
“Cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos”
La situación era desesperada. La escuadra hereje del Almirante Holak, nos bombardeaba sin descanso. También desde una lejana fortaleza, nos llegaban las bombas. Cuando estas cesaban, se nos batía desde las posiciones del otro lado del rio Mosa. De la ayuda prometida no teníamos noticia.
Se habían agotado los víveres, ya no quedaba ropa seca y el cerco se estrechaba cada día más.
Estábamos empapados, helados y hambrientos y apenas nos quedaba munición.
El enemigo, sabedor de nuestra situación, solicitó a los tercios que aceptaran una rendición honorable. La respuesta que dio el maestre de campo, no pudo ser más elocuente:
«Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos».
La altivez de los españoles obtuvo una respuesta igualmente contundente, el Almirante Holak mandó abrir los diques de los ríos para así inundar nuestro campamento. Pronto no quedó más tierra emergida que la de un montecillo llamado Empel, donde corrimos a refugiarnos.
Una vez arriba procedimos a fortificar el reducto al que nos veíamos empujados por las aguas. De repente, un soldado de los que participaba en la construcción de las defensas, cavando en una de las trincheras, tropieza con un objeto duro, que no es una piedra. Se trata de una tabla flamenca de vivos colores, que representa a la Inmaculada Concepción.
Todos entendimos el hallazgo como una señal en respuesta a nuestros ruegos. Colocamos la imagen en un altar que improvisamos, utilizando para ello nuestra bandera. Caímos rodilla en tierra y entonamos la Salve. El Maestre de Campo Francisco de Bobadilla, considerando el hecho como señal de la protección divina, instó a sus soldados a luchar encomendándonos a la Virgen Pura.
Todos sabíamos que sería nuestra última noche en este mundo. Para colmo de nuestras desdichas, se levantó un viento frío. Tan frio, que en poco tiempo heló la superficie del río Mosa, de modo que podía caminarse sobre su superficie. Los españoles atacamos por sorpresa la escuadra enemiga, obteniendo una victoria tal, que el almirante Holak llegó a decir:
«Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro».
Al amanecer atacamos el fuerte holandés. Los que no cayeron víctimas de nuestro ataque huyeron aterrorizados.
Antes de acabar el día, la Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia.
Del diario del soldado Francisco Janssen
Desde 1644, España celebra cada 8 de diciembre a la Inmaculada como patrona y protectora, siendo una fiesta de carácter nacional.
Miguel Reseco
