VOLVERÉ A LAS NAVAS

Recupero la consciencia y consigo incorporarme. Creo que no estoy herido. Pero siento en el pecho la misma opresión que si un coloso se hubiera sentado sobre mi pecho. Y me ahogo. Por fin consigo arrancarme el peto. Puedo respirar. Tiro lejos el capacete. Mi ropa tiene ahora el color de la sangre seca, que ha formado una enorme costra. Es como una segunda coraza. Me arranco también la camisola. Manchado de sangre, desnudo, agotado y dolorido, debo recordar la imagen de Nuestro Señor Jesucristo ante el suplicio. Dios me perdone la comparación. No, no estoy herido. La sangre no es mía, y si lo es, se deberá a cortes poco profundos. Sin embargo todo el cuerpo me duele como si lo hubieran atravesado, de lado a lado, en mil sitios distintos.

El sol ya no quema, a punto está de desaparecer tras las lomas. Sin embargo, sopla un aire que como lengua de fuego penetra mi boca, y cuando respiro abrasa mi pecho. ¡Este calor! Ahora me doy cuenta de que he pasado horas luchando en el interior de una tórrida nube de polvo, y no recuerdo haber bebido nada desde el amanecer.

Busco señales de vida a mí alrededor, pero no consigo encontrar otras que no sean los habituales alados carroñeros. Tan solo veo un caballo. Tan solo y tan perdido como yo.

No, no estoy desorientado, es que estoy agotado. Sé perfectamente donde estoy. He vuelto a tener ese sueño, siempre el mismo sueño. Y me he despertado. Siempre a la misma hora, el reloj marca las seis, cero, cero, como siempre. Mi sudor empapa las sábanas, que se enrollaban sobre mí a cada vuelta que daba, ahogándome. Eso me despertó, como las otras veces.

El mismo escenario, la misma situación, el mismo sueño. El mismo protagonista; yo. Cientos de veces he transitado por ese campo lleno de muerte y de victoria. Aquellos a los que se lo he confiado dicen que no es más que un sueño recurrente. Leí que soñar con participar en una guerra es un síntoma de la desesperanza que siente aquel que sueña, por el destino de su patria. ¿Desesperanza? No digo que no. Motivos no han de faltar. Pero la verdadera causa la sé yo: en mis sueños mi cerebro traslada mi cuerpo allá donde un día estuve. Si, sé que estuve allí. Lo sé. Quizás allí debí de haber entregado la vida y no lo hice. Qué sé yo. Quizás debí de hacer entonces algo que no hice. Puede ser. Y quizás mis sueños me están diciendo que allí he de volver. No sé si debo, pero sé que de alguna forma, allí volveré.

Miguel Reseco

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