NOVAL, EL CABO QUE CABÍA EN LA GLORIA

 

            También es mala suerte, que a un paisanín que no ha visto en su vida mas que los montes y los bosques que rodean su aldea, lo enfunden en un uniforme, y lo manden a este desierto que llaman Marruecos, que bien parece la patria del Demoniu, para acabar aquí dejando el pellejo.

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           – ¡Chaval! ¿Estás vivo?- rompió por cuarta o quinta vez el silencio de la noche, la voz del teniente.

            Este hombre no se cansa, me llama insistentemente desde el parapeto, mientras los demás guardan un respetuoso silencio, esperanzados en oír, si no mi voz, al menos algún gemido o algún ruido.

            -¿Cómo dices que se llamaba? –distingo que le dice, más bajo, como para que yo no me entere. Es chocante que me llamen insistentemente, rechazando la idea de que pueda estar muerto. Sin embargo, hablan de mí en pasado.

            Muy pronto amanecerá y todos verán en qué terminaron los tiros de hace unas horas. Pero yo ya no estaré aquí.

            – Luis, hijo ¿me oyes? –vuelve a decir. Quisiera tener fuerzas para contestarle, al menos así conseguiría que se callara, pero apenas me quedan las justas para seguir respirando.

            Hace unas horas, cuando comenzaba mi ronda por los puestos de escucha, no me imaginaba lo cerca que estaba de la muerte. Después de todo, tenía razón el jodío Gallego.

            – ¡No se aleje mucho, mi cabo! –me dijo-, que me parece haber visto correr a unos moros entre las chumberas.

            ¡Verles correr! La noche era tan oscura que parecía que la hubieran pintado de negro.

            – No se bebe cuando sabe uno que tiene guardia -le dije con la altanería que me permitían los galones.

            – Yo no he bebio, mi cabo –dijo algo picado, pero sin faltar al respeto-. Pero le juro que tengo un mal pálpito.

            Pocos minutos habían pasado desde que, continuando mi ronda, me separé del puesto donde hacía guardia el Gallego. De improviso perdí todo mi aplomo al verme empujado por la embestida de lo que parecía una invisible manada en estampida.

            Sé que me voy a morir. Me marcho sin cumplir los veintidós. ¿Quién se lo dirá a mi madre? ¿Y mi padre? ¿Qué dirá mi padre?, que cuando me vio pavonearme vestido de uniforme ante Madre, me echó en cara todo lo que había penado para sacarnos adelante a mis hermanos y a mí, para que yo acabara haciéndome matar lejos de los míos.

            Inmerso en el tumulto, que como una ola me arrastraba hasta nuestras líneas, parece increíble que no fuera atropellado, y conservara la vida.

            – ¡No tiréis, que somos españoles! -dijo uno de los moros que me rodeaban.

            Lo malo es que les iba a salir bien la jugada, y lo peor es que iba a ser a costa mía, como supe muy pronto.

            – Mande alto el fuego, mi teniente –oí decir a uno de mis compañeros- que son de los nuestros.

noval            Hasta ahí podía llegar la guasa. Como un resorte grité lo más alto que pude:

           – ¡Tirad, que son los moros!».

            Ya pronto amanecerá. Empieza a clarear el cielo. Al menos ya no hace frío. Pero lo mejor, es que el dolor del pecho, ha desaparecido. Ahora respiro sin dificultad. Oigo una voz. Alguien se acerca.

            – ¡Aquí está, mi teniente! Aquí, al pié de la chumbera entre los cuerpos de estos dos moros. Está muerto.

            – Pobre hombre –sentenció el teniente-. Si no fuera por él, es muy posible que nosotros no lo contáramos.

            Ya han llegado ellos, y ya me voy yo. Y como despedida dejaré el grito que me costó la vida: ¡Viva España!

            Luis Noval Ferrao fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando por su defensa de la posición del Zoco el Had de Beni Sicar, en la que sacrificó su vida en beneficio de la de sus compañeros, el 28 de septiembre de 1909, durante las Campañas de Marruecos.

MIGUEL RESECO

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