MAUREGATO, UÑAS DE GATO, CARA DE BEATO

Apología del rey Mauregato

“Se me achaca el que haya obligado a Adosinda, la reina viuda, a profesar en Santianes de Pravia. ¿Qué rey no habría hecho otro tanto? Incluso su propio hijo, de haberlo tenido, habría temido la competencia que le hubiera supuesto, la presencia de la reina en la corte. Eso sin contar con lo que representaría que la reina se volviera a desposar. Por si no fuera bastante la legitimidad que le daba ser la viuda de Silo, también era la hermana de Fruela, la hija de Alfonso y la nieta de Pelayo. Viuda, hermana, hija y nieta de reyes, toda una amenaza para cualquiera que pretendiera acceder a la corona, si quería hacerlo sin pasar por su alcoba. En cualquier caso, Adosinda era mi hermana. Además, ¿que estoy diciendo?, cambiar el luto por el hábito, es lo que disponían los resultados del XIII Concilio de Toledo y del III de Zaragoza, sobre los deberes de las reinas al enviudar.

Adosinda se resignó, a pesar de que siempre apostó por su sobrino, el hijo de Fruela, como sucesor. Para ello lo había preparado durante su infancia.

Me acusan de ser ambicioso. Desde el mendigo hasta el rey, el hombre ambiciona siempre una mejor posición. Pero no fui yo el primero que apartó al linaje de Pelayo del poder. Antes que yo reinó mi primo Aurelio. Y si cuando yo subí al trono, el hijo de Fruela se refugió en tierras vasconas, antes, cuando subió Aurelio, hubo de refugiarse en Samos.

Ni siquiera  me cabe el orgullo de haber encabezado yo el golpe de estado. Aunque sí fui la cabeza, la cabeza que auparon hasta colocarla sobre unos hombros, los hombros del cuerpo formado por la nobleza que había asesinado a Fruela y que temía la venganza de su hijo, en el caso de que éste llegara a reinar.

Es cierto que Beato de Liébana asistió a la ceremonia en que mi hermanastra pronunció sus votos. Beato apoyaba la medida, pero quiso acompañar a la reina, de la que había sido preceptor y confesor, en ese día tan importante. No lo hizo, por tanto, como una toma de postura frente a mí. Beato siempre tuvo mi apoyo en su enfrentamiento con Elipando de Toledo, y su éxito lo considero mío también, aunque nada habría sido sin el apoyo de Carlomagno y del propio Santo Padre. Recuperar la cabeza de la iglesia hispana del territorio sarraceno y de la deriva pro islamista, en que había entrado, y traerla al territorio cristiano, donde preservar su ortodoxia, resultó una clave doctrinal, imprescindible para impulsar el esfuerzo de reconquista posterior.

A mí me tocó cardar la lana. Pero no miento en lo que digo. siempre tuve el apoyo de Beato.

Por la lectura de los escritos de Beda “el venerable”, beato había tenido noticia de que pudieran encontrarse en Hispania los restos de Santiago el Mayor, nada menos que el hermano de Juan el Evangelista, el autor del Apocalipsis. Comprendiendo la importancia que tendría para forjar el nuevo estado, el hecho de que en el solar patrio se encontrara la tumba del apóstol, aunque nunca pensó hasta qué punto lo haría, compuso un himno litúrgico en honor al apóstol, que me dedicó, como se puede ver leyendo el acróstico.

‘O RAEX REGUM REGEM PIIUM MAURECATUN
AEXAUDI CUI PROVE OC TUO AMORE PREVE

(¡Oh Rey de Reyes!, escucha al piadoso rey Mauregato, defiéndele y protégele con tu amor)’

Mi madre fue un miembro de la corte, no era una sierva, mucho menos una esclava. Se llamó Sisalda, se enamoró y enamoró al viejo Alfonso. ¿Una mora cautiva? ¡Que tontería! Mi madre era una cristiana, como lo había sido siempre toda su familia, hasta donde ella sabía. Ofendiendo a mi madre, se me desprestigia a mí. Hasta qué punto mis difamadores tuvieron éxito, que el nombre con el que he pasado a la historia, es el que define el origen que se me ha querido atribuir (maurae captae de ‘mora cautiva’), desapareciendo de la historia el mío.

Estirpe criminal, fue la de Pelayo, Fruela asesinó a su hermano, y más tarde murió él mismo, asesinado también.

Tras mi muerte hubo interés en condensar en mí todas las infamias. Como lo del tributo de las cien doncellas. Se sabe que en Córdoba florecían, en esa época, los negocios de trata de mujeres rubias, carne blanca, decían. Si hubiera sido cierto que hacíamos voluntaria entrega de nuestras mujeres, con lo que les gusta a los cronistas islamitas, ponernos de vuelta y media, no habrían perdido la oportunidad de haber dejado constancia en sus crónicas..

Otro tanto, como lo de que era feo, deforme y maloliente, y lo peor, que era hijo de mora. Les vino muy bien que ninguno de mis sucesores fuera descendiente mío. Me difamaron y así era muy creíble adjudicarme algunos de sus errores.

Sin embargo, sí tuvieron mucho interés en tapar la paliza que les dimos a los islamitas en 784, cuando vinieron a hacer botín. Lo cierto es que durante los pocos años de reinado, apenas seis años, no volvieron a molestarnos.

Solo una cosa más. Si negarle a Alfonso, el hijo de Fruela, su derecho al trono fue solo cosa mía, ¿por qué a mi muerte hicieron rey a Bermudo? Bermudo era hermano de Aurelio, y como este, tío de Alfonso. Para más inri, Bermudo era tonsurado. Para morirse de risa.

La infamia se gravó sobre mi recuerdo, como después de muerto lo hicieron, sobre la cubierta de mi sepulcro con estas palabras:

‘HIC IACET IN PRAVIA, QUI PRAVUS FUIT

(Aquí yace en Pravia el que fue depravado)’

Mal paga el diablo a quien bien le sirve”.

Miguel Reseco

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