteriores de nuestra Patria y de la de todo el mundo occidental. Por eso, con vistas a preparar para el próximo año, algún tipo de ‘peregrinación bizarra’, como otras que anteriormente me ha gustado llevar a cabo (Covadonga, Santo Toribio, etc.), he realizado una “previa” este verano.

Mi amigo Juan Malasaña y yo nos desplazamos hasta Toledo, que es donde en mayo de 1212 se concentraron todas las fuerzas cristianas, los Aliados del siglo XIII. Dedicamos la mañana a visitar la catedral, monumento que fue iniciativa del arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada (Dios lo tenga en su Gloria), principal impulsor de la campaña que culminó en la batalla de Las Navas de Tolosa.

En la catedral, dentro de la sala capitular, vimos el único retrato conocido del arzobispo. También vimos junto al altar, una escultura que representa al conocido pastor de Las Navas, Martín Halaja. Y sobre el mismo tema, en la sacristía, una fabulosa pinacoteca, un cuadro que representa La Batalla. No es un gran cuadro, no está ni mucho menos a la altura del resto, pero tiene su encanto. Destaco estas obras como representativas del tema que me ocupa, aunque a toda la catedral merece la pena dedicarle una visita detallada, por lo menos, para el que no haya tenido la posibilidad de visitarla anteriormente.

Después de picar algo (Chipirones y Carcamusas) y beber lo necesario (Toledo + agosto = mucha sed) visitamos el nuevo Museo del Ejército. ¿Qué se puede decir, que sea justo? Bueno, pues se ha huido de las grandes salas y se ha optado por el minifundio. El poco orden y la falta de indicadores hace que saliendo del la Guerra Civil del 36, entres en la Reconquista y de ahí pases a la Guerra de la Independencia. Más o menos, por que salimos que no sabíamos decir quién reinó primero, si Felipe II o Felipe III. Se anda más que en el Camino de Santiago y la empanada que se forma uno de la historia militar de España, es tan grande, que no se extrañaría uno si de repente se encontrara con una foto del General Custer o de Idi Amín. En fin, podemos decir que ya lo hemos visto. En cualquier caso, hay otras opiniones.

Esa misma tarde cogimos la N-401, que es la carretera que creemos que más se aproxima a la ruta que siguieron las huestes cristianas. Paramos en Malagón, uno de los puntos clave de la cruzada. Allí estuvo la fortaleza almohade que los ultramontanos tomaron, y donde no dejaron títere con cabeza. Un error, por parte de los francos, que siempre que vienen a España de uniforme, gustan de robar vidas y bienes. Y un error de información mío porque de la fortaleza de Malagón no queda nada. Los francos acabaron con los inquilinos y Obras Públicas con la casa. Mucho mejor habría sido parar en Guadalerzas, allí si queda un castillo de aquellos que los cruzados reconquistaron.

Dormimos en Ciudad Real.

A la mañana siguiente nos acercamos a la oficina de turismo. Una singular señorita nos llenó de mapas folletos, información y simpatía. Así que nos encaminamos para Calatrava (la Vieja). ¡Qué pena verla así! Debió de ser magnífica. Bueno ¡y Alarcos! Qué tragedia. Hasta el rey estuvo a punto allí de dejar la pelleja. Curioso el guía que explicaba las causas y consecuencia de la batalla desde los sentimientos, venganza, rencor y envidia, y siempre sentidas por el rey cristiano. Imagino que al rey musulmán se le podría acusar de ambición y orgullo.

Comimos en Calzada de Calatrava. Macrobocadillo de crujiente de panceta churruscada. Todas las personas con las que tratábamos siguen siendo simpatiquísima. Desde allí se ve el paso que entre las fortalezas lleva a la sierra. Como el mordisco que un coloso hubiera pegado en la loma que cierra el paso. Parece que invita a seguir, camino al sur.

Luego visitamos la fortaleza de Calatrava (la Nueva). Hace falta echarle, para subir allí arriba tanta piedra. Cómo debió de ser hacer guardia, oyendo llamar a la oración, a los soldados de enfrente que ocupaban el castillo de Salvatierra.

Seguimos carretera hasta Viso del Marqués, antes llamado Viso (que quiere decir vista) del Puerto. Allí con planos y brújula, y metiéndonos por caminos rurales, intentamos encontrar la senda que debieron de seguir los cruzados, que es por donde pretendíamos ascender a la mañana siguiente. La persona de Turismo, otro señor muy majo, que se llama Julián, nos dio bastante información. La más útil fue, la de que nos lo quitáramos de la cabeza, por que era una ruta muy larga, porque hacía muchísimo calor y porque no contábamos con los permisos necesarios (el ayuntamiento ya había cerrado). Lo mejor era intentar hablarlo en el Museo de la Batalla de La Batalla de Las Navas de Tolosa, que recientemente inauguraron en Santa Elena. Julián, también nos dijo dónde podíamos encontrar a Emérito, no llegamos a saber si por nombre además de por condición, Emérito es un vecino que ha estudiado y publicado sobre el tema. El Camino Real, se llama el libro. Se nos pusieron los ojos como al Coyote cuando descubre a Correcaminos. Le localizamos, pero se disculpó, no podía atendernos porque partía a dar una conferencia.  No me recuerdes el mar que la pena negra brota.

Cogimos el camino de Despeñaperros y mapa en mano, buscamos la forma de acceder a alguna parte del recorrido. La autopista no parecía que fuera un buen sitio desde el que se pudiera alcanzar la ruta de los cruzados.

Llegamos al museo y otra vez, una señorita encantadora. Lucía de nombre. Desde luego que por esa parte no podíamos decir que no estuviéramos teniendo suerte, nos permitió una visita rápida, ya que estaba a punto de cerrar, y también nos ofreció la posibilidad de volver en otro momento. La exposición nos pareció tan pobre, que aunque no nos pudimos entretener en verla en detalle, nos hizo desistir de aceptar la invitación de volver. Nos pareció muy… muy…. ¿cómo decirlo?, muy para niños. Sí, quiero decir que es como estas exposiciones temporales que se montan para que los colegios lleven a sus alumnos. Y muymuymuy políticamente correcta. Más tarde supimos que los textos que se exponían en los paneles, que no nos paramos a leer, eran algo más que políticamente correctos, y que las encargadas podían perder toda su cortesía, cuando se les indicaba, la tendenciosidad de estos.

Ya no extraña tanto que reciba el nombre de Centro de Interpretación… ¿Quien puede querer ensalzar a quienes perdieron en su lucha contra el cristianismo? Y es que aquel que consigue reconstruir el pasado según su gusto, podrá construir el futuro según sus intereses.

Subimos a la terraza y bueno, las vistas no mejoraron mucho la composición que teníamos a partir de los mapas. Tampoco nos mejoró la información sobre rutas o puntos de acceso. Resultó emocionante ver a través del telescopio de la terraza el castillo de Castro Ferral. Lucía, la encargada del museo, nos aconsejó que por la mañana temprano, nos acercáramos al Centro de Visitantes, que ya había cerrado.

Volvimos a Despeñaperros, pero definitivamente, los accesos desde la autopista, nos parecieron un poco “suicidas”.

A la mañana siguiente, no teníamos muy claro lo que íbamos a hacer, pero nos pusimos nuestras mejores galas de reconquistadores y partimos al centro ese. Allí nos atendió Bauti, otro señor encantador. Y providencial. Nos dijo donde podíamos dejar el coche, y que itinerario podíamos seguir. Los detalles se los dejo a Bauti al que es imprescindible recurrir, y que lo explicará mucho mejor.

Una maravilla. Ascendimos siguiendo el cauce del arroyo Valdeazores. El camino es precioso y con una espectacular variedad de especies animales y vegetales. Al final de la ascensión se llega al puerto del Muradal. Desde donde se puede ver Viso del Marqués. Continuamos un poco más y llegamos a las ruinas de Castro Ferral. En realidad, las ruinas de la torre del castillo. El sitio es privilegiado. Desde allí se divisa el puerto del Rey, la mesa del Rey, el campo de batalla, Santa Elena, el cerro del Olivar, la peña de Malabrigo, el cerro de las Viñas, en fin, todo. Mucho mejor que desde la terraza de la torre del museo. ¡Y qué emoción! En tres palabras: in-des-criptible. Más tarde supimos que el acceso a las ruinas, no está permitido. Ops!

Por la tarde visitamos la iglesia del Arcángel San Miguel, donde se exponen objetos de la batalla. Tienen un pendón cristiano, una casulla, una alabarda y una lanza. Pero lo que más nos llamó la atención fue, bajo la escalera que sube al coro, la presencia de un dispensador de cirios. Digno de cierto artista manchego.

Después nos acercamos hasta Baños de la Encina. Aunque encontramos su castillo ya cerrado, mereció la pena dar un paseo alrededor de sus muros.

Por la noche, la obligada copa de buenas noches, nos llevó hasta el centro de La Carolina donde descubrimos con enorme satisfacción, lo que imaginamos debe ser, la réplica del monumento que en el sépimo centenario de La Batalla se erigió por suscripción popular, y que lamentablemente desapareció.

Antes de partir quisimos pasar a dar las gracias y despedirnos de Bauti y de Lucía. A Lucía, no la pudimos ver por librar ese día. Recogió nuestros agradecimientos su compañera Pilar, tan simpatica y amable como la propia Lucía.

Tres días muy completos. Una gran experiencia. Y el año que viene, celebraremos el 800 aniversario haciéndolo mucho mejor.

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