11-M, VÍCTIMAS QUE FUIMOS

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

 -¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

 Gustavo Adolfo Bécquer 

 

Hubo un atentado. Sí, quizás acostumbrados como estamos al nombre, este le reste gravedad. Digamos que hubo un acto terrible, grave y dramático. Un acto que costó la vida a cerca de doscientos seres humanos. Se han cumplido cinco años, pero todavía recuerdo la sensación fría que me recorría la espalda cuando lo supe. Jóvenes y viejos. Hombres y mujeres. Españoles e inmigrantes.

Dime que estáis todos bien. Fue el mensaje que mandé a mi primo, vecino del lugar donde se detonaron los explosivos.

Si, me contestó, ocultándome con su laconismo la preocupación que sentía por alguno de sus vecinos, de los que todavía no tenia noticia. Preocupación que confirmó su razón el tiempo.

Un gobierno perdió el poder, con la expresión en sus rostros de haberlo merecido. Y con tácita aceptación de ser los responsables de lo sucedido, tal y como sus competidores les censuraban.

  
 
El partido político que se lo reprochaba, accedió al poder. España merece un gobierno que no les mienta, decían. Y no lo debieron hacer mal, al decir de las urnas, por los españoles que en las siguientes elecciones les renovaron el deseo de que continuaran haciéndolo.

Los grandes rotativos se forraron vendiendo periódicos, iniciando un folletín por entregas con las “investigaciones” que a nada condujeron, sino al adormecimiento del español que mostraba su interés.

Los juicios resultaron baldíos, por haber sido desarmados ante la falta de aquellas pruebas fundamentales que habían sido eliminadas. Por la falta de los testimonios de quienes habían perdido la vida en acto de servicio, sorpresivamente. Consecuentemente se perdió el empuje de las asociaciones que se formaron con la esperanza de que se aclararan las intenciones y los responsables.

Unos ganaron poder, otros dinero e influencias. Pero todos perdimos, algunos la vida. Y ahora la última escena: el olvido. Y se echa el telón. 

   

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! Digo yo también.

  

Miguel Reseco

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