LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS. BALER AGUANTA

          – A mí que me da, que lo mismo estoy llevando a estos hombres a la muerte inútilmente. Y es muy posible que, tristemente, todo este empeño no sea más que una melonada mía.

          – ¡Quita hijo, quita! A cualquiera en tu lugar le asaltarían las dudas. No te niego que la responsabilidad, dadas las circunstancias, es mucha, pero tu sabes cual es tu deber. También sería responsabilidad que esas dudas te apartaran de él, arrastrándote a una decisión que más tarde lamentarías.

          – ¡Sí, ya! Quizás, estos  que vinieron hoy, dándoselas de ser enviados del gobierno, lo fueran de verdad. Y si así fuera, lo que querrian era salvarnos la vida… y ahorrarnos el mal trago que nos espera, hasta que el momento de entregarla nos llegue.

          – Eres el comandante de la plaza, tu criterio ha de prevalecer, tus hombres te seguirán, lo sabes. Has de mantenerlo firme, sin que lo tuerza pensar en las consecuencias que pueda acarrear.

          – ¿Y si me equivoco?

          – Tú crees que si fuera así nos asediarían con tanta violencia. Los rebeldes pierden muchas vidas en cada asalto.

          – Hace tanto que salieron los correos, que… Vamos, que hay veces que creo, que es muy posible que seamos los últimos de Filipinas… me atormenta esa idea.

          – Lo que tienes que hacer, Saturnino, hijo, es esconder la brasa de ese pitillo, que hay por ahí un tagalo que tiene muy mala uva.

          – Y muy buena puntería, Pater, y muy buena puntería.

          – Pues eso. Vas a dar la razón a mi padre cuando decía, que el tabaco acababa llevándole a uno a la tumba.

          – Si al menos fuera tabaco. Hace ya mucho que me he olvidado de su sabor.

          – A mí ya hace tiempo que se me ha olvidado el sabor de muchas cosas.

          – Bueno, voy a ver si consigo afeitarme. No tardará en amanecer, y aunque vestido con harapos habrá que estar digno para izar bandera.

          – Pero tú crees que en el estado en el que nos encontramos, cabe en alguna cabeza mantener estas ceremonias. Bastante celebración es ver salir el sol y seguir vivos. Además, más nos valdría no desafiarles.

          – No, no es un desafío, es simplemente dar fe de que estamos aquí.

Miguel Reseco

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