LLAMAN A LA PUERTA

          El señor Huertas trabajaba en el negociado de la concejalía de Abastos, Mercados y Mataderos del Ayuntamiento de Madrid. Su trabajo de Oficial de 4ª, con ser un buen puesto, no parecía que pudiera permitir grandes dispendios, teniendo en cuenta que el matrimonio ya había sido bendecido en cuatro ocasiones.

abuelo_dibujo_o_foto_retocadisima_rec          Atildado en su forma de vestir y elegante en su trato, aparentaba ser de una clase superior a la que pertenecía. No llegaba a ser un bon vivant, aunque vocación de ello sí que tenía.

            Un hombre piadoso que conseguía robar tiempo al tiempo para dedicárselo a su parroquia [1]. Pertenecía  a una cofradía en la que ejercía como tesorero [2].

           Las cosas se torcieron cuando, por su forma de ser y de pensar, se negó a jurar fidelidad a la República recién constituida tras unas elecciones. Perdió su trabajo, fue expulsado del Ayuntamiento y quedó marcado, para siempre, como enemigo del nuevo régimen.

          Cuando más tarde, una parte del ejército se alzó en armas contra el gobierno, y éste extremó sus actuaciones en la represión de quienes entendía como sus posibles enemigos, la posición del señor Huertas, que ya se había significado, se agravó.

*          *          *

          Las carreras, escaleras arriba, sobresaltaron a Pilar, que permanecía en vela a pesar de la hora.

          – ¡Abrid la puerta! ¡Abrid a la Brigada del Amanecer!

          A los golpes en la puerta, sucedieron los pasos por el pasillo de la casa y los haces de luz procedentes de las linternas que, descaradamente, dirigían a los rostros de las mujeres, jovencitas y niñas que, aterradas, permanecían incorporadas en sus camas. El señor Huertas, atándose la bata, les salió al paso.

          – ¿Qué quieren ustedes? –dijo, cerrándoles el paso y temiendo ser golpeado por ese mínimo acto de dignidad.

          – Sacar de sus escondites a los fascistas que tienes escondidos. ¡Beatón!

          – Yo no oculto a nadie. Aquí solo está mi familia.

          – Menudo harén que tiene el gachó -dijo uno al que se le adivinaba la intención en la mirada.

          – Conmigo solo están mi mujer, mis hijas, mis dos tías y una prima..

         – Sabemos quién eres.

          Carmen, la más pequeña, comenzó a llorar y su madre, Pilar, acudió a tranquilizarla. Como no quería abandonar a su marido, cogió en brazos a la niña y regresó junto a él, aunque le aterraba poner a la niña justo ante los cañones de las pistolas.

           – Yo no oculto quién soy.

          – Lo sabemos: eres un meapilas, un amigo de los curas. Resumiendo: un enemigo de la República -el miliciano hizo una pausa para dar valor a lo que pensaba decir después-. Y también el que lleva los dineros de la cofradía a la que perteneces. Así que -dijo desenfundando su pistola Astra y montando el arma. Si no quieres que empecemos a dejarte sin familia, afloja la mosca.

          – Te equivocas, yo no tengo ningún dinero -contestó.

          – Ya, ya -y dirigiéndose a sus hombres-. ¡Muchachos, ya sabéis lo que hay que hacer! No dejéis un cajón ni un armario sin revolver.

          – ¡Deje que mis hijas busquen algo con lo que cubrirse! -dijo Pilar-. Hace frio y no me gusta como las miran sus hombres.

          – ¡Que vaya! -dijo el que actuaba como jefe.

          Una mirada fue suficiente para Charo, una de la hijas entendieran el mensaje, y mientras recogía unos chales para sus hermanas, colocara un montón de sábanas sobre la caja que contenía todo lo referente a la hermandad..

          Los minutos pasan y  ni aparece dinero, ni ningún objeto de valor. El miliciano ve que va a tener que volverse con las manos vacías, y no sabe cómo se lo va a explicar al camarada Atadell.

          – ¡Eh tú, chupacirios! ¡Abrígate! –llamó el miliciano la atención del señor Huertas. Y dirigiéndose a los suyos-. Nos lo llevamos.

          – ¡No! -gritó Pilar-. ¡Pepe!

          – ¡Déjalo camarada! –era uno de los milicianos, que conocía y respetaba al señor Huertas- Es un buen hombre… ¿Qué será de todas estas mujeres si pierden al único hombre que puede cuidar de ellas?

          – ¡Vámonos! -dijo cediendo, y añadió dirigiéndose al señor Huertas-. Y tú, faccioso: ándate con ojo porque estás en nuestra lista. Y quita a este señor de la puerta –añadió mientras salía, refiriéndose a la placa del Sagrado Corazón- si no quieres que te quememos la puerta y todo lo demás con vosotros dentro.

*          *          *

voitures_cnt          – ¡Pepe! ¿Qué haces en el balcón? –dijo Pilar asustada.

          – Echar un pitillo, mujer. No podía más sin salir un rato a que me diera el aire.

         – ¡Métete Pepe, metete que te van a ver! La próxima vez que vengan quizás no tengamos tanta suerte.

         – Ya voy. Déjame acabar el pitillo que no sé cuando volveré a tener tabaco.

          – ¡Mejor! Cuanto menos fumes mejor.

         – Eso mismo decía el otro día el ABC -comentó el señor Huertas dando la penúltima calada al pitillo-: que el tabaco mata -y sonrió por la ironía.

           – ¡Anda, Pepe, métete ya!

          -¿Sabes que anoche se llevaron a don Sebastián? –dice cuando vuelve a entrar en la casa.

          – ¿Qué dices, Pepe? ¿Cómo que se lo llevaron?

          – Sí, Pilar. Un coche de la FAI paró delante de la casa donde le tenían escondido, lo sacaron, lo metieron a empujones en el coche y se lo llevaron. Ahora estará en alguna cárcel del pueblo, si es que no se lo llevaron directamente a la Casa de Campo para darle un tiro.

          – ¿Pero qué daño puede hacer un sacerdote?

          – Serlo, ¿te parece poco?

*          *          *

HIJAS DE MI VIDA ENTRADA          – ¡Ya están aquí! -dijo Pilar creyendo que había llegado el momento que tanto habían temido durante los últimos días. Estaban cenando cuando llamaron a la puerta; no era hora de esperar visitas. Al menos, de una visita bienintencionada.

          Pilar y Pili, la mayor de las hijas, cruzaron una mirada cómplice. Unos días antes, ambas se habían cruzado en la calle con un conocido, y a pesar de que Pilar le saludó, él miró hacia otro lado y fingió no conocerlas. Más tarde supieron que ese conocido, poco después había sido detenido, le habían llevado a una “checa” y, finalmente, desapareció para siempre sin dejar rastro. Comprendieron que se sabía vigilado y que no quería comprometerlas. Pero Pilar sí le había saludado descubriendo así, a quien la hubiera oído, que le conocía.

          Madre e hija habían mantenido el desafortunado hecho en secreto y habían disimulado hasta ahora la angustia que les produjo, pues no les pareció conveniente aumentar la preocupación que ya se vivía en la casa.

          – ¡Abre, Pilar, que soy Visi!-Visi era una vecina.

          Pilar y Pili tardaron en recuperarse del sobresalto y jamás olvidaron aquel susto. A partir de ese día extremarían la prudencia.

*          *          *

          Estos son retazos de una vida, la que vivieron el señor Huertas y su familia durante los tres años en que éste vivió escondido, sin salir a la calle y ocultándose en la casa de un vecino cada vez que era avisado por un amigo de que “iban a por él”. Tuvo tiempo para muchos sustos y avatares, incluso para escribir una comedia, Hijas de Mi Vida, que pudo ser estrenada nada menos que en el Teatro Eslava. Pero esto es mucho más de lo que pensaba contar de mi abuelo.

Miguel Reseco


 

Atadell“Agapito García Atadell no era anarquista. Era socialista y de la Sociedad del Arte de Imprimir. Él fue el que organizó con más éxito la compañía para el asesinato y para el robo. En esta compañía había un ex ministro de la República. Se asegura que cayeron quinientas personas por el procedimiento del paseo. En los periódicos franceses de agosto del año pasado se decía: los diarios madrileños hacen grandes elogios de una brigada especial llamada la Escuadrilla del Amanecer [3], que opera entre la una y las cinco de la mañana. Esta era la gran invención de Atadell. Después Atadell, como se sabe, escapó por Valencia con varias maletas llenas de oro y fue detenido en Canarias. De los otros asesinos de Madrid de los que trabajaban en la retaguardia yo no tengo datos fijos ni señas identificadoras”.

Pío Baroja. Ayer y hoy

[1] San Ginés
[2] La Milagrosa
[3] En realidad Brigada del Amanecer. La Escuadrilla del Amanecer existió, pero no actuó en Madrid, son en Córdoba, y era del signo opuesto a la de Atadell.
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