LO QUE NO SE MAMA EN CASA…

La hostilidad hacia los españoles de las ciudades de Ceuta y Melilla, por parte de los marroquies, no es algo reciente. Lo que puede que sí sea nuevo, es la pasividad, quizás indiferencia, del gobierno español. A finales del siglo XIX, los ataques que se venían recibiendo desde 1840, recibieron del gobierno de la reina Isabel II, la respuesta que dio en llamarse Guerra de África.

Esta es la carta del padre de un soldado, al coronel del Regimiento de Caballeria de Farnesio, preguntando por el destino de su hijo.

“Señor coronel del regimiento de Farnesio, quinto de caballería, primero de lanceros. África.

Muy señor mío y de todo mi respeto: Espero será V. S. tan amable que me dispensará al tener la osadía de molestarle ; pero teniendo un hijo en el tercer escuadrón de su respectivo mando, que con el mayor placer mío está blandiendo su lanza contra las huestes musulmanas y al lado de su valiente y aguerrido coronel, el que con tanta bravura, decisión y arrojo cargó dichas huestes por varias y reiteradas veces, siendo el asombro y terror de los agarenos, llenando de gloria nuestras armas españolas y el reinado de nuestra excelsa reina Isabel II.

Mi hijo Juan Martín, que, como dije á V. S., se halla en el tercer escuadrón, hace mes y medio no tengo noticia de si es vivó ó muerto, pues desde la batalla del 1.° de enero no he vuelto á saber nada de él, y espero de su bondad se sirva (si es vivo) decirle que escriba á su padre, y si es muerto tendrá V. S. la bondad de participármelo: que si bien es cierto que al amor de padre es natural el sentimiento y desgracia de un hijo, no por eso crea V. S. me arredraréis!; lo sentiría, como que es un hijo de mis entrañas; pero al menos tendré el orgullo de manifestar que murió con gloria en los campos de Tetuán defendiendo á su reina y á su patria, vilmente ultrajada por esos caribes africanos.

Tengo setenta y cuatro años, y sí llegase el caso me vería V. S. ocupar el puesto vacante de mi querido hijo (dado caso fuera muerto), y acometer á la morisma con tanto ardor y arrojo como pudiera hacerlo un joven de veinticinco años; pues aunque sexagenario, corre por mis venas la sangre española, la sangre de los Cides y Pelayos, y ayudado de mis pocas fuerzas tendría el honor de contribuir á la realización del testamento de la augusta reina Isabel I para ayudar á su cumplimiento á nuestra soberana Isabel II.

Creo, señor coronel, será V. S. tan amable que me contestará lo más pronto que le sea posible, pues si V. S. tiene hijos y están ausentes, puede echar una ojeada y ver lo que padecerán al no saber de su señor padre.

Con este motivo, etc. Alejo Martín. Cantalapiedra 14 de febrero de 1860″.

La carta fue inmediatamente contestada, informando que el soldado Juan Martín, no sólo disfrutaba de buena salud, sino que se había portado tan heroícamente, que había sido propuesto para una condecoración. El relato está extraido del libro “Crónica de la Guerra de África”, de Emilio Castelar, Francisco de Paula Canalejas, Gregorio Cruzada Villamil y Miguel Morayta.

 

El genial Ferrer-Dalmau refleja así, la carga de los escuadrones 1º y 2º de Farnesio en los alrededores del reducto La Estrella, el 23 de enero de 1860.
Esta acción es descrita en el libro “La corona de laurel”, de Manuel Ibo.

Ya había estallado el combate del día 23 de enero de 1860: por todas partes, se escuchaba el imponente ruido de la fusilería, y el estampido horrísono del cañón. Nubes de espeso humo se alzaban por doquiera, y vértigos de relumbrante fuego surcaban aquellas nubes, cuando a eso de las doce, se dio la orden de montar a los dos escuadrones del regimiento de Farnesio que se hallaban en el campamento, y de trasladarse al lugar de la pelea.

A los pocos minutos, el citado regimiento con su brigadier Romero Palomeque a la cabeza, se encontraba en el campo de batalla, no lejos del general en jefe y frente a una de esas terribles lagunas, armas viles y crueles con que el ejército marroquí ha atacado más de una vez durante nuestra gloriosa campaña, al noble ejército español.

Habiendo avanzado más de lo prudente el general Ríos en el campo enemigo, se vio de súbito atacado por inmensas fuerzas de caballería marroquí, cuyas fuerzas dejaron conocer desde luego un empeño decidido en derrotar aquellos batallones cristianos; pero aquellos batallones formaron cuadro a la voz de su general, que dentro del cuadro se cerró y con orgullo de nuestra Patria, manifestaron a la Europa que las bayonetas españolas, en el monte y en el llano, son superiores, no sólo a la infantería, sino a la caballería africana.

En el momento en que el fuego se desplegaba más nutrido, se comunicó al regimiento de Farnesio la orden de cargar contra el enemigo en defensa del heroico cuadro de Ríos: el intrépido brigadier Romero Palomeque dio las voces de mando con una energía fascinadora; y entusiasmados, aquellos aguerridos escuadrones se lanzaron a la laguna.

¡Qué horror!, la laguna era profunda y cenagosa; era insuperable para la caballería, iba a convertirse en la inmensa sepultura de cien y cien valientes campeones; pero a ellos… ¿qué les importa morir? Su General lo manda; la Patria lo necesita; la muerte terrenal es la vida de los héroes…

Esta gloriosa, esta inimitable carga, en que oficiales y soldados cubrieron sus frentes de laureles; se puede dividir en dos periodos, admirables ambos, aunque cada uno de distinto género: el primero abraza desde que se arrojaron a la laguna hasta que al otro lado, pisaron tierra firme; y el segundo, desde que en este terreno firme se reorganizaron y de nuevo, acometieron a la morisma, que arrollada, se internó en los espesos bosques, hasta que entonando el himno de victoria, regresaron a su campamento.

Pero desde que los lanceros de Farnesio pisaron tierra firme, hasta que a la voz de sus jefes volvieron a formar para dar una nueva carga, medió un espacio de un cuarto de hora, en que conforme iban saliendo los soldados de la laguna, diseminados e iracundos, cargaban furiosos contra los musulmanes; y en aquel cúmulo de luchas individuales, fue donde el intrépido Pedro del Castillo, tomó el estandarte de la caballería mora“.

Post Scriptum: Augusto Ferrer Dalmau, pintor genial y héroe en el exilio, por sí mismo merece un post. Hasta la ocasión en que pueda hacerle justicia, sirvan sus cuadros aquí reproducidos, como sentido homenaje.

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